LEJ LEJÁ 5785
Creyentes hijos de creyentes
Todos los seres humanos comparten la cualidad básica de la fe, pero en el pueblo de Israel esta se presenta con una mayor potencia, que impulsa a los judíos a avanzar eternamente y reparar el mundo. @ Las virtudes necesarias para poder captar o absorber la fe israelita y su aparición en el seno de los padres de la nación. @ El camino de nuestro padre Abraham rumbo a la fe. @ La cualidad de la generosidad (jesed) de Abraham como extensión de la fe que descubrió.
La cualidad de la fe es el recipiente en el cual se recibe la creencia israelita, pero su contenido, es la propia revelación divina. Y esta es la particularidad del credo israelita: no comienza a partir de un individuo que forja en el interior de su alma una imagen de D’s sino que se basa en la revelación divina. Esto es, la cualidad de la fe israelita no define el contenido de la creencia, sino que simplemente permite absorber la revelación divina que es el verdadero contenido de la fe.
La cualidad de la fe en el pueblo de Israel
Todos los seres humanos comparten la cualidad básica de la fe, la cual es mayoritariamente entendida como la creencia en D’s, que es el origen de toda vida y es aquel que confiere un valor superior y sagrado a todos aquellos valores que le otorgan a la vida un significado de grandeza y elevación. Sin embargo, en el pueblo de Israel, esta cualidad aparece con una fuerza tan intensa que logra impulsar a la nación a no conformarse con una verdad y un bien limitados y la motiva a desear siempre avanzar más, darle a cada evento y cada cosa un significado moral más profundo y eterno. Esto y más, el propio relato de la historia del pueblo de Israel está en el Tanaj, la Biblia judía, el libro que narra la crónica de la revelación de la fe en el mundo. Por ello, a los hijos de Israel se les denomina “creyentes hijos de creyentes” (Tratado de Shabat 97(A)).
El deseo por comprender y reparar
La cualidad que subyace en la fe de Israel se manifiesta por medio del deseo de los judíos de comprender la realidad y todo cuanto hay en ella, y en la aspiración a ser socios de HaShem en la acción de incrementar el bien en el seno de todos los seres creados. Este deseo se pone de manifiesto en la más excelsa de las características humanas, la aspiración por entender el mundo y mejorarlo. Con el tiempo, cuando se entregó la Torá, resultó claro que ese es el significado profundo del concepto de “la imagen de D’s – el tzelem Elokim” que anida en el interior del ser humano, y quedó en evidencia que por medio del deseo por comprender y prodigar el bien, el hombre se acerca a HaShem del modo más excelso y puro posible.
Si detallamos más, podemos decir que las principales cualidades que se requieren para captar la fe israelita son las de la generosidad (jesed) y la humildad (anavá), la sabiduría (jojmá) y la valentía (guevurá), y los grandes maestros de Israel de todas las generaciones han sobresalido en el ejercicio de estas virtudes.
La generosidad
Esta virtud, se manifiesta en el deseo infinito por reparar al mundo entero y la profunda fe de que ello es posible. De ese modo, quien detenta la cualidad de la generosidad o benevolencia, se entrega por completo con todas sus capacidades en la misión de incrementar el bien y la bendición en el mundo. En el ejercicio de esta cualidad se destacó de manera notable nuestro padre Abraham, el mayor de todos los creyentes.
La humildad
Esta virtud es necesaria a los efectos de poder captar la revelación divina sin que medie la necesidad de mezclar o incorporar en ella ningún elemento del carácter o postura personal y sin la pretensión de entender más que aquello que se revela ante la persona. O sea, se trata de un sentido de humildad hacia el Cielo y no de la debilidad de un individuo que no se atreve a formular preguntas o a tomar la iniciativa. Quien no es humilde para con el Cielo, tratará de comprender aquello que trasciende su capacidad de entendimiento, y aunque tenga buenas intenciones, forzosamente habrá de involucrar sus preferencias o inclinaciones personales en el concepto de la divinidad, ya no será capaz de aspirar a una perfección infinita y se equivocará al verse arrastrado tras ideas parciales, tal como ocurriera en el caso de quienes fueron en pos de la idolatría. En el ejercicio de la cualidad de la humildad, se destacó muy especialmente nuestro maestro Moshé, el mayor de todos los profetas.
La sabiduría y la valentía
La sabiduría es necesaria para depurar el entendimiento humano de cualquier defecto que pudiera inclinarlo en pos de la idolatría, ya que, en ausencia de sabiduría, aunque una persona sea buena y humilde, no podrá captar ni la fe ni la Torá, tal como dijeran nuestros sabios (Mishná Avot 2:5): “No hay un ignorante en cuestiones mundanas que pueda ser temeroso del pecado ni un desconocedor de la Torá que pueda destacarse por su piedad”.
