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La abnegación por la Torá

  • Nuestro patriarca Abraham fue el primero en percibir que la idolatría es un engaño, pero entendió que esta contiene también el anhelo del ser humano por conectarse con aquello que lo trasciende.
  • La entrega abnegada de Abraham Avinu, Jananiá, Mishael y Azariá fue una expresión de su fe y aquella que hizo posible el milagro de su salvación.
  • Cuando cabe temer que el alejamiento del camino de la halajá pueda causar el afianzamiento de un error es necesario mantenerse fieles a la verdad aunque ello implique la necesidad de conducirse con entrega y abnegación.

Quien cree en HaShem debe hacerlo con devoción y con corazón íntegro, y solamente entonces quizás le ocurra un milagro. Sin embargo, quien se entrega abnegadamente con la intención de que le ocurra un milagro, no tendrá éxito.

Noaj, el laborioso agricultor, fue una persona justa y de una sólida ética que antecedió a la entrega de la Torá, pero no logró superar la inclinación al mal que conduce a la idolatría. El ser humano incurre en la transgresión de la idolatría impulsado por una infinita aspiración de cercanía con el Cielo, pero en ausencia de las directivas de la Torá, la persona es presa de una ilusión de conexión con lo infinito que lo lleