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El sionismo fortaleció al judaísmo

AJAREI MOT – KEDOSHIM 2023

El sionismo fortaleció al judaísmo

Al contrario de lo que sostienen las falsas acusaciones, el sionismo salvó a los judíos que residen en la tierra de Israel de los procesos de secularización que afectan a los países extranjeros, y la situación de los judíos israelíes es considerablemente mejor que la de sus pares de la diáspora.

Los procesos de secularización son consecuencia directa de la emancipación y no de la influencia del sionismo.

Si hubiésemos tenido el mérito de que el pueblo de Israel escuchase a tiempo la prédica de los rabinos Kalisher y Alkalay, se habría generado una ventaja demográfica sobre los árabes de la región y la Torá habría sido observada y cultivada a la par con la construcción física del país.

Si bien el desafío era enorme, y las dificultades que en aquella época se presentaban ante quien deseaba venir a vivir a la tierra prometida eran significativas, la negativa a asentarse en nuestro terruño cuando ello fue posible entró en la categoría de “pecado de los espías de nuestra generación”, y tal como aprendimos de la Torá, el precio que se paga por ello es terrible. Pasamos por el Holocausto, padecimos la dictadura comunista y fuimos afectados por la asimilación.

 

Hay quienes les resulta difícil alegrarse en Yom Ha’atzmaut porque aceptaron como ciertas las falsas acusaciones según los cuales el movimiento sionista es aquel que impulsó el abandono de la Torá y la observancia de los preceptos. Sin embargo, la verdad es totalmente opuesta. Si bien hubo muchas personas seculares que activaron en el marco del movimiento sionista, y si bien algunos de ellos realmente desearon secularizar a la nación, en la práctica, gracias al accionar de esta organización en aras de la reunión de los exiliados en la tierra de Israel, el pueblo judío resultó doblemente salvado, tanto material como espiritualmente.

Respecto de los factores que impulsaron la secularización escribiremos a continuación más adelante, sin embargo, la aliá (inmigración) a la tierra de Israel no fue la causante de este proceso sino la solución ante él. Comparemos la situación de aquellos judíos que vinieron a vivir a Israel con la de los que se quedaron en la diáspora. De entre los judíos que residen en Israel aproximadamente un 30% observa el Shabat, y otro 40% cuida las tradiciones en gran medida, e incluso la mayoría de los judíos seculares cumplen numerosos preceptos como los de casarse por jupá, circuncidarse, guardar Yom Kipur y celebrar Pesaj y Janucá. Defienden al país y a la nación por medio del enrolamiento al ejército, pueblan el país, estudian Tanaj e historia judía, y promueven e inspiran el cumplimiento de los mandamientos del hombre para con su prójimo.

Por su parte, los judíos que permanecieron en Europa, en su gran mayoría fueron asesinados durante el Holocausto, y los que sobrevivieron y permanecieron bajo el dominio soviético fueron alejados por la fuerza de la tradición judía, al grado de que la mayoría de sus descendientes se casaron con gentiles. Desde el punto de vista de la identidad judía, la situación de aquellos que emigraron a los Estados Unidos y al Reino Unido no fue mucho mejor. La mayor parte de los jóvenes se asimila, solo un 10% observa Shabat, en el extranjero, los judíos tradicionalistas y los reformistas tienen un nivel de práctica religiosa semejante a la de los seculares en Israel, y otras decenas de puntos porcentuales de entre los judíos de la diáspora están muy alejados del judaísmo.

Otro tanto ocurre entre los judíos provenientes del Norte de África: la situación de aquellos que a instancias del movimiento sionista inmigraron a Israel es infinitamente mejor que la de aquellos que permanecieron en la diáspora, (llegando principalmente a Francia) ya que el porcentaje de asimilación entre estos últimos alcanza ya a prácticamente la mitad de sus descendientes, mientras que en el Estado de Israel, un ochenta por ciento de entre estos judíos y su simiente son religiosos o tradicionalistas.

