Construir, y rápido

LEJ LEJÁ 5876

Construir, y rápido

Por supuesto que es preferible no contratar a quienes se oponen a nuestra presencia en la tierra de Israel, pero mientras no exista una solución alternativa y práctica para ello, está prohibido detener la construcción de nuestro país. @ Nuestro objetivo es llegar a los dos millones de residentes judíos en Yehudá y Shomrón (Judea y Samaria); retrasar la construcción de edificios podría hacernos incurrir en una versión moderna del pecado de los espías. @ En el futuro los pueblos vendrán a aprender de nosotros cómo los tzitzit (flecos rituales) expresan la capacidad de conferir santidad a la vida cotidiana. @ La cualidad de la piedad religiosa (jasidut) implica revisar los tzitzit antes de recitar la bendición correspondiente, pero hoy en día no es necesario demorarse por ello a menos que exista una preocupación razonable de que estén rasgados.

La postura de los gobiernos de Israel a lo largo de las generaciones, siguiendo la posición de los distintos cuerpos de seguridad, es que resulta de importancia dar trabajo a los obreros de la construcción árabes que residen en Yehudá y Shomrón (Judea y Samaria). Para muchos, esta postura es errónea y refleja la concepción o el paradigma que condujo a la dura guerra por la que estamos pasando y a las falencias que la acompañan. Por ello, conviene que quien se oponga a esta visión trabaje para cambiar la postura tanto del aparato de seguridad como la del gobierno, pero eso debe hacerse en el marco de la actividad política y no deteniendo la construcción.

Pregunta sobre la construcción en los asentamientos

Pregunta: Entendí que la opinión del rabino es que se debe construir en Yehudá y Shomrón, incluso cuando quienes lo hacen son obreros árabes. Y ya se sabe que ellos nos odian y luchan en contra nuestra; cuando construimos con ellos, los reforzamos en su afianzamiento a la tierra, y por eso, le asiste la razón a las comunidades que se oponen a la contratación de árabes. Además, todo el argumento de los que apoyan el trabajo con árabes es meramente económico y tiene por único propósito abaratar la construcción; por lo tanto, los rabinos deberían educar al público para que supere su impulso a la codicia y esté dispuesto a pagar un precio más alto con tal de no emplear a árabes. Esto y más: si se evitara por completo el empleo de mano de obra árabe, se encontrarían soluciones innovadoras para abaratar el coste de la construcción, y así, sobrevendría sobre Israel una doble bendición.

Respuesta: El objetivo de quienes quieren construir en Yehudá y Shomrón por medio de obreros árabes es poblar la tierra de Israel de judíos y ampliar el asentamiento judío en estos territorios lo más rápidamente posible; y en la medida que el precio de los apartamentos suba a raíz de un incremento en los costos, habrá menos compradores, y, por consiguiente, el proceso de asentamiento se retrasará. Además, hoy en día no hay suficientes obreros no árabes disponibles como para poder construir al ritmo requerido. Y aunque la contratación de árabes hostiles fortalezca a nuestros enemigos, nosotros nos fortalecemos por su construcción mucho más aún.

Está claro que toda persona preferiría darle trabajo a su hermano, y ciertamente no a obreros que no apoyan la existencia del país. Sin embargo, este desafío —el de cambiar los métodos de construcción y la identidad de los obreros que se ocupan de realizar esta labor— es un reto para la totalidad del Estado que solo el gobierno de Israel puede enfrentar. Es decir: en el mundo hay cientos de miles de obreros de la construcción que estarían encantados de recibir un permiso de entrada de Israel para trabajar en el sector de la construcción. Si se eliminaran las diversas barreras, incluidas las leyes y las regulaciones relativas al importe del salario mínimo, sería posible promover fácilmente la construcción a una velocidad mucho mayor y a precios más bajos.

Sin embargo, a lo largo de las generaciones, la postura de los gobiernos de Israel, en acuerdo con la posición de los distintos cuerpos de seguridad, es que resulta de importancia proveer empleos a los obreros árabes de la construcción que residen en Yehudá y Shomrón. Para muchos, esa postura es errónea y refleja la concepción o el paradigma que condujo a la dura guerra en la que estamos aún sumidos y a los fracasos que la acompañan. Por ello conviene que quien se oponga a esa idea actúe en aras de cambiar tanto la postura del aparato de seguridad como la del gobierno, pero eso debe hacerse en el marco de la actividad política y no deteniendo la construcción.

Existe otra vía: perfeccionar el método de construcción según la experiencia acumulada en los distintos países más con el agregado del perfeccionamiento israelí. Ojalá aparezcan los promotores y los emprendedores que lo hagan; mientras tanto, hay que construir al ritmo más rápido y al precio más bajo posible que se pueda conseguir hoy en día, para de esa forma poder poblar la tierra de Israel con judíos y frustrar el terrible peligro de que se erija un estado árabe hostil en el corazón de nuestro país.

