TZAV 5785
Contar el relato del milagro ocurrido, vivir de acuerdo con las leyes naturales
El precepto de relatar el milagro de la salida de Egipto pone de manifiesto la función que tienen los portentos en la revelación de la fe en HaShem en el mundo, no obstante, a menudo también los milagros sobrevienen por medios naturales y solo tras un esfuerzo efectivo de parte del pueblo de Israel. @ El motivo por el cual a partir del momento en que los israelitas entraron a la tierra de Israel los milagros cesaron. @ La santidad del pueblo de Israel se revela en la tierra de Israel por medios naturales, pero es necesario recordar que es de HaShem que el pueblo de Israel extrae la fuerza necesaria para llevar a cabo sus acciones en la práctica.
A pesar de los grandes milagros que estaban destinados a revelar la palabra de HaShem en el mundo, el Santo Bendito Él tuvo el recaudo que estos acontecieran únicamente tras el despertar del pueblo de Israel, para que los judíos sean partícipes de su efectivización y no incurran en error de pensar que sus acciones carecen de valor alguno. Por ello, el éxodo tuvo lugar únicamente después que los hijos de Israel estuvieron dispuestos a ofrendar los dioses egipcios a HaShem (Amón Ra, la principal deidad del panteón egipcio, era representado como un carnero, N. de T.). En ese mismo contexto, nuestros sabios dijeron que la apertura del Mar Rojo no se produjo hasta que Najshón ben Aminadav comenzó a entrar en él.
Es preceptivo narrar la salida de Egipto
Es preceptivo relatar la salida de Egipto en la noche del 15 de Nisán, y cuanto más narre una persona sobre el evento, más digna de alabanza será. Asimismo, es preceptivo recordar a diario la salida de Egipto, por la mañana y por la noche, así como también en cadaShabat y en todas las diferentes festividades. A continuación, explicaremos el significado del precepto.
Entre la naturaleza y el milagro
En este contexto, resulta oportuno analizar la relación existente entre la conducción del mundo por parte de HaShem por medios naturales y por medio del milagro. La naturaleza se conduce en el marco de un sistema de leyes que resulta comprehensible, al tiempo que los milagros prorrumpen en el orden natural.
La diferencia entre la naturaleza y el milagro solamente existe desde la perspectiva del ser humano, a quien el orden natural le parece comprensible y existente por sí mismo de acuerdo con las leyes que le son inherentes, al tiempo que los milagros le resultan incomprensibles, y por ello le impresionan más, ya que manifiestan el poder de HaShem de trascender los límites de la naturaleza. Pero desde el punto de vista del Creador, no existe diferencia alguna entre la naturaleza y el milagro, ya que HaShem todo lo vivifica, tanto al orden natural como al milagro. Por efecto de Su voluntad estableció que la creación se conduzca conforme las leyes de la naturaleza, y también que a veces lo haga de un modo que altera las leyes naturales y al cual nosotros denominamos “milagro” (nes).
Por ello, lo que recibe el denominativo de “milagro” puede ser también llamado “naturaleza”, porque la conducción milagrosa del mundo también se lleva a cabo de acuerdo con un orden preestablecido por el Creador (Maharal). Por otra parte, la naturaleza también puede ser considerada milagrosa ya que solamente existe en virtud de la voluntad de D’s, solo que en una mirada superficial parece como si por medio del milagro HaShem condujese al mundo de un modo revelado, al tiempo que al actuar en el marco de la naturaleza lo hiciese de un modo oculto. Poro lo tanto, cabe llamar a la conducción del mundo por medio de las leyes naturales “milagros ocultos”, tal como decimos en nuestros rezos: “Tus milagros que están con nosotros a diario” (Comentario del Rambán a Shemot-Éxodo 13:16).
La principal conducción de la realidad tiene lugar por medio de las leyes naturales
En términos generales, D’s creó el mundo de modo tal que se conduzca por medio de las leyes naturales, porque de esa manera el ser humano puede efectivizar su potencial de una manera óptima, y tal como lo explicara Rabí Ytzjak Arama (Akedat YTzjak Sha’ar III), si HaShem condujese su mundo por medio de milagros, “no habría cabida alguna para el libre albedrío humano que es el fundamento del hombre, ni para la recompensa y el castigo que es el pilar de su objetivo, tal como se explicará”. Y en ese sentido, Rabenu Nisim, en su disertación número ocho, dijo: “La primera introducción consiste en que el plan y la voluntad de HaShem, bendito sea, consisten en que el mundo se conduzca en todo cuanto resulte posible de acuerdo con sus leyes habituales, que la naturaleza es agradable a Sus ojos, y que Él no la altera salvo por causas de fuerza mayor”. En ese mismo sentido, el Maharal escribió (Guevurot HaShem 64): “Corresponde que el mundo se conduzca por medio de la naturaleza, y se trata esta de una conducción verdadera, y los justos, en su rectitud, desean la verdad, y no quieren que el mundo se desvíe de su orden verdadero”. Otro tanto el Rav Kuk (Ein Aiá a Shabat II 193-195) explicó que el ser humano se engrandece en concomitancia con la intensidad de su actuar en el marco de las leyes naturales.