Lo mismo puede decirse desde el punto de vista demográfico. Las comunidades judías de la diáspora se contraen cada vez más numéricamente a raíz de los matrimonios mixtos y la baja tasa de crecimiento vegetativo, al tiempo que en la tierra de Israel el número de judíos está en constante aumento.

Cabe suponer, que, de no ser por el sionismo, el número de judíos en todo el mundo sería la mitad del que es hoy, y el número de los religiosos no superaría la cuarta parte de los que llevan un estilo de vida observante en la actualidad. A raíz de las falsas acusaciones de las que fuera objeto el movimiento sionista, no pocos judíos se quedaron en el exilio. De estos, algunos fueron asesinados, otros pasaron por intentos de asimilación forzada en la Unión Soviética, y otros abandonaron la tradición y finalmente se asimilaron. En la medida que nos hubiésemos despertado antes y con mayor intensidad a inmigrar a la tierra de Israel, mayor habría sido el número de judíos que podría haberse salvado tanto material, física y espiritualmente.

Las causas de la secularización en la era moderna

En los tiempos modernos se intensificó enormemente la tentación de abandonar la tradición judía y asimilarse entre las naciones. La era moderna es aquella en la cual comenzó a expandirse la emancipación en Europa Occidental y Central, así como también en Norteamérica, generando profundos cambios en el modo en cómo el ser humano se percibía a sí mismo, en sus creencias y aspiraciones, lo cual lo llevó a impulsar grandes ideales destinados a reformar o mejorar la sociedad, entre los cuales podemos enumerar al liberalismo, la democracia, el socialismo y el comunismo.

Así, el movimiento iluminista generó cambios radicales en las estructuras sociales, pasando de un régimen monárquico que no promueve la libre iniciativa, a un sistema de gobierno que otorga a las personas mayores libertades para expresar y cultivar sus capacidades en todos los ámbitos de la vida. En simultáneo, diferentes científicos realizaron prodigiosos descubrimientos que permitieron al ser humano la posibilidad de producir maquinaria, incrementar dramáticamente la producción agrícola, desarrollar la industria, el comercio, los medios de transporte y comunicación y acumular riquezas en una envergadura jamás antes conocida. Las naciones de occidente aprovecharon su riqueza y su nivel de desarrollo científico para desarrollar armamento sofisticado, conquistar y colonizar territorios y pueblos a lo largo y ancho del mundo e inculcarles sus respectivas culturas. A la par del desarrollo de la filosofía y la ciencia, de las ideas sociales y económicas, progresivamente la religión fue perdiendo su estatus privilegiado en el mundo espiritual del individuo.

Los cambios en la condición humana y en los derechos ciudadanos condujeron a una legislación que gradualmente fue dejando sin efecto las distintas limitaciones a las libertades individuales y adjudicó igualdad de derechos a los judíos (emancipación). Ante los judíos, que durante largas generaciones en el exilio fueran objeto de humillación y persecución, se abrieron nuevas posibilidades y nuevos horizontes de inserción tanto en las ciencias naturales como en las humanísticas, en la economía, la sociedad y el arte. Judíos talentosos pudieron salir del gueto, efectivizar sus capacidades y transformarse en emprendedores y líderes de primera línea en sus distintas áreas del quehacer, realizar grandes descubrimientos y avances científicos, desarrollar teorías sociales e impulsar cambios en el mundo entero. El sueño de la redención mesiánica y del regreso del pueblo de Israel a su tierra se desdibujó en el seno de muchos de estos judíos, que lo sustituyeron por la acción en aras de lograr reformas sociales y morales, desarrollar las ciencias y la tecnología por el bien de la humanidad. Más allá de todo eso, la libertad que esta sociedad en desarrollo logró asegurar, generó oportunidades de mejorar las condiciones de vida, de salir de la pobreza y la humillación de la comunidad judía y pasar a una vida confortable en el seno de la sociedad gentil. Posteriormente, el movimiento iluminista se extendió también a Europa Oriental y a las ciudades del mundo islámico que se encontraron bajo el dominio colonial occidental.

