Los milagros y los estudiosos de la Torá

ITRÓ 5785

Los milagros y los estudiosos de la Torá

Los grandes rabinos no se dedicaban a la realización de los milagros, sino a profundizar en la reflexión sobre la Palabra de HaShem que se revela en los mandamientos de la Torá y en sus enseñanzas, y a partir de ello, guiaban al público.@ La necesidad de que se lleven a cabo milagros por intermedio de los justos es principalmente para las personas simples e inocentes que necesitan de portentos que maravillen a sus corazones para que estos se apeguen a la fe. @ No obstante, el ocuparse de milagros puede conducir al error de que las personas confíen únicamente en la bendición del rabino y no se esfuercen por estudiar la Torá, retornar en arrepentimiento y realizar buenas acciones.

Por lo general, los grandes rabinos, los grandes sabios de Israel no se dedicaban a efectuar milagros, sino que orientaban su vida al estudio de la Torá, enseñándola a sus discípulos y guiando al pueblo en la observancia de los preceptos. Aun así, en ocasiones, quienes les consultaban sobre cuestiones referidas a las leyes o les pedían directivas de vida, sentían que, en sus respuestas, también se encontraba una bendición que se materializaba de un modo sobrenatural. Sin embargo, los grandes rabinos tuvieron el recaudo de abstenerse de pensar que se les hacían milagros o que estos tenían lugar gracias a ellos.

La historia de Rabí Janina ben Dosa

Hay una historia sobre Rabí Janina ben Dosa, quien fuera a estudiar Torá con Rabí Yojanán ben Zakai, uno de los grandes sabios de todas las generaciones que instituyera importantes decretos que le permitieron al pueblo de Israel mantenerse apegado a la Torá y a los preceptos tras la destrucción del Segundo Templo. El hijo de Rabí Yojanán ben Zakai se enfermó, y Rabí Yojanán le dijo a Rabí Janina: «Janina, hijo mío, ruega por él para que viva». Rabí Janina puso su cabeza entre sus rodillas, pidió compasión por él y el niño se curó. Rabí Yojanán ben Zakai dijo: «Si yo, el hijo de Zakai, pusiera mi cabeza entre mis rodillas todo el día, ¿(del Cielo) no se ocuparían de mi pedido?» La esposa de Rabí Yojanán, le dijo: «¿Acaso tu alumno Janina es más grande que tú?» Rabí Yojanán le respondió: «No, lo que ocurre es que él es como un sirviente que se presenta ante el rey, mientras que yo soy como un ministro que se presenta ante el rey» (Tratado de Berajot 34(B)).

El papel del ministro y el del sirviente

Esto es, la función del ministro es comprender la voluntad del rey y participar en el diseño de las políticas económicas, sociales, militares y judiciales para el bienestar del reino. Si se ocupa de problemas privados, descuidará sus responsabilidades generales e incluso podría traicionar su papel y usar los recursos públicos en beneficio de sus allegados. En cambio, el sirviente no pretende entender la política general del reino ni influir en ella. Sin embargo, debido a su admiración por el rey y por la trascendencia de su papel como gobernante, se encarga de todas las necesidades personales del monarca con amor y lealtad, para que éste pueda gobernar de la mejor forma posible. En virtud de ello, tiene una cercanía sumamente íntima con el monarca, y puede pedirle favores personales en nombre de otras personas que son acordes a la benevolencia del rey, siempre y cuando ello ocurra de una manera discreta, tal que no se violen las reglas según las cuales se maneja el reino.

De igual manera, los grandes rabinos no se dedicaban a la realización de milagros, sino a profundizar en la Palabra de HaShem que se revela en los mandamientos de la Torá y en sus enseñanzas, guiando al pueblo y educando a sus alumnos para que sean personas honestas y diligentes en su trabajo, para que santifiquen sus vidas a través de la observancia del Shabat y de las festividades, formando así familias con alegría y amor, evitando incurrir en la transgresión de prohibiciones, dando gracias a D’s por medio del recitado de las bendiciones, poblando la tierra de Israel y rezando en pos de la redención. De esa manera, traían la bendición al mundo de la mejor y más selecta manera. Porque la verdadera bendición le llega a la comunidad toda en general y a cada individuo en particular cuando el pueblo de Israel entiende cuál es su propósito y elige vivir según la Torá y sus mandamientos.

Por otra parte, quienes obran milagros son personas justas que se dedican a la vida práctica pero cuya alma está conectada al Cielo. Con gran dedicación y sacrificio, se esfuerzan por aferrarse siempre a la verdad y al bien. Y a pesar de que no enseñaban la Torá al público en general, tal como lo hacían los grandes rabinos, sus vidas eran un ejemplo de cómo una persona puede conectarse a la fe en los valores eternos mientras está ocupada con sus necesidades terrenales, y traer rayos de luz y redención desde el mundo superior. En virtud de su quehacer, a veces por su intermedio tienen lugar milagros que traen una bendición de un nivel superior que habrá de revelarse en el futuro, y refuerzan la fe en que HaShem es quien guía al mundo, y así, las personas refuerzan sus anhelos por la redención completa.

