VAIEJÍ 5785
La fuerza de las bendiciones y las maldiciones
El poder de influencia de las bendiciones es superior al de las maldiciones. @ La bendición de los padres a sus hijos tiene un poder de influencia particularmente grande. @ Es bueno que los padres traten de bendecir a sus hijos previo a su fallecimiento. @ La Torá prohíbe maldecir a una persona para que se muera, se enferme o le ocurra cualquier otro evento adverso. @ Por la base de la norma, una persona puede maldecir a un malvado que pecó contra ella. @ En virtud del peligro que ello encierra, es preferible no recurrir al uso de maldiciones. @ A pesar de que las maldiciones pueden causar daño, es preferible no temerles.
Cuando una persona sabe que las maldiciones de las que fue objeto no se justifican, es bueno que se refuerce en su fe y crea que, eventualmente, se transformarán para bien y no habrán de dañarla, y en la medida que robustezca su convicción, así habrá de ser. Además, al final de cuentas, las propias maldiciones recaerán sobre quien las pronunció.
Pregunta: En la porción de lectura de la Torá de esta semana, parashat Vaiejí, aprendemos sobre las bendiciones que nuestro patriarca Ya’akov les da a sus hijos y a sus nietos Efraím Y Menashé, y de aquí vemos que tienen capacidad de influir en la realidad. Sin embargo, cabe preguntar: Las bendiciones provienen de HaShem, si a Sus ojos corresponde bendecir a alguien determinado, este será bendecido, y en caso de que no corresponda, no lo será. Entonces, ¿cuál es el valor o el poder de las bendiciones que otorgan los padres o los justos?
Respuesta: Dado que HaShem creó al ser humano a Su imagen y semejanza, le confirió a su habla influencia sobre lo que acontece tanto en este mundo material como en los mundos espirituales superiores. Por ello, una maldición pronunciada por un ser humano puede tener un efecto dañino, y a la vez, una bendición suya, puede influir para bien.
Cuando un individuo peca, su estatus o nivel se ve afectado y resquebrajado, sin embargo, muchas veces su situación permanece incambiada y pendiendo de un hilo, y al ser maldecido, la imprecación recae sobre su carencia, y por ello, puede derrotarlo. Por otra parte, a veces un individuo ha observado numerosos preceptos y realizado cuantiosos actos de bien y sus méritos se han multiplicado, pero en muchos casos su estatus permanece aun incambiado, y al ser bendecido, se abre para él el conducto de la abundancia divina y esta le llega. El vocablo berajá, bendición, en hebreo significa “agregado” o “suplemento”, al tiempo que la palabra klalá, maldición, significa “disminución” y “carencia”.
El poder de influencia de las bendiciones es superior al de las maldiciones, tal como dijeran nuestros sabios: “La virtud siempre prevalece por sobre lo nefasto” (Tratado de Sotá 11(A)).
La bendición a los hijos en los casos de Noaj, Ytzjak y Ya’akov
Las bendiciones de los padres para sus hijos poseen siempre un poder de influencia particularmente grande, y cuando los progenitores son personas justas, su palabra tiene un efecto mucho mayor aún. Por ello, la maldición de Noaj para su hijo Jam y para su nieto Cna’an, así como la bendición que le diera a Shem y a Yefet, influyeron sobre ellos y sobre su descendencia por generaciones. Tal como fue dicho: “Dijo: Maldito sea Cna’an. ¡Esclavo de esclavos habrá de ser para sus hermanos! Y dijo: Bendito sea HaShem el D’s de Shem ¡Y sea Cna’an el esclavo de ellos! Amplie Elokim a Yefet y que more en las tiendas de Shem. ¡Y sea Cna’an el esclavo para ellos!” (Bereshit-Génesis 9:25-27).