El sitial de los milagros
No obstante, los milagros gozan de un sitial de importancia. En primer lugar, sirven para revelar la palabra de HaShem en el mundo. Por lo tanto, la salida de Egipto y la entrega de la Torá tuvieron lugar en medio de grandes maravillas, para que de esa manera se revelara HaShem en el mundo, y también se hiciera manifiesto que escogió a Israel de entre todas las naciones para hacerlo un pueblo singular, para que reciba la Torá y herede la Tierra Prometida y así, de esa manera, traiga bendición a todas las familias de la tierra, tal como se les dijera a nuestros ancestros.
En segundo lugar, para revelar que HaShem conduce al mundo de manera permanente, y por ello a veces, en circunstancias difíciles, cuando no queda más remedio, obra milagros. A veces, los milagros son realizados de un modo abierto y claro, y otras de un modo que se asemeja al común funcionamiento del orden natural, pero quien contempla al mundo desde una mirada general, entiende que lo acaecido es obra de HaShem. En efecto, los grandes maestros de todas las generaciones escribieron que los grandes portentos son indispensables a los efectos de revelar la fe israelita (Rabí Saadiá Gaón en su introducción a Emunot VeDe’ot, El cuzarí 1:11, 25, 60-86, Rambán a Shemot-Éxodo 13:16, Sefer Hajinuj 21 y muchos otros. Asimismo, ver Rambám Hiljot Yesodei HaTorá 8:1-2).
La significación del relato de la salida de Egipto
El precepto de narrar la salida de Egipto en la noche del Seder persigue dos objetivos: 1) Arraigar en nuestra conciencia la elección que hiciera HaShem del pueblo de Israel como Su nación para que revelara Su palabra en el mundo. 2) Arraigar en nuestra conciencia que HaShem dirige Su mundo, y todas las palabras de profecía dichas en la Torá y en los libros de los profetas habrán de cumplirse. Y aunque parezca que la redención se demora, debemos saber que HaShem conduce el mundo y que también hace brotar salvaciones a partir de las desgracias. Y la fe que sostuvo a nuestros antepasados, hará que tengamos el mérito de continuar estableciéndonos en nuestra tierra hasta la redención completa.
El objetivo de la salida de Egipto fue ingresar a la tierra de Israel
Sin embargo, es preciso recordar siempre que el objetivo de la salida de Egipto fue entrar a la tierra de Israel y concretar en ella nuestra misión divina por medios naturales. Por ello, en general, a partir del momento en que los israelitas ingresaron al país, cesaron los milagros que los mantuvieron con vida en el desierto y la Divina Presencia comenzó a revelarse por medio de las acciones de los hijos de Israel.
Por lo tanto, el significado del relato de la salida de Egipto es doble: por una parte, reforzar la fe en que HaShem dirige el mundo, y por ello, se nos asegura que finalmente los hijos de Israel habrán de ser redimidos. Por la otra, despertarnos en toda la medida de la posible para traer la bendición y la redención al mundo, ya que del éxodo aprendimos que el ser humano nunca se encuentra en una prisión de la cual no haya salida, y que por medio de la fe y la Torá que se revelaron al pueblo de Israel, es posible derribar los obstáculos que impiden hacer marchar al mundo hacia su redención. El sitio más adecuado para ello es la tierra de Israel, en la cual es posible concretar la idea divina por medios naturales. Por ello, el precepto de habitar la tierra de Israel equivale a la sumatoria de todos los demás mandamientos de la Torá.
En la tierra de Israel la santidad se revela por conductos naturales
Eretz Israel es la tierra santa, o sea, que, a pesar de su terrenalidad, es sagrada, y su santidad se revela a través de las acciones que los hijos de Israel llevan a cabo por los conductos naturales. Sin embargo, cuando el pueblo de Israel se encuentra en el exilio, como allí no resulta posible revelar la palabra de HaShem en la realidad natural, la santidad se manifiesta únicamente en el milagro que trasciende los límites de la naturaleza, e incluso la mera supervivencia judía en medio de las persecuciones en sí misma resulta milagrosa. Pero esa es una situación que se dio a posteriori, y tal como escribiera nuestro maestro el Rav Kuk, de bendita memoria (Orot Hatejiá 28): “La santidad de la naturaleza es la santidad de la tierra de Israel, y la Divina Presencia que descendió sobre el pueblo judío en los días del exilio es la capacidad de mantener la santidad en oposición a la naturaleza. Pero una santidad que lucha contra la naturaleza no es completa”.
Por ello, el precepto de conquistar la tierra de Israel y defenderla precisa ser cumplido a través del Ejército de Israel por medios naturales. Y por ello HaShem le ordenó a Moshé que censara en el desierto a los hombres en edad de servicio militar de cara a la guerra de conquista de la tierra de Israel. Y tal como escribiera el Rambán (Bemidbar 1:45): “(Esto fue así) porque la Torá no se basa en el milagro de que un solo combatiente nuestro persiga a mil del enemigo”. Por ello, era preciso que se envaran espías de cara a la conquista del país porque no se debe confiar en que acontezcan milagros, sino que se debe cumplir el precepto a través de los conductos naturales (Rambán Bemidbar 13:2).
