SHEMOT 5785
Creced, multiplicaos y colmad la tierra
Hay tres niveles en el cumplimiento del precepto de procrear. @ Según la Torá, es preceptivo tener un hijo y una hija. @ Los sabios preceptuaron esmerarse por tener cuatro hijos. @ Se considera que tener más hijos aun, si es que los bríos de los padres lo permiten, es una excelencia en la observancia del precepto. @ Las potencias materiales de Egipto fueron absorbidas por los hijos de Israel bajo la forma de una capacidad asombrosa de crecimiento demográfico. @ En vez de que el dolor causado por el terrible sometimiento del que eran objeto los israelitas en Egipto causara su decaimiento y los condujese a una reducción en su tasa de natalidad, estos continuaron creciendo y multiplicándose.
También quien se siente abatido por el dolor del duelo por los soldados de Israel caídos, puede reforzarse en su fe y recordar que murieron santificando el Nombre Divino y que ninguna creatura puede alcanzar su encumbrado nivel en el Mundo Venidero. Y en virtud de su recuerdo, incluso sus parientes pueden sobreponerse, fortalecer su temple e insuflar vitalidad en el seno de sus familias y en todos quienes los rodean.
El anuncio de los nombres de los niños que terminaron el Tanaj
En la noche de Shabat, entre los rezos de Kabalat Shabat y Arvit, acostumbro a decir unas palabras de Torá en la sinagoga. Sin embargo, el Shabat pasado, como el ayuno del 10 de Tevet había caído un viernes, precisaba abreviar para que inmediatamente después de la salida de las estrellas pudiéramos recitar la porción del Shemá Israel y así quienes ayunaban no precisasen demorarse en romper el ayuno. Previo a mi alocución, suelo mencionar los nombres de los bebés que nacieron durante la semana, así como los nombres de aquellos niños y jóvenes que lograron culminar el estudio de libros importantes o de tratados del Talmud. Esta vez me encontré ante un dilema, el domingo se iba a celebrar una fiesta en honor de las más de cincuenta muchachas de nuestra localidad que alcanzaron a terminar el estudio de todo el Tanaj, y el lunes se iba a celebrar una fiesta similar en honor de unos veinte muchachos. En vez de decir palabras de Torá, preferí leer los nombres de las niñas y los niños. Lo justifiqué argumentando que también en el Tanaj se mencionan los nombres de los hijos de Israel a lo largo de numerosos versículos. Esto es lo que ocurre en nuestra porción semanal de Shemot (la primera del libro de Éxodo), en la que estamos por salir de Egipto, y otro tanto ocurre también en el libro de Bemidbar-Números, y cuando los judíos regresaron tras el exilio babilónico en los días de Ezrá y Nejemiá. Por lo tanto, pensé que las mejores palabras de Torá serían leer los nombres de los maravillosos chicos que estaban por culminar el estudio de todo el Tanaj.
Fiesta de finalización del ciclo de estudio
A propósito, esta es la cuarta vez que las chicas y los chicos de nuestra localidad terminan de estudiar el Tanaj. El estudio tiene lugar a diario, 365 días al año, a un ritmo de unos dos capítulos por día, y tras un año y cuarto logran terminar todo el libro. De la muy bien organizada fiesta de finalización del ciclo de estudio participaron los padres, así como también no pocos abuelos y abuelas.
En mis palabras de salutación, les expliqué a los homenajeados por qué mi alocución del viernes por la noche fue la lectura de sus nombres. Continué diciéndoles que seguramente se dieron cuenta en qué medida poblar la tierra de Israel y formar familias son fundamentos centrales del Tanaj. En este contexto, resumí en breves conceptos las leyes del precepto de contraer matrimonio: la edad adecuada para casarse, el precepto de la Torá de procrear y tener un hijo y una hija, y el precepto rabínico de tener más hijos que estos dos. Les conté que, en mi opinión, la prescripción rabínica es tener cuatro hijos, y más allá de ese número se trata ya de una excelencia suplementaria en la observancia del precepto, y que con cada niño extra, se cumple con un enorme mandamiento. Terminé deseándoles que en virtud de su estudio del Tanaj tengan el mérito de casarse a la edad correcta, puedan formar familias espléndidas y logren continuar la senda de sus padres, que construyeron su hogar en la primera línea de los asentamientos judíos, en Har Berajá, cumpliendo así con excelencia el precepto de poblar la tierra de Israel y escribiendo así otro nuevo capítulo en la historia del pueblo de Israel, una historia que comienza con el Tanaj y continua hasta ellos.
