Nuestra actitud hacia la religión hindú

MISHPATIM 5785

Nuestra actitud hacia la religión hindú

La religión hindú posee un sistema de deidades muy complejo, sin parangón en el mundo entero. @ Uno de los fundamentos de la fe israelita es que la idolatría es una falsedad y el culto a los ídolos perjudica al ser humano. @ En el pasado, en el marco del hinduismo, tuvieron lugar cultos que incluían aspectos lascivos y libertinos. @ A diferencia de todas las religiones idolátricas que colapsaron ante la verdad y la luz que emanaron de la fe israelita y de los credos monoteístas, la hindú se ha mantenido plena de vitalidad. @ En realidad, la religión hindú se considera idolatría por participación o combinación (en hebreo shituf, esto es, que se cree en D’s y además en otras cosas, N. de T.) y está igual de prohibida que la idolatría completa. @ Esta prohibido obtener disfrute o beneficio tanto de los ídolos como así también todos sus artefactos de culto, sus estatuas y los sacrificios que se les ofrecen.

Si bien ello no está expresamente prohibido, el daño producido por la materialización idolátrica es muy grande, ya que, a pesar de la riqueza cultural que prevalece en la India, el aspecto idolátrico de esta religión sirve de justificación para muchas injusticias. Sin embargo, tal como se deduce de las palabras del Rav Kuk (Linvujei Hador 8) no es necesario que los hindúes abandonen su religión para convertirse en cristianos o en musulmanes, sino que la intención es que continúen avanzando por su senda y elevándose.

Pregunta: Según el judaísmo, ¿cuál es la actitud adecuada hacia los creyentes de la religión hindú? ¿Es necesario tratarlos con hostilidad solo porque son idólatras, o tal vez, debido a las virtudes morales que poseen, el trato hacia ellos debe ser positivo?

Respuesta: En general, por una parte, el judaísmo ve a la humanidad con buenos ojos, intenta aprender de cada cultura todo lo bueno que cabe aprehender de ella y procura beneficiar a cada ser humano según su idiosincrasia. Por otra parte, rechaza absolutamente la concepción idolátrica y combate el mal que emana de esta. Además, hay que aclarar que en la presente columna no pretendemos ni de cerca abarcar a la religión hindú, en la que creen más de mil millones de personas, sino solamente expresar una postura judía sobre lo que se sabe de ella en términos generales.

La gran abundancia y la profusión de ídolos

El inicio de la aparición de la religión hindú tuvo lugar en el noroeste de la India hace unos tres mil quinientos años, y desde allí se expandió a todo el resto del país. El subcontinente indio se caracteriza por la abundancia de aguas que fluyen por él, por sus grandes cosechas, su vegetación vasta y diversa, sus paisajes impresionantes de montañas, valles, bosques, ríos y desiertos, en los que habitan innumerables especies animales. A lo largo de generaciones, quienes visitaron la India se han asombrados del encuentro que experimentaron con la abundancia y la riqueza de su tierra, con sus paisajes y su gente, describiendo con admiración la variedad de colores, sabores y olores que acompañan la vida de las personas en ese país. También la sociedad humana es diversa en la India. En ese país conviven personas extremadamente ricas que construyeron magníficos palacios junto a personas sumamente pobres que viven en las calles; sabios y pensadores junto a individuos ignorantes y groseros, criminales junto a sujetos bondadosos; seres poseedores de una gran sensibilidad y compasión por toda forma de vida junto a explotadores indiferentes al sufrimiento ajeno. Lo interesante es que en la India estos contrastes y estas contradicciones coexisten en una especie de complementariedad, en el marco de una visión compleja y multifacética.

En medio de esta abundancia diversa y fecunda nació la religión hindú, que posee un sistema de deidades sumamente complejo, sin igual en el mundo. en ella se mezclan la luz y la sombra, el bien y el mal, el espíritu y la materia, otorgando así una enorme inspiración para la formación de corrientes de pensamiento y cultos religiosos diversos, incontables dioses y ricos mitos, acompañados de una intensa producción artística en las áreas de la escultura, la pintura, la poesía y la danza. Así, la religión hindú, con sus múltiples dioses, rituales y mitos que despiertan la imaginación, refleja la rica y abundante diversidad de la naturaleza del mundo y del alma humana y social, y ofrece diferentes interpretaciones tanto del bien como del mal, desde las cuales se pueden alcanzar innumerables entendimientos.

Si bien el hinduismo contiene diversos tipos de culto a numerosas deidades, en la India casi que no hubo guerras religiosas fanáticas, pues el principio rector de este credo es que hay lugar para todos los dioses y para todas las combinaciones entre ellos, y cada grupo tiene derecho a elegir los cultos que más le parezcan. Además, dentro de cada grupo, una persona puede poner énfasis en los dioses y los rituales que más le atraigan o ser indiferente a todos ellos.