Hay que recordar que la fuerza para hacer las cosas proviene de HaShem
Si bien la dedicación a poblar la tierra de Israel trae bendición a la persona y la potencia en gran medida, por otra parte, puede causar que esta se vanaglorie de los logros obtenidos y se olvide de HaShem y de la misión que Él le ha encomendado. Tal como fue dicho: “Y dirás en tu corazón mi fuerza y el poder de mi mano lograron para mí todo esto”, pero la Torá dice: “Pues ella es la que te da fuerza para tener suceso”, para enseñarnos que, si bien los hijos de Israel alcanzan sus logros por medio de su propia fuerza, deben recordar que es HaShem quien les otorga estos bríos (Drashot HaRan, comienzo de la disertación 10).
De esto resulta que por cada cosa buena que nos sucede debemos agradecerle a HaShem y bendecirlo. En virtud de ello, debemos reforzarnos para continuar actuando con todas nuestras fuerzas para cumplir la voluntad de HaShem en el mundo por medio de nuestras obras, y rezar para que nos ayude a concretarlas. “Que el agrado de HaShem nuestro D’s sea sobre nosotros, y la acción de nuestras manos sea establecida para nosotros, oh HaShem, aprueba la obra de nuestras manos” (Tehilim-Salmos 90:17).
El esfuerzo de los israelitas de cara a los milagros de la salida de Egipto
A pesar de los grandes milagros que estaban destinados a revelar la palabra de HaShem en el mundo, el Santo Bendito Él tuvo el recaudo que estos acontecieran únicamente tras el despertar del pueblo de Israel, para que los judíos sean partícipes de su efectivización y no incurran en error de pensar que sus acciones carecen de valor alguno. Por ello, el éxodo tuvo lugar únicamente después que los hijos de Israel estuvieron dispuestos a ofrendar a HaShem un sacrificio que consistía de dioses egipcios (Amón Ra, la principal deidad del panteón egipcio, era representado como un carnero, N. de T.). En ese mismo contexto, nuestros sabios dijeron que la apertura del Mar Rojo no se produjo hasta que Najshón ben Aminadav comenzara a entrar en él (Tratado de Sotá 37(A)). Asimismo, la entrega de la Torá tuvo lugar después que los israelitas dijeran: “Todo lo que HaShem dijo, lo haremos” (Shemot-Éxodo 19:8).
No se reza para que acontezca un milagro absoluto
También a la hora de rezar, pedimos cosas que pueden llegar por conductos naturales y no se piden milagros. Por ello, cuando se tenía una gran necesidad de agua, los sabios establecieron ayunos para que acompañaran al rezo por las lluvias cuando estas todavía podían descender, esto es, hasta medio mes antes de la festividad de Shavu’ot, y no después de ello, pues entonces la lluvia cae de manera milagrosa y “no se reza para que acontezcan milagros” (Talmud Jerosolimitano Ta’anit 3:2).
Asimismo, en todo aquello que el ser humano necesita, que no rece para que HaShem obre para él un milagro, esto es, no se le debe pedir que actúe de un modo sobrenatural (Sefer Jasidim 794, Gvurat Arí a Ta’anit 19(A)).
Los milagros en el Templo y el esfuerzo de los israelitas
Dijeron nuestros sabios (Mishná Avot 5:5): “Diez milagros les acontecían a nuestros antepasados en el Templo de Jerusalém”, uno de ellos era que la carne de las ofrendas sagradas jamás hedía. Aun así, se abstuvieron de poner mesas de oro o plata sobre las cuales colocar los trozos de carne para evitar que esta hediese, y en cambio, pusieron mesas de mármol, de lo cual aprendemos que no se confiaron en el milagro de que la carne de las ofrendas no produce mal olor (Mishná Tratado de Tamid 3:5, Rambám, Rabí Ovadiá MiBartenura).
Otro milagro que ocurría en el Templo era que el sumo sacerdote jamás experimentaba una polución nocturna en la noche de Yom Kipur, y a pesar de ello, se esforzaban en gran manera para mantenerlo en vela toda la noche, porque no se confía en el milagro (Talmud Jerosolimitano Tratado de Yomá 1:4).
Se nos cuenta también que las hogazas de la ofrenda del pan se mantenían calientes y frescas de manera milagrosa tras una semana de haber sido horneadas (Yomá 21(A)), y a pesar de ello, tenían el recaudo de colocarlas de un modo tal que evite que se produzca moho (Talmud Jerosolimitano Tratado de Shekalim 6:3). Por el mero hecho de que en el Templo de Jerusalém tenían lugar diez milagros, en su libro Derej Jaím (ad loc.) el Maharal dice que por cuanto que el Templo es sagrado y diferenciado del orden natural, forzosamente deben producirse en él milagros.