Tres niveles en el cumplimiento del precepto de procrear (prú urbú)
En la celebración, les recordé brevemente el precepto de la procreación. Aquí he de explayarme un tanto más. Existen tres niveles en el cumplimento del precepto de procrear.
- El deber de la Torá de tener un hijo y una hija, e incluso aunque las circunstancias sean harto dificultosas, es preciso realizar todos los esfuerzos necesarios para cumplirlo, incluido el recurrir a los procedimientos médicos socialmente aceptados, como es el caso de la fecundación in vitro.
- Por prescripción rabínica es preceptivo esforzarse por tener cuatro hijos (ver Pninei Halajá – La alegría del hogar y su bendición 5:6).
- Tener aún más hijos, si es que los bríos de los padres lo permiten, se considera una excelencia suplementaria en la observancia del precepto, o sea, padres que saben que podrán criar más hijos y educarlos en el estudio de la Torá, el cumplimiento de los preceptos y la adquisición de un oficio, es preceptivo que tengan tantos hijos como puedan, y esta excelencia preceptiva encierra un enorme valor, pues todo aquel que da vida a un alma judía es como si vivificara a un mundo entero. No obstante, si los miembros del matrimonio saben que en caso de traer más chicos al mundo recaerá sobre ellos una presión que les resultará excesiva, y su vida se sumirá en el enojo y el nerviosismo, es preferible que no cumplan el precepto con tal excelencia, pues si bien con cada chico más que nazca estarán observando un mandamiento, al estar nerviosos y ofuscados incurrirán en la realización de pecados, lo cual influirá negativamente en la educación de sus niños. Esto y más, quienes en vez de tener más hijos deseen enfocar sus energías en otro tipo de actividad que resulta también de valía, tienen permitido hacerlo (ídem).
El pasaje de familia a nación tuvo lugar en Egipto
Toda nación posee una esencia particular propia, y ese es el significado del ángel rector que cada uno de los pueblos tiene. El carácter singular del reino de Egipto residía en su poderío físico. Eran sobresalientes en la administración del país y en obrar en pos de su desarrollo y enriquecimiento, pero, por otra parte, tenían una fuerte inclinación hacia las pasiones materiales. Por ello, la Torá ordenó: “Como las prácticas de la tierra de Egipto -donde habéis habitado- no habréis de hacer” (Vaikrá-Levítico 18:3). Y tal como lo explicaran nuestros sabios, de bendita memoria en el Midrash Torat Cohanim sobre este versículo, el texto se refiere a que los egipcios estaban dominados por sus bajos instintos (ver Maharal – Guevurot HaShem cap. 4).
En los días de la esclavitud en Egipto, mientras los egipcios nos explotaban, captamos la chispa sagrada que se encuentra en su inclinación materialista, y gracias a ello pudimos multiplicar nuestro número en gran medida. Las potencias materiales de Egipto fueron absorbidas por los hijos de Israel bajo la forma de una capacidad de crecimiento demográfico asombroso. Así, pudimos salir de Egipto con grandes posesiones, tal como se lo prometiera HaShem a nuestro patriarca Abraham en el pacto entre los trozos de animales (Brit Bein Habetarim): “Tu descendencia será extranjera en una tierra extraña, allí los someterán a trabajos forzados y suplicios… y luego saldrán con grandes posesiones”. Las grandes posesiones no solamente incluyen plata y oro, sino más que eso, abarcan una gran fecundidad demográfica y la abundancia de niños, tal como fue dicho: “Y los hijos de Israel crecieron, se multiplicaron y se fortalecieron en una grandísima medida y la tierra se llenó de ellos” (Shemot-Éxodo 1:7).
De setenta a seiscientas mil almas
En la práctica, en el lapso de doscientos diez años la familia israelita, que contaba solamente con setenta miembros, se transformó en una nación de seiscientos mil hombres en edades de veinte a sesenta. Si equiparamos el número de personas mayores al de los jóvenes y el número de mujeres al de los hombres, resulta que estamos hablando de dos millones y medio de personas.
¿Cuántos hijos paría una mujer israelita en Egipto?