Lo malo de la idolatría

Uno de los fundamentos de la fe israelita es que la idolatría es falsa y que el culto a los ídolos es perjudicial para el ser humano. Esto también puede verse al examinar su impacto negativo en la sociedad y en la cultura de la India. Lo correcto es que la naturaleza básica de la fe impulse al ser humano a una elevación infinita, incrementando así el bien y la bendición en el mundo por medio de su conexión con la fe en HaShem, el Uno, pues cuando todas las fuerzas del mundo se dirigen hacia Él, el bien en el mundo se multiplica y se torna más recto. En cambio, el culto idolátrico perpetúa la realidad tal como es, le otorga una justificación de carácter religioso al orden establecido, y bloquea así la exigencia interna de superarse y corregirla. Pues al personificar lo divino recurriendo a todas las energías y matices que existen en el hombre y en la naturaleza, se justifican también los rasgos negativos del ser humano, perpetuándolos sin que medie deseo alguno por corregirlos. Así, existen dioses buenos y dioses malos, y el ser humano se enfrenta al bien y al mal sin una resolución definitiva en favor del lado del bien, pues incluso los dioses malos deben ser venerados, complacidos o apaciguados. Es decir, está claro que el bien es bueno, y que quien sigue su camino recibe la iluminación y la paz, pero dado que incluso el mal representa a determinadas fuerzas divinas, posee también un lugar, y es posible que su utilidad sea mayor, ya que con él se pueden obtener más riquezas, poder y placeres.

Como resultado de ello, al igual que en todas las religiones idolátricas, dentro del hinduismo existieron en el pasado cultos de tipo lascivo y libertino y, en casos muy raros, se llegaron a realizar incluso sacrificios humanos destinados a apaciguar la ira de los dioses malvados. Además, en el marco de la concepción de la división de la sociedad en castas (estratos o clases sociales), se perpetran muchas injusticias hacia los estamentos más bajos de la sociedad, todas las cuales reciben una justificación de tipo religioso. Tal vez, en otra ocasión podríamos explayarnos más sobre esta cuestión.

El proceso de elevación de la religión hinduista

A lo largo de los miles de años de existencia de la religión hindú, se produjo un proceso de progreso y superación hacia la creencia en un origen único y el empoderamiento de los valores morales. Hay dos factores principales que coadyuvaron para que ello ocurriera. El primero y principal es que la religión hindú no se estancó, y paralelamente a la multiplicación de los ídolos y la adición de interpretaciones y mitos sin fin, profundizó en su pensamiento religioso y filosófico. De un enfoque centrado en los sacrificios a los ídolos, tal como aparece en los textos antiguos como es el caso de los Vedas (en hindú lit. «conocimiento»), se elevó a cultos que expresan una intención interior, interpretada en los Upanishads. Posteriormente, dentro de los relatos de los dioses y los mitos (como la Bhagavad Guita), se destacaron los principios que ya estaban presentes en los textos antiguos sobre una raíz superior llamada Brahman, que es infinita y es el alma de todo el universo, e incluso los diferentes dioses son manifestaciones suyas. En consecuencia, se puso un mayor énfasis en el principio moral de la elección del bien, que es aquel activa o impulsa el ciclo de la reencarnación de las almas, el cual refleja el orden cósmico al cual los propios dioses están sometidos.

El encuentro con las religiones monoteístas

En segundo lugar, esta postura de superación y progreso se fortaleció debido al encuentro que tuviera lugar entre el credo hinduista y las religiones monoteístas. Hace unos mil doscientos años, los musulmanes conquistaron el norte de la India y más tarde también su centro. Y hace unos quinientos años, los cristianos llegaron a la India, primero lo hicieron los comerciantes portugueses y luego los ingleses. A través de ellos, se introdujeron en la cultura hindú la creencia en HaShem y en los valores morales que provienen de la Torá. A lo largo de los años, muchos hindúes viajaron también a otros países y se encontraron con las religiones monoteístas, y como resultado de ello, profundizaron en el hinduismo y descubrieron el principio unitario que se encuentra en él. Así, los valores de la Torá se convirtieron, consciente o inconscientemente, en valores fundamentales en la cultura hindú, sobre los cuales la sociedad india actualmente intenta construirse en áreas tales como el gobierno, el aparato judicial, la educación, la ciencia y la economía.