Por ello, cuando nuestro patriarca estaba a punto de bendecir a su hijo mayor Esav, Rivká temía que la bendición le llegara a quien no la merecía, y le exigió a su hijo Ya’akov que recibiera la bendición en cuestión, pues en verdad le correspondía a él. E incluso después que Ytzjak se enteró que se le había inducido al error y que había bendecido a Ya’akov, entendió que su bendición ya recaía sobre él (ídem 28:1-6).
De igual manera, en el momento en que Ya’akov bendijo a los hijos de Yosef, tuvo el recaudo de colocar su diestra sobre Efraím, pues la bendición encierra una fuerza enorme, y vio en su espíritu de santidad que la personalidad del joven Efraím superaría en estatura a la de Menashé (ídem 48:14-20). Otro tanto ocurrió previo a su fallecimiento, tuvo el recaudo de bendecir a cada uno de sus hijos del modo apropiado y por medio de mensajes dirigidos específicamente a cada uno de ellos individualmente, tal como fue dicho: “…y esto es lo que les habló su padre cuando les bendijo a ellos; a cada cual, de acuerdo con su bendición, él los bendijo” (ídem 49:28).
Las bendiciones de los padres
No solo las personas especialmente justas detentan el poder de bendecir a sus hijos, sino que todos los padres poseen también una cualidad especial que les permite hacerlo, ya que como criaron a sus vástagos con amor, y los educaron y los mantuvieron imbuidos de una voluntad de prodigarles bien, son el conducto de la abundancia celestial para sus hijos, y por ende, su bendición posee un gran peso. Además de ello, dado que los padres trajeron a esos chicos al mundo, desde el Cielo se estableció que ellos sean su conducto para la bendición.
Dado que las bendiciones de los padres poseen una fuerza especial, muchos de ellos acostumbran a bendecir a sus hijos previo a eventos importantes tales como un casamiento, el inicio de un año de clases, el enrolamiento en el ejército, la aceptación a un nuevo empleo o un viaje al exterior. Asimismo, numerosos padres suelen bendecir a sus hijos en la noche de Shabat, que es un momento propicio para hacerlo pues al comenzar el día sagrado llega la paz al pueblo de Israel, e incluso los acusadores ante el Tribunal Celestial se llaman a silencio, todos están contentos, distendidos y se incrementa la bendición en el mundo.
Numerosos padres bendicen a sus hijos y a sus nietos en la víspera de Yom Kipur, pues entonces los corazones se abren al retorno en arrepentimiento, y por efecto de la bendición que le otorgan a sus hijos y nietos, los inducen a despertar espiritualmente, a hacer teshuvá y a reforzarse en el estudio de la Torá y el cumplimiento de los preceptos (Mate Efraím 619:2, Kitzur Shulján Aruj 131:16).
La bendición de los padres previo a su fallecimiento
Asimismo, es correcto que los padres procuren bendecir a sus hijos previo a su fallecimiento, porque en ese momento el alma humana se va liberando de las amarras del cuerpo físico, por efecto de lo cual esta se refina y purifica, y entonces, tiene un poder suplementario para bendecir (comentario de Sforno a Bereshit-Génesis 27:2, Rabí David Luzzatto). En ese sentido, nuestros sabios dijeron: “Ves que los justos bendicen a sus hijos previo a fallecer, pues Ytzjak le dijo a Esav: ‘He de bendecirte ante D’s previo a mi defunción’, por ello, cuando Ya’akov se enfermó, Yosef tomó a sus dos hijos y los llevó donde su padre para que los bendijera” (Midrash Tanjuma Vaiejí 5).
Dado que la bendición que pronuncia una persona de cara a su fallecimiento posee una gran influencia, los padres que bendicen a sus hijos en su lecho de muerte realizan para estos un gran acto de bien. Y también los hijos que acuden al lecho de agonía de sus padres para recibir de estos una bendición obran una acción de bien para con sus progenitores, pues ponen de manifiesto que tienen el deseo de continuar con su legado (Ma’avar Yabok Imrei Noam 28).