La pregunta que surge es: ¿cuántos hijos tenía que parir cada mujer israelita en promedio para que durante doscientos diez años pasemos de setenta personas a dos millones y medio de almas? Para significar la importancia de esta cuestión, he de repetir conceptos que ya ha he vertido anteriormente. En uno de los años anteriores, cuando llegamos a la lectura de la porción de Shemot, le pedí al Rabino Yonadav Zar que calculara cuántos niños debía tener cada mujer israelita en Egipto para crecer tan fenomenalmente de número en tan solo dos siglos. Tras un tiempo, regresó y me dijo que la edad en la que los israelitas contraían matrimonio no era menos relevante que el número de chicos que paría cada madre, pues si solían casarse a los veintidós años resulta que cada mujer precisaba dar a luz doce niños, pero si lo hacían a los quince, tal como parece que era común en esos días, resulta que solo se precisaba que cada mujer para seis críos. Cabe destacar que en este cálculo se incluyen los niños sanos que llegaron a poder casarse, y que, por ende, tuvieron a su vez seis hijos en promedio. Sin embargo, los chicos que fallecieron mientras eran bebés o jovencitos no entran en el cálculo.
El crecimiento demográfico depende también de la edad en la que se contrae matrimonio
Por medio de este cálculo, descubrimos en qué medida la edad en la que se contrae matrimonio influye sobre el crecimiento demográfico. Debemos destacar que la Halajá también guía al ser humano a casarse a una edad temprana (Tratado de Kidushín 29(B), Shulján Aruj Even Haezer 1:3). Además, la realidad nos demuestra que demorar la edad de casamiento genera numerosas dificultades a la hora de encontrar pareja. A los efectos de patentizar la influencia que estos dos factores principales -la edad en la que se contrae matrimonio y el número de hijos que se pare- tienen sobre el crecimiento de la familia, les adjunto aquí la tabla que preparara en su momento el Rabino Zar.
La tabla
En la siguiente tabla se señala el número de descendientes que tendrá una pareja al llegar a la edad de cien. Del lado izquierdo se menciona la edad promedio de matrimonio de los miembros de esa familia, y en el renglón superior se exhibe el número promedio de hijos que los miembros de la familia en cuestión tuvieron. El lapso entre los nacimientos es de tres años.
Número de descendientes que tendrán los cónyuges que formaron una familia al llegar a la edad de cien años
| La edad a la que contrajeron matrimonio | 7 hijos | 6 hijos | 5 hijos | 4 hijos | 3 hijos |
| 21 | 385 | 308 | 224 | 150 | 89 |
| 22 | 297 | 238 | 166 | 99 | 54 |
| 23 | 251 | 207 | 150 | 89 | 44 |
| 24 | 210 | 178 | 136 | 84 | 40 |
| 25 | 173 | 150 | 120 | 80 | 39 |
| 26 | 140 | 123 | 102 | 74 | 39 |
Presten atención al ejemplo de un promedio de cinco hijos por pareja con una edad promedio de enlace de veintitrés. En un caso así se llega a los ciento cincuenta descendientes, al tiempo que, si el número de vástagos por pareja es en promedio de siete y la edad promedio de casamiento es de veintiséis, el total de los descendientes alcanza los ciento cuarenta.
Cuanto más los afligían, más se acrecentaban y más se expandían
Cuando la fe es firme, la vida se potencia en gran manera, y entonces, los peores sufrimientos no menguan la vitalidad, sino que la potencian. Por ello, en vez de que el suplicio de la espantosa subyugación llevara a los hijos de Israel a la desesperación y a reducir su tasa de natalidad, continuaron multiplicándose, y cuanto más se los afligía, más se acrecentaban y más se expandían. Por otra parte, cuando el vigor vital es débil, la reacción ante la adversidad es apartarse de la vida y menguar en número.
También quien se siente abatido por el dolor del duelo por los soldados de Israel caídos, puede reforzarse en su fe y recordar que murieron santificando el Nombre Divino, y que ninguna creatura puede alcanzar su encumbrado nivel en el Mundo Venidero. Y en virtud de su recuerdo, incluso sus parientes pueden sobreponerse, fortalecer su temple e insuflar vitalidad en el seno de sus familias y en el de todos quienes los rodean. Ello es muy difícil, pero el alcance del consuelo, la bendición y la salvación que surgirá de ello será directamente proporcional a la envergadura de la dificultad. A veces, tenemos la expectativa de que al reconocer el público el sufrimiento que provoca el duelo, el dolor se disipa. Pero si bien quienes procuran consolar pueden únicamente alentar a los dolientes, las propias familias sumidas en el duelo pueden esforzarse por iniciar un proceso de crecimiento y desarrollo a la luz del ejemplo de la fabulosa entrega abnegada que sus seres queridos realizaron, y así, la bendición que sobrevendrá sobre ellos y sobre sus familias será inmensamente mayor.