La valentía es necesaria para tener el coraje de formular preguntas grandes y profundas como el abismo, y aunque pase un largo tiempo hasta que la persona obtenga una respuesta, esta no se verá tentada a aceptar contestaciones parciales que la arrastren a la adoración de ídolos, sino que seguirá esperando valientemente hasta recibir una solución que resulte completa. Además, se requiere de valentía para poder entregarse por completo a la reparación del mundo a pesar de todos los obstáculos existentes, e incluso estar dispuesto a sacrificar la vida en aras de la fe.
Abraham avinu, el padre de los creyentes
Desde su tierna infancia, Abraham se preguntaba quién había creado el mundo y cuál era su objetivo. Todas las personas que él conocía eran idólatras, pero por medio de un proceso gradual, el joven Abraham comenzó a descreer o negar el paradigma cosmológico y metafísico en el que vivía. En un comienzo, entendió que las estatuas de las deidades no tenían efecto alguno sobre la realidad, pero, aun así, analizó las afirmaciones de los adoradores del sol y la luna quienes sostenían que estos entes de culto eran dioses y que las estatuas en cuestión los representaban. Sin embargo, cuando siguió contemplando, se dio cuenta de que sus fuerzas eran finitas, por lo cual forzosamente debía haber un creador que fuese más poderoso que ellos. Así, en virtud de la búsqueda de la verdad que ardía en su interior, no aceptó ninguna respuesta parcial a sus interrogantes. Aun así, motivado por su pasión infinita por revelar la verdad y el bien, no desistió en su procura de respuestas, hasta que el propio HaShem se le revelara diciéndole: Yo Soy el Creador del mundo. Nuestros sabios dieron: “Esto se asemeja a una persona que iba de un lugar a otro, vio un palacio con las luces encendidas y se dijo: ¿Acaso puede decirse que este palacio carece de un amo? El Santo Bendito Él lo miró y le dijo: Yo Soy el amo del mundo” (Bereshit Rabá 39:1, ver además en los tratados de Nedarim 32(A), Avodá Zará 9(A), Rambám Hiljot Avodá Zará 1:3).
Nuestros sabios contaron (en Bereshit Rabá 38:13) que el padre de Abraham, Teraj, era un adorador de ídolos que se ganaba la vida elaborando y comercializando estatuas de deidades paganas. En una ocasión, Teraj salió de la tienda dejándola a cargo de su hijo Abraham. Llegó una persona para comprar una estatua y el joven Abraham le preguntó: ¿Cuántos años tienes? Unos sesenta, le respondió. Le dijo: ¡Ay de aquella persona que tiene sesenta años y se prosterna ante una estatua de un día de antigüedad! El potencial comprador se avergonzó y se fue. Luego llegó una mujer con un bol de harina refinada en sus manos y la colocó delante de las estatuas. Una vez que la señora se retirara, Abraham tomó un palo y quebró con este todas las estatuas de todas las deidades salvo a la más grande, y acto seguido, colocó el palo en sus manos. Cuando llegó su padre, se escandalizó por el daño y le preguntó: ¿Quién quebró las estatuas? Abraham le dijo: No te miento, vino una mujer con un bol de harina refinada y las estatuas comenzaron a disputárselo. Una decía: ‘Yo comeré primero’, y la otra decía: ‘No, yo comeré primero’. La mayor de las estatuas se paró, tomó el palo y quebró a las demás. Su padre le dijo: ¿Te estás burlando de mí? Esas estatuas ni saben que les trajeron alimentos. Le dijo Abraham: “¿Acaso tus oídos no han de escuchar lo que tu boca ha dicho? Esto es lo que yo ya he dicho anteriormente, que estas estatuas no tienen efecto alguno sobre la realidad. Pero Teraj creía en los ídolos, por lo que tomó a Abraham y lo entregó al rey Nimrod para que lo obligue a creer en las deidades locales.
Al ver Nimrod que Abraham renegaba de las estatuas, dijo: Prosternémonos ante el propio fuego. Abraham le respondió: Prosternémonos ante el agua que apaga el fuego. Nimrod le dijo: Prosternémonos ante el agua. Le respondió: Si es que vamos a hacerlo, arrodillémonos ante la nube que es de dónde proviene el agua. Le dijo: Prosternémonos ante la nube. Le respondió: Si es que vamos a hacerlo, arrodillémonos mejor ante el viento, que es aquel que dispersa las nubes. Le dijo: Prosternémonos ante el viento. Le respondió: Si es que vamos a hacerlo, arrodillémonos ante el ser humano que es aquel que lo resiste. Nimrod le dijo: Hablas en exceso. “Yo solamente me prosterno ante el fuego, te voy a arrojar a él y que venga el D’s ante el cual tú te inclinas y que te salve de él”. Abraham fue arrojado a un horno ardiente, allí le ocurrió un milagro y salió de este ileso. En virtud de su disposición a enfrentar a todos, renegar de los ídolos e invocar el Nombre de HaShem, se lo denomina “Abraham el hebreo (haivrí)”, pues “todo el mundo está de un lado (ever) y él está del otro” (Bereshit Rabá 42:8).