¿Qué es una bendición?
La bendición que una persona pronuncia ante su prójimo incluye por una parte una plegaria a HaShem, al tiempo que, por la otra, implica una preparación de parte de quien la recibe para poder absorberla. Esto es así porque cuando el receptor escucha la bendición, su corazón se abre ante ella convirtiéndola en un conducto a través del cual la abundancia divina puede fluir hacia él. Vemos entonces que la bendición incluye en sí una combinación de plegaria y acción espiritual destinadas a establecer el tenor del futuro (ver Sefer Haikarim 4:19).
La bendición a un amigo
También la bendición que alguien le dispensa a un amigo tiene influencia. Tal como dijeron nuestros sabios: “Nunca le restes valoración a una bendición pronunciada por una persona simple, pues las dos grandes eminencias de dos generaciones distintas fueron bendecidas por personas comunes y sus palabras se cumplieron, se trata de David y Daniel (Tratado de Meguilá 15(A)).
Grande es la bendición que puede salvar de la desaparición, tal como fue dicho: “Y le dijeron las mujeres a Naomí: ‘Bendito sea HaShem que no te ha dejado hoy sin un pariente cercando que funja como redentor, y sea su nombre conocido en Israel’” (Rut 4:14). Dijeron nuestros sabios, que, por el mérito de esta bendición, varios cientos de años más tarde la descendencia del rey David se salvó del exterminio cuando Ataliá se alzó para liquidarlos (Rut Rabá 7:15).
De igual manera, nuestros sabios instruyeron (Tratado de Shabat 137(B)) que todos los participantes de una circuncisión bendigan al bebé recién circuncidado diciéndole: “Así como ingresaste al pacto (de Abraham), que ingreses también al estudio de la Torá, al palio nupcial y a las buenas acciones”.
La prohibición de maldecir
La Torá prohíbe maldecir a una persona para que muera, se enferme o le ocurra cualquier otro percance. Se prohíbe maldecir incluso a una persona que no habrá de escuchar la imprecación, tal como fue dicho: “No maldigas al sordo” (Vaikrá-Levítico 19:14). A esta prohibición se le dieron dos explicaciones. La primera, que la maldición perjudica al alma de quien la pronuncia haciéndole adquirir las cualidades defectuosas del odio, el enojo y la venganza (Sefer Hamitzvot del Rambám Lo Ta’asé 317).
La segunda explicación es que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de HaShem, y una de las expresiones de ello es su capacidad de hablar. O sea, el habla tiene el poder de influir sobre este mundo y sobre los mundos espirituales superiores, y por ello, quien maldice a su prójimo en este mundo, lo afecta negativamente en esta dimensión y genera que se presenten contra éste acusaciones en los mundos superiores (Sefer Hajinuj 231, Zohar III 85a).
El daño que produce una maldición
En términos generales, el ser humano es juzgado de acuerdo con sus acciones, y no según las maldiciones de las que es objeto, y por ello, por lo general, cuando una persona se conduce con rectitud, las maldiciones no surten efecto sobre ella, tal como fue dicho: “Una maldición no sobreviene gratuitamente” (Proverbios 22:6). No obstante, en tiempos de peligro, cuando la persona detenta un pecado en su haber, aunque se conduzca con rectitud, la maldición puede recaer sobre esa transgresión y potenciar a las acusaciones que tiene en su contra en el Tribunal Celestial y definir así la sentencia en su perjuicio (ver Zohar I 175a, Menorat Hamaor 20, Or HaJaím Bemidbar 23:8).