Un origen antiguo de la creencia en un solo Dios

En el libro del rabino Yisajar Heyman titulado: «Judaísmo e hinduismo», se cita un antiguo diálogo que aparece en los Upanishads, y tuviera lugar hace más de dos mil quinientos años. Un discípulo le pregunta a un sabio: ¿Cuántos dioses hay? El sabio le responde: «Tres mil trescientos treinta y tres». El discípulo le dice: «Sí, por supuesto, pero ¿cuántos dioses hay realmente?» El sabio le responde: «Treinta y tres». El discípulo le dice: «Sí, por supuesto, pero ¿cuántos dioses hay realmente?» El sabio le responde: «Tres». El discípulo le dice: «Sí, por supuesto, pero ¿cuántos dioses hay realmente?» El sabio le responde: «Uno y medio». El discípulo le dice: «Sí, por supuesto, pero ¿cuántos dioses hay realmente?» El sabio le responde: «Uno». Esta postura antigua se ha vuelto más central en los últimos tiempos.

El secreto de la vitalidad de la religión hindú

Es importante señalar que la enorme riqueza de la religión hindú, que incluye la existencia de incontables dioses, rituales y símbolos, así como el lugar central que ocupa en ella la meditación que es aquella que permite una escucha interna profunda, han generado una postura pluralista especialmente abierta hacia las diferentes religiones y cultos. Esto le ha permitido asimilar con mayor facilidad nuevas ideas e integrarlas en su seno, y cuando encontró ideas fundamentales provenientes de la doctrina de Israel sobre la creencia en un solo D’s y la exigencia moral por la corrección o reparación tanto del ser humano como de la sociedad, pudo darles un lugar central, pues estas ideas hicieron vibrar hilos profundos que ya existían en ella desde los tiempos antiguos. Esta es probablemente la razón por la cual, a diferencia de todas las religiones idólatras que sucumbieron ante la verdad y la luz emanadas de la fe de Israel y a través de las religiones monoteístas, el hinduismo ha sobrevivido con vitalidad, ya que tiene la capacidad de absorber ideas elevadas y progresar en virtud de ellas.

La idolatría por asociación (beshituf)

De hecho, debido a que, por un lado, el hinduismo cree en una fuente suprema de todos los dioses, y por otro lado, en el culto hindú se adora a estatuas, se les ofrecen ofrendas y se les quema incienso, el hinduismo se considera una idolatría por asociación. Para el pueblo de Israel, que recibió la Torá en el Monte Sinai y fue especialmente preceptuado de creer en un solo D’s, la idolatría por asociación está prohibida, tal como lo está la idolatría completa. Los ídolos, sus utensilios, sus ornamentos y los sacrificios que se les ofrecen -está prohibido disfrutar u obtener beneficio alguno de estos. Sin embargo, según la mayoría de los sabios, la prohibición de practicar la idolatría por asociación no rige para los descendientes de Noaj. Por lo tanto, mientras que el adorador de los ídolos dirija también su culto al D’s único que está por encima de todos los ídolos, no incurre en una transgresión.

En la medida que eliminen los residuos de la idolatría, contribuirán más al mundo

Si bien no hay una prohibición explícita de hacerlo, el daño causado por la materialización de la idolatría es grande, ya que, a pesar de la gran riqueza de la cultura hindú, su componente pagano justifica muchas injusticias. No obstante, no es necesario que los hindúes abandonen su religión para convertirse en cristianos o en musulmanes, tal como lo señala nuestro maestro el Rav Kuk («Linvujei Hador» 8), sino que la idea es que continúen avanzando y elevándose. A medida que vayan purificando el hinduismo de la idea de que los ídolos tienen poder propio y fortalezcan la fe en un solo D’s y en la moral que de ello emana, podrán, con las bellas ideas del hinduismo, contribuir al incremento de la bendición en el mundo. Desde la rica imaginación y pensamiento sobre el ser humano y su alma, podrán ofrecerle a la humanidad un sinnúmero de propuestas para la expresión personal y formas de lidiar con las dificultades propias de la existencia.

De este modo, el pluralismo en el hinduismo se unirá en la conformación de un movimiento hacia la reparación del mundo, y no se dispersará en vano, perdiendo así valiosas fuerzas. Así, el arte rico y fascinante que se desarrolló en la India, en los campos de la literatura, la poesía, la pintura, la escultura, la arquitectura, la música y otros, inspirará a las naciones para añadirle al mundo belleza y deleite. También podrán otorgarle al mundo la sensibilidad especial que han desarrollado hacia todos los seres vivos, tanto de la flora como de la fauna, basada en el respeto hacia toda criatura y en el deseo sincero de no hacerle daño. Cuanto más se adhieran a la fe en un solo D’s y a la moral que de ello emana, orientarán más y mejor esta sensibilidad hacia un movimiento general de reparación y redención del mundo.

 

 

 

 

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