Demografía

El desarrollo científico, económico y médico impulsaron el crecimiento de la población en todo el mundo. En una primera instancia los pueblos europeos crecieron en número mucho más que los demás, y los judíos europeos lo hicieron a un ritmo dos veces mayor que el de sus pares gentiles. El crecimiento demográfico en el viejo continente impulsó la emigración de europeos en dirección al nuevo, tanto hacia la América del Norte como a las del Sur, así como también en dirección a Sudáfrica y Australia. Con el correr del tiempo, los descendientes de estos inmigrantes y colonizadores establecieron países independientes en esos continentes.

En el año 5409, (1649 de la era común), tras las masacres que perpetraran los cosacos contra los judíos en Europa Oriental, el número de judíos en el mundo ascendía aproximadamente a un millón, la mitad de los cuales habitaba el continente europeo. Unos trescientos años más tarde, previo al Holocausto, en todo el mundo vivían unos dieciocho millones de judíos, dieciséis de los cuales eran descendientes de judíos del viejo continente, y unos cinco millones de estos ya habían emigrado en dirección a los Estados Unidos y a otros países establecidos por emigrantes europeos en Sudamérica, Sudáfrica y Australia.

Tal como ya se dijera, el iluminismo y la modernidad llegaron a los países musulmanes más tarde, y por ello también el crecimiento demográfico asociado a estos llegó con demora, pero una vez que ello ocurrió, el crecimiento vegetativo judío en el mundo musulmán fue el doble que el de sus pares gentiles. La combinación de los valores familiares judíos asociados al desarrollo económico y médico generaron este crecimiento poblacional prodigioso.

Había que ir a vivir a la tierra de Israel

No es este el foro adecuado para realizar una reflexión concienzuda respecto de cómo enfrentó el pueblo judío los desafíos que le presentó la era moderna, pero creo que, sin entrar en ello, no podemos pasar por alto la inmensa bendición demográfica que registró nuestra nación, la cual pudo haberle permitido regresar a su tierra ancestral en gran número y reconstruirla con grandeza. En el Tratado de Sanhedrín (98(A)) nuestros sabios dijeron que cuando la tierra de Israel vuelva a dar abundantes frutos, ello será la señal de que llega finalmente la redención, tal como fue dicho: “Y ustedes montes de Judá, haced crecer vuestras ramas y dad vuestros frutos a Mi pueblo Israel que están por llegar” (Ezequiel 36:8). En ese sentido, puede decirse que cuando el pueblo de Israel comenzó a crecer demográficamente de manera fabulosa, se trataba ello de una señal de que era el momento de regresar a la tierra patria y reconstruirla. Como no tuvimos el mérito de hacerlo, el fenómeno de la asimilación comenzó a carcomer al crecimiento demográfico, llegó el Holocausto y un tercio de los miembros de nuestra nación fueron asesinados. Tras la Segunda Guerra Mundial, el fenómeno de la asimilación imposibilitó cualquier escenario de crecimiento vegetativo en la diáspora, y solamente en la tierra de Israel el pueblo judío crece y se multiplica. Y, aun así, casi cien años después del Holocausto, todavía no volvimos a tener la misma cantidad de judíos que tuvimos previo al inicio de la guerra.

Los primeros llamados a poblar el país

Si bien durante todas las generaciones los judíos soñaban con poder ir a la tierra de Israel, en los tiempos modernos registramos un incremento en los llamados a hacerlo. En el año 5537 (1777) el principal discípulo del Maguid de Mezeritch, el líder jasídico Rabí Menajem Mendel de Vitebsk, ascendió a la tierra de Israel con trescientos de sus seguidores, y de esa manera estableció los fundamentos de la comunidad jasídica en nuestro país. Unos treinta años después de ello, en el 5569 (1809) los discípulos del Gaón de Vilna comenzaron a llegar a la tierra de Israel y establecer lo que posteriormente se daría en llamar el “yshuv haiashán”, la “antigua comunidad”. Unos treinta años después, los rabinos Kalisher, Gutemajer y Alkalay comenzaron a instar a los judíos a emigrar a la tierra de Israel.