Debemos tener cuidado de no incurrir en una versión moderna del pecado de los espías

Quienes llaman a detener la construcción deben tener cuidado de no caer ni siquiera en la sombra del pecado de los espías. En efecto, los espías no decidieron ser malvados, transgredir el mandamiento de poblar la Tierra Prometida ni causar daño al pueblo de Israel. Tenían un argumento fuerte: el intento de conquistar el país pondría en peligro a toda la nación. Y como fueron enviados a su misión con el consentimiento de D’s, pensaron que era su deber disuadir al pueblo de emprender una misión que habría de superar sus fuerzas.

También quienes no ascendieron a la tierra de Israel tras el inicio de las grandes olas migratorias (las llamadas «aliot«) hace unos 120 años tenían sus argumentos: que no debía cooperarse con los judíos seculares, o que el asentamiento judío se veía obligado a emplear mano de obra árabe, o que dependía totalmente de los designios de un gobierno extranjero y del dinero del barón.

Ahora también, respecto de la construcción por medio de obreros árabes, los argumentos de quienes se oponen tienen un cierto fundamento, pero en el contexto del panorama general, estos nos desvían del elevado objetivo que representa el poblar la tierra de Israel con judíos y repeler a nuestros enemigos. Todavía se ejercen fuertes presiones sobre el Estado de Israel, y si no alcanzamos lo más pronto posible la cifra de dos millones o más de residentes judíos en Yehudá y Shomrón, no cumpliremos ni con el precepto concreto ni con la obligación moral que recaen sobre nosotros.

Al margen de lo antedicho, vale la pena dirigir la atención a otro punto: muchas veces, quienes piden detener la construcción, ya compraron sus casas a bajo precio en edificaciones realizadas por obreros árabes, y ahora, exigen detener la construcción árabe, encareciendo así el precio de las viviendas para los nuevos pobladores en decenas de puntos porcentuales, sin sentir remordimiento alguno por ello. No es justo que estas personas adopten una postura que obliga a otros a pagar un precio más alto sin ofrecerse a participar en los mayores costos que deberán absorber los nuevos colonos.

El tzitzit recuerda todos los preceptos

Tal como aprendimos en el artículo de la pasada semana, el mandamiento del tzitzit (flecos rituales) representa a todos los preceptos de la Torá, pues la finalidad de todos ellos es guiar al ser humano para que este exprese sus fuerzas de una manera correcta y bendita. El talit (manto de oración), con sus cuatro puntas, simboliza todas las fuerzas latentes que anidan en el interior de la persona, y los tzitziot que salen de él y se dividen en varios hilos, representan la manifestación de todas esas potencias en la acción. Por eso, el precepto del tzitzit nos recuerda la totalidad de los mandamientos, tal como fue dicho: «Y los veréis y recordaréis todos los mandamientos de HaShem y los cumpliréis» (Números-Devarim 15:39), y tal como nos enseñaron los sabios: «La visión conduce al recuerdo, y a su vez el recuerdo conduce a la acción» (Tratado de Menajot 43(B)). Es decir, ver los tzitziot nos recuerda todos los preceptos, cuya finalidad es expresar en la práctica las fuerzas interiores del ser humano.

De Noaj y de Abraham

Preguntaron nuestros sabios: ¿De dónde mereció Israel recibir el honorable atuendo del tzitzit? Respondieron: De Shem, el hijo de Noaj, pues cuando Noaj se embriagó y descubrió su desnudez, denigrándose en público, Shem fue con su hermano Yafet y juntos cubrieron a su padre de modo tal que no se avergonzara. D’s recompensó por ello a los descendientes de Shem concediéndoles el precepto del tzitzit, que es espléndido y bello, tanto en este mundo como en el Venidero (Midrash Mishnat R. Eliezer 14). Y a los descendientes de Yafet, que cumplió el precepto con un poco menos de esmero, les concedió el mérito de ser sepultados de modo tal que su cuerpo no resulte denigrado (Bereshit Rabá 36:6).

Y hay quienes dicen que Israel mereció el tzitzit por el mérito de Abraham nuestro patriarca, que fue quien salvó a los habitantes de Sdom (Sodoma) de mano de los cuatro reyes, y pudo haberse quedado con sus bienes, pero eligió no aprovecharse de ellos, diciendo: «(No tomaré de vosotros) ni un hilo ni una correa de zapato» (Bereshit-Génesis 14:23); y gracias a eso, sus descendientes merecieron el gran honor de los hilos del tzitzit (ídem y Tratado de Sotá 17(A)).

Noaj fue pionero en desarrollar las fuerzas de las setenta naciones del mundo, y Abraham fue el pionero en desplegar las fuerzas de Israel. Por su mérito, el pueblo de Israel recibió el mandamiento del tzitzit.