Relatos sobre rabinos (rabanim) y justos (tzadikim)

De igual manera, en el Talmud se cuenta que, en la ciudad de Sura, donde vivía el gran amoraíta Rav, se propagó una plaga de peste del ganado y muchas personas murieron a causa de ella, pero en el vecindario de Rav no hizo mella. La gente pensó que era por el mérito de Rav. En un sueño, vieron que el mérito de Rav era aún mayor que el necesario para esa salvación, y que el hecho de que la peste no se hubiera extendido fue gracias a un justo que acostumbraba a prestar los utensilios necesarios para poder enterrar a las personas necesitadas fallecidas. También se cuenta que en la ciudad de Drokarta, donde vivía el gran amoraíta Rav Huna, hubo un incendio que no logró extenderse a su vecindario. La gente pensó que ello fue era gracias a Rav Huna. En un sueño, vieron que el mérito de Rav Huna era aún mayor que el necesario para ese milagro, y que la salvación del incendio fue gracias a una mujer justa que solía encender su horno todas las noches de viernes y dejaba que las personas carenciadas cocinaran en él.

La parábola de Rabí Najman sobre los dos hijos del rey

Entre los líderes del movimiento jasídico, hubo algunos “Admorim” (acrónimo hebreo de “nuestro líder, maestro y rabino”, N. de T.) que fueron grandes eruditos en el estudio de la Torá y solían elevar a sus seguidores por medio de sus enseñanzas y su guía, pero que no llevaban a cabo la realización de milagros. También hubo rabinos que no eran tan grandes en sus conocimientos de la Torá pero que se hicieron muy conocidos como realizadores de milagros, hasta el punto de que algunos los valoraban a estos más que a los grandes sabios de la Torá.

Rabí Najman de Breslav se refirió a esto con una parábola sumamente sutil: «Había un rey que tenía dos hijos, uno era sabio y el otro tonto (y no es que fuera tonto realmente, sino que así es como se lo consideraba en comparación con el sabio). El rey nombró al tonto responsable de los tesoros del reino y al sabio no le dio ningún puesto y este solamente se sentaba siempre cerca suyo. La gente, sorprendida se preguntaba: ¿Cómo es posible que el tonto tenga una posición tan importante, con todos acudiendo a él para recibir del tesoro, mientras que el sabio no detenta ningún puesto oficial? El rey respondió: ¿Acaso eso es un mérito? ¡El encargado de los tesoros toma lo que ya está preparado y lo distribuye entre la gente! El sabio se sienta conmigo y piensa junto a mí y me da nuevos consejos sobre cómo conquistar países que ni siquiera sabía que existían (hoy en día diríamos que aporta consejos novedosos sobre cómo desarrollar la ciencia, la tecnología y la economía), ¡y de esos países (o de esos desarrollos) mis arcas se colman de ingresos! En cambio, el encargado del erario real toma de los medios ya existentes y los administra entre los súbditos. Por lo tanto, el mérito del sabio excede en mucho al del encargado del tesoro (según Sijot Rabí Najman 130).

Asimismo, los jasídicos de Rabí Najman cuentan que él prácticamente no hacía milagros, e incluso cuando estos se producían alrededor suyo de manera inadvertida, oraba y pedía para que fueran olvidados, y que sus principales acciones portentosas consistieron en el acercamiento de sus allegados y discípulos a su Padre Celestial (Sijot Rabí Najman 187 y 249).

La grandeza de los justos que realizan milagros

La forma común en la que el mundo es administrado es por medio de las leyes naturales, porque D’s creó el mundo con sabiduría, y lo maneja de acuerdo con las leyes que están imbuidas en él, de modo tal que el hombre pueda entender los resultados de sus acciones. Si elige el bien, este aumentará, si elige el mal, otro tanto. Sin embargo, a veces las dificultades implícitas de vivir dentro de los límites de las leyes naturales pueden hacer que el hombre olvide su fe y su propósito, aceptando la realidad como un hecho que no puede cambiar y comprometiéndose con todas las injusticias que ella conlleva.

Los justos que se apegan a HaShem y a los valores de la verdad y el bien sin concesiones son como estrellas que brillan en la oscuridad y encienden la luz de la fe en los corazones y nos recuerdan a todos que D’s dirige el mundo, y que las leyes naturales están subordinadas a Él. HaShem ama a los justos, atiende y responde a sus oraciones y hace milagros en su beneficio. Sin embargo, la forma de vida de los justos que hacen milagros es adecuada únicamente para unas poca individualidades excepcionales que tienen el recaudo de evitar cualquier tipo de transgresión o pensamiento negativo y se esfuerzan por cumplir con la totalidad de los mandamientos en un nivel que está por encima de lo requerido. No obstante, estas personas singulares inspiran al hombre común a fortalecer su fe en que, a pesar de las dificultades, si se apega a HaShem, Él lo ayudará a apegarse a la Torá, a la observancia de los mandamientos y a liberarse gradualmente de las cadenas que le impiden corregirse. Asimismo, también inspiran e inducen a los estudiosos de la Torá a descubrir los secretos en el marco de las leyes naturales, hasta el punto de que, en lugar de limitar al hombre, lo ayuden a avanzar hacia la reparación del mundo y su redención.