Si hubiésemos hecho caso a los llamados de estos grandes rabinos, el pueblo judío se habría salvado de numerosas persecuciones, habría permanecido apegado a la Torá y a los preceptos, ya que las masas de judíos habrían visto cómo gracias a las directivas de la Torá la vida se construye de manera apropiada. El abandono de la Torá se vio motivado por el hecho de que las personas sintieron que quien se apegaba a ella quedaba rezagado, se dedicaban meramente a sobrevivir, bajo condiciones cada vez peores y más dificultosas. Si hubiésemos cumplido con los preceptos de la Torá y hubiésemos ascendido a la tierra de Israel, todos los judíos que se asimilaron entregando de su esfuerzo y ahínco a las naciones extranjeras en los ámbitos de la ciencia, la cultura, la economía y la sociedad habrían direccionado su quehacer a la tierra de Israel, en beneficio de su nación y su país. Entonces, el estado judío habría surgido antes, no a raíz de las presiones y los condicionamientos de las desgracias sino como la observancia de un precepto de la Torá y el fruto de la visión de los profetas.

Al no haber tenido el mérito de obedecer al llamado de los rabinos en nombre de la Torá, judíos que sí entendieron los peligros que encerraban la vida en el exilio y percibieron a tiempo el creciente antisemitismo que se producía en Europa, formaron el movimiento sionista, y comenzaron a clamar lo imperativo que resultaba emigrar a la tierra de Israel.

El pecado de los espías de nuestra generación

En aquellos días, hace 125 años, con el establecimiento del movimiento sionista, el pueblo judío ascendía a once millones de almas. Los árabes que habitaban todo el entorno de los límites bíblicos de la tierra de Israel, incluidos Líbano, Siria y todo Irak sumaban poco más de cinco millones de personas, y a ambas márgenes del Jordán no vivían más que medio millón de árabes. Entonces, el pueblo judío contó con una gran oportunidad de regresar a su tierra, crecer y multiplicarse en ella, pero la mayoría de los miembros de nuestra nación temía abandonar la diáspora, ascender a la tierra de Israel y asumir el control sobre su destino, tal como lo ordena la Torá. Si bien el desafío era enorme, y las dificultades que en aquella época se presentaban ante quien deseaba venir a vivir a la tierra prometida, la negativa a ir a vivir a nuestro terruño cuando ello fue posible entró en la categoría de “pecado de los espías de nuestra generación”, y tal como aprendimos de la Torá, el precio que se paga por ello es terrible. Pasamos por el Holocausto, padecimos la dictadura comunista y fuimos afectados por la asimilación. Así, hoy en día en todo el mundo hay solamente unos quince millones de personas que se declaran judías, de las cuales unos siete millones residen en la tierra de Israel. Por su parte, los árabes de nuestro entorno geográfico inmediato pudieron beneficiarse de las bondades de la revolución industrial, del incremento en la producción de alimentos y de la mejora en la medicina y en la actualidad suman unos ochenta millones de personas.

Estos números nos demuestran el real y grave significado del pecado de los espías. Imaginemos solamente cuál sería nuestra situación actual si millones de judíos hubiesen ascendido a la tierra de Israel antes del Holocausto, y hoy, sumásemos unos cincuenta millones de almas, y tanto nuestros sabios de la Torá como nuestros científicos aportasen de su talento a la reparación del mundo conforme la voluntad de HaShem. Aun no es tarde, es posible corregir lo hecho. “Levantémonos y ascendamos a Sion, vayamos hacia HaShem nuestro Dios, pues así ha dicho HaShem: ‘Entonad cánticos a Ya’akov con alegría, y regocijaos a la cabeza de numerosas naciones, haced oír Su alabanza y dedid ‘Eterno, salva a Tu pueblo, al remanente de Israel’” (Yrmiahu-Jeremías 31:5-6).

 

 

 

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