En ese sentido, nuestros sabios en la Mishná (Tratado de Macot 11:1) dijeron que dado que quienes asesinan inintencionalmente deben exiliarse en las ciudades refugio hasta el fallecimiento del Sumo Sacerdote, las madres de estos cohanim solían brindarles a los exiliados alimentos y abrigo para que no recen por el fallecimiento de sus hijos. Se preguntaron nuestros sabios: ¿Qué tiene que ellos recen? ¿Acaso no aplica el principio de que “una maldición no sobreviene gratuitamente”? Respondieron que sobre los Sumos Sacerdotes recae también un cierto grado de culpa por no haber orado suficientemente en pos de sus contemporáneos, para que estos no lleguen a la situación de asesinar involuntariamente. La maldición tiene la capacidad de dañar también a quien no ha pecado si es que adolece de una carencia determinada, y muy especialmente, cuando esta falencia está vinculada a un tema por causa del cual resultó maldecida.
Por lo general, la maldición recae sobre quien la pronuncia
Por la base de la norma, un individuo tiene permitido maldecir a un malvado que pecó contra él (Tratado de Sanedrín 85(A)). En ese contexto, vemos que hubo profetas y sabios que maldijeron a quienes cometieron actos de iniquidad contra ellos. No obstante, en virtud de los peligros que encierra este proceder, es preferible no recurrir al uso de maldiciones, porque cuando estas no son totalmente justificadas, pueden volver y recaer sobre quienes las emitieron. Por ello, nuestros sabios dijeron (Tratado de Sanedrín 48b) que es correcto que una persona se conduzca de acuerdo con el refrán que dice que “es mejor estar del lado de los malditos que del de los maldicientes”. Tal como le ocurriera al rey David, que maldijera a Yoav ben Tzruiá por haber asesinado a Avner ben Ner, el comandante del ejército de Israel, y haber así alterado el proceso de unificación de las tribus bajo un gobierno único. David dijo: “Yo y mi reino estaremos limpios por siempre ante HaShem de la sangre de Avner ben Ner. Que esta recaiga sobre la cabeza de Yoav y toda la casa de su padre y nunca deje de haber en la casa de Yoav quien padezca de flujo, lepra, quien ande sobre una muleta, quien perezca por la espada o le falte el pan” (II Shmuel-Samuel 3:29). Dijeron nuestros sabios: “Todas las maldiciones que pronunció David sobre Yoav se cumplieron en sus propios descendientes”. O sea, cuando los descendientes del rey pecaron, la maldición de David volvió a activarse, se tornó contra ellos y les hizo ser castigados.
¿Es preciso temerles a las maldiciones?
A pesar de que las maldiciones pueden causar daño, es preferible no temerles, porque cuanto mayor es el miedo que se le tiene a su influencia, mayor y más efectiva esta resulta. Por lo tanto, es preciso reforzarse en ir por la senda de HaShem pues es lo que mejor protege de cualquier maldición que pudiera sobrevenir. Y tal como le ordenara D’s a los hijos de Israel en la porción en la que fueron prohibidas todas las brujerías: “Serás íntegro (e inocente) ante HaShem tu D’s” (Devarim-Deuteronomio 18:13), y así, podrán mantenerse apegados a la vida y se salvarán de toda clase de brujería y de sus maldiciones.
Más aun, cuando una persona sabe que las maldiciones de las que fue objeto no se justifican, es bueno que se refuerce en su fe y crea que se eventualmente se transformarán para bien y no habrán de dañarla, y en la medida que robustezca su convicción, así habrá de ser. Además, al final de cuentas, las propias maldiciones recaerán sobre quien las pronunció, tal como fuera dicho: “Una maldición no sobreviene gratuitamente” (Mishlei-Proverbios 22:6), lo cual fue explicado por los comentaristas que si una maldición fuere infundada regresará sobre la cabeza de quien la pronunció (Rashi, Rabí Leví ben Guershón y Metzudat David).
Asimismo, Hameiri escribió en su comentario a Mishlei-Proverbios (26:2) que un sabio no debe abstenerse de rezongar a quien procede mal por temor a ser maldecido porque “D’s tornará la maldición en bendición” y la maldición recaerá sobre quien la profirió.