El objetivo de la generosidad de nuestro padre Abraham
La cualidad de la fe que se pone de manifiesto en la personalidad de nuestro patriarca Abraham en su objetivo secreto. A diferencia de los adoradores de ídolos, cuyo culto está mayoritariamente destinado a satisfacer sus deseos y engrandecer su honor a cuentas de los demás, nuestro padre Abraham amaba a las creaturas, y todo su objetivo era beneficiarlos. Por ello, abrió su tienda ante todos los visitantes, e incluso cuando se sentía débil, durante un día especialmente caluroso, salió a la entrada de su tienda para ver si le llegaba algún huésped, e incluso pidió compasión por los malvados los habitantes de las ciudades de Sedom y Amorá (Sodoma y Gomorra), pues quizás lograrían retornar en arrepentimiento. Sobre la base de su amor a HaShem y a los seres humanos, acercó a muchos a la creencia en el D’s único, a las buenas acciones y al cultivo de las cualidades personales. Nuestros sabios dijeron que sus discípulos eran poseedores de conductas virtuosas: “Tenían una buena mirada, un espíritu humilde y un alma modesta” (Mishna Avot 5:9), y muchos de ellos se convirtieron al judaísmo (Bereshit Rabá 39:4, Avot DeRabí Natán 12).
La revelación divina es el contenido de la propia fe
La cualidad de la fe es el receptáculo por medio del cual se puede absorber la fe israelita, no obstante, el contenido de esta fe es la revelación divina. Esta es la singularidad de la fe israelita, que no tiene su inicio a partir de un ser humano que crea la forma de D’s en el interior de su alma, sino que se basa en la revelación divina. Esto es, la cualidad de la fe israelita no define su contenido sino únicamente posibilita la absorción de la revelación divina que es el contenido mismo de la fe.
Las primeras revelaciones divinas estuvieron destinadas a nuestros patriarcas, y todas ellas tuvieron que ver con el pueblo de Israel, su tierra, y la misión nacional de traer la bendición a todo el mundo. Tal como le fuera dicho a nuestro padre Abraham: “Haré de ti una gran nación, te bendeciré y engrandeceré tu nombre y serás bendición. Quienes te bendigan serán bendecidos y a quienes te maldigan he de maldecir, y en ti serán benditas todas las naciones de la tierra” (Bereshit-Génesis 12:2-3). La principal revelación es la generalidad de la Torá y los preceptos que el pueblo de Israel recibiera ante el Monte Sinai, y continúa con las palabras de todos los profetas (tal como se explica en el libro Cuzarí,1:11-25, donde se explica que la fe israelita está basada en la revelación de HaShem ante el pueblo de Israel).
Palabras del Maharal respecto del relato de Abraham tal como aparece en la Torá
A los efectos de poner de relieve el hecho de que la fe israelita comienza a partir de una revelación divina y no se origina en la mente de un ser humano, el comienzo del relato de la Torá sobre Abraham habla de la revelación de HaShem ante él. Tal como fuera dicho: “Y le dijo D’s a Abram: Vete de tu tierra, del sitio en que naciste y de la casa de tu padre rumbo a la tierra que he de mostrarte” (Bereshit-Génesis 12:1).
La Torá pudo haber comenzado relatando sobre la grandeza de Abraham Avinu, quien por medio de su gran sabiduría y sagacidad investigó en procura de hallar al Creador del mundo, entregó su vida abnegadamente en aras de la fe, y aunque fue arrojado a un horno ardiente, no aceptó rendir culto a ídolos y renegar de HaShem. Asimismo, la Torá pudo también haber narrado cómo fue que Abraham invocó el Nombre de HaShem, cómo fue que convirtió a numerosas personas al monoteísmo la cuales se transformaron en sus seguidores. Sin embargo, la Torá no cuenta todas estas cosas, para hacer énfasis en el hecho de que la fe comienza a partir de que HaShem eligió revelarse ante Abrahamo, y ello no dependió de una decisión humana (Maharal Netzaj Israel 11). Y tal como fuera dicho: “Tú eres HaShem, el Elokim, que escogiste a Abram y lo sacaste de Ur de los caldeos y le diste el nombre de Abraham” (Nejemia-Nehemías 9:7).
Las cualidades especiales con las que cuenta el pueblo de Israel para absorber la fe también provienen de HaShem, pues Él creó a las almas judías y las dotó de una voluntad infinita de entender el mundo y repararlo, y por medio de la virtud de la humildad, absorber Su palabra sin sesgo o deformación alguna. Las hizo poseedoras de la valentía necesaria para apegarse a la fe a pesar de todos los obstáculos que el mundo presenta. Y tal como se ha dicho: “Este pueblo que creé para Mí, relatará Mi alabanza” (Yshaiahu-Isaías 43:21). La elección que se presenta ante el pueblo de Israel es si mantenerse fieles a su naturaleza interior y procurar la Palabra de HaShem y traer Su bendición al mundo o desviarse yendo tras las deidades idolátricas y la inclinación al mal, y a la postre, resultar castigados. Sin embargo, el pueblo de Israel carece de la posibilidad de poder optar por modificar su cualidad natural.