Una buena nueva para las naciones

La idea expresada en el tzitzit —la misma que subyace en todos los mandamientos prácticos que ayudan al pueblo de Israel a manifestar sus fuerzas positivas en la acción— está destinada a traer una buena nueva para todos los pueblos. Así es como lo interpretaron los sabios: »Todo aquel que cuida con esmero el precepto del tzitzit merece que le sirvan dos mil ochocientos siervos, tal como fue dicho: ‘Así dijo el Eterno de los Ejércitos: en aquellos días diez hombres de todas las naciones se asirán del borde del manto de un judío, diciendo: iremos contigo, porque hemos oído que D’s está contigo»’ (Zejariá-Zacarías 8:23; Tratado de Shabat 32(B)). De cada una de las cuatro puntas del manto se aferran diez personas que pertenecen a cada una de las setenta naciones, lo cual suma setecientas por esquina y dos mil ochocientas en total.

No se trata de siervos en el sentido denigrante de la expresión, sino de personas que comprenden que, sin la guía de la Torá, el ser humano queda esclavizado por las ataduras del mundo material y resulta incapaz de desplegar sus fuerzas espirituales. Ellos reconocen la grandeza del pueblo de Israel —que observa el precepto del tzitzit y se dedica a liberar las energías espirituales que anidan ocultas en el hombre y en el mundo— y desean unirse a él, para aprender a sacar a la luz sus propios talentos y traer la bendición sobre sí mismos y sobre sus pueblos (Basado en Maharal, Jidushei Agadot Menajot 43(B); Ein Aiá a Shabat II:221).

Puede añadirse que la admiración de las naciones por el mandamiento del tzitzit —un atuendo que todos necesitan vestir, pero que en Israel se transformó en un objeto sagrado— encierra una gran enseñanza: que incluso la vida cotidiana puede elevarse al nivel de la santidad.

¿Es obligatorio separar los hilos del tzitzit?

Nuestros sabios dijeron (Tratado de Menajot 42(A)) que es preciso separar los hilos de los tzitziot. El Tur (Oraj Jaím 8:7) explicó que el término “tzitzit” alude precisamente a los hilos sueltos o separados. Sin embargo, esta separación no es indispensable para cumplir con el precepto; por lo tanto, no se debe perder el rezo comunitario por dedicarse a separar los hilos (Maguén Abraham 8:10; Eliá Rabá 8; Shulján Aruj HaRav 12; Mishná Berurá 18).

Cuando los hilos son de buena calidad —como los actuales, que no tienden a enredarse— no es necesario ocuparse de separarlos (Aruj Hashulján 13). Pero si de hecho se enredaron, por ejemplo, tras haber sido lavados, deben ser desenredados.

La revisión del tzitzit antes de recitar la bendición correspondiente

Pregunta: ¿Es obligatorio revisar los tzitzit antes de recitar la bendición?

Respuesta: En el pasado, los hilos del tzitzit solían ser menos resistentes y a menudo se rompían sin que el portador lo notara. Por ello el Rosh escribió: “Quien teme a la palabra de D’s, que revise los tzitziot antes de envolverse (en el talit), para no recitar una bendición en vano” (Hiljot Tzitzit 20). Así fue sentenciado en el Shulján Aruj: “Antes de bendecir, observará los hilos del tzitzit para verificar que sean válidos, a fin de no pronunciar una bendición en vano” (Oraj Jaim 8:9). Algunos explican que la revisión es también parte del cumplimiento mismo del precepto (Mishná Berurá 22).

Sin embargo, todo esto pertenece al ámbito de la piedad religiosa, ya que se asume que los tzitziot no se rompen de modo tal que invaliden la prenda sin que la persona lo advierta (Responsa Zera Emet III:142; Aruj Hashulján 8:14-15). Muchos de los grandes sabios no acostumbraban a practicar esta costumbre piadosa (Yejavé Da’at VI:1). Por lo tanto, quien tiene prisa por unirse al rezo comunitario o por subir a la Torá, no debe demorarse revisando los tzitziot (Maguén Abraham 8:11; Turei Zahav 13:3; Ben Ish Jai, Bereshit 3; Mishná Berurá 8:22).

Incluso esta práctica piadosa —la de revisar los tzitziot— tenía sentido cuando con frecuencia era dable encontrar hilos rotos (Turei Zahav 8:8; Maguén Abraham 8:19). Pero hoy en día, en la gran mayoría de los casos, los hilos no se rompen sin que ello se note, y por lo tanto, no es necesario revisarlos antes de recitar la bendición.

No obstante, quien haya pasado por una situación que pudiera haber provocado que los hilos se rompieran, deberá revisarlos de inmediato para confirmar que siguen siendo válidos. Lo mismo aplica a quien descubrió que sus tzitziot se dañaron sin haberse dado cuenta, o a quien realiza un trabajo que podría causarles daño, así como en el caso de los soldados que entrenan o combaten con ellos; en tales casos, es apropiado revisarlos cada día antes de recitar por ellos la bendición correspondiente.

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