Sin embargo, dado que comúnmente el universo se rige por las leyes naturales, y dado que el milagro tiene por objetivo revelar la voluntad de Dios y no alterar el orden del mundo, los justos que realizan milagros se esfuerzan por no disfrutar de ellos, y en los casos en los  que sí lo hicieron, padecieron enormes sufrimientos.

El valor de los milagros

Los milagros realizados por los justos son necesarios principalmente para las personas simples e inocentes que no se ocupan del estudio de la Torá y a quienes la luz de la fe pura que emana de esta no alumbra sus vidas, por lo que necesitan de milagros que conmuevan su corazón para que los lleven a apegarse a la fe.

Esto es así ya que la luz que se revela a través de la conducción divina del mundo mediante las leyes naturales es mayor que aquella que se manifiesta a través de los milagros. En este sentido, Rabí Leví Ytzjak de Berdichev escribió: «Quien está en un nivel elevado” no necesita ver milagros “porque quien tiene una gran mente, puede ver la existencia de D’s con sus sentidos intelectuales». Pero «quien tiene una mente pequeña, necesita de milagros y maravillas para creer en el Creador, Bendito Sea Su Nombre, y temerle» (Kedushat Leví sobre Parashat Beshalaj).

Asimismo, el rabino Zvi Zivin escribió que en la Casa de Estudio de la jasidut de Pshisja se decía con firmeza: «Los milagros y las señales son para los hijos de Jam (Cam)», es decir, en un lugar oscuro de personas ignorantes se necesitan milagros. Y el Rebe de Kotzk comentó sobre el versículo que dice «Nuestros padres en Egipto no comprendieron Tus maravillas» (Salmos 106:7) que precisamente porque nuestros padres en Egipto vieron “Tus maravillas”, no lograron tener una fe que fuera fruto de la reflexión y el pensamiento. Por lo tanto, los jasidim poseedores de entendimiento solían decir sobre los relatos que versan sobre milagros que trascienden las leyes de la naturaleza que «su escasez es buena, y su profusión es difícil”.

La precaución de los rabinos en lo que respecta a los milagros

Por lo general, los rabinos, los grandes sabios de la Torá, no se dedicaban a la realización de milagros, sino que destinaban su vida al estudio de la Torá, a enseñarla y a guiar a sus discípulos en la observancia de los preceptos. Si bien a veces quienes les consultaban sentían que en sus respuestas también había una bendición que lograba materializarse de manera milagrosa, los grandes rabinos se cuidaban de pensar que los milagros sucedían por su mérito por su intermedio, y trataban de explicar la bendición que sobrevenía como el resultado de un proceso natural.

Porque el principal propósito de los rabinos es enseñar la Torá, y para ellos los milagros son un asunto secundario que, si se les da demasiada importancia, podría resultar más perjudicial que beneficioso. En primer lugar, porque el milagro altera el orden del mundo y provoca acusaciones en las Cortes Celestiales, y por ende, genera peligros, tal como se ve en la vida de muchos de los que realizan milagros, que padecieron de enormes penurias. En segundo lugar, ocuparse de milagros puede llevar a la idea equivocada de que la bendición del rabino es suficiente haciendo que las personas se confíen en la palabra del maestro y no hagan el esfuerzo necesario para estudiar la Torá, retornar en arrepentimiento y realizar buenas acciones.

Por lo tanto, incluso cuando aquellos que observaban desde afuera sentían que había un poder milagroso en el consejo y en la bendición de los rabinos, estos últimos se desentendían de ello y explicaban que su consejo fue exitoso porque estaba basado en las enseñanzas de la Torá, y que su bendición había sido aceptada en el Cielo porque la persona que la recibió se había despertado y retornado en arrepentimiento, y por ello, D’s le había ayudado.

De igual manera, Rabí Najman de Breslav dijo que a veces HaShem realiza milagros a través de quienes dictaminan halajá, tal como está escrito: «Sus milagros y los juicios de su boca» (I Crónicas 16:12), esto es, “que a través de ‘los juicios de su boca’, el jurista rabínico ordena que así sea, y se lleva a cabo un milagro… Y este es el tipo de milagros que se cuentan sobre los grandes sabios de las generaciones pasadas» (Likutei Moharán 2:40; y ver Sijot Rabí Najman 17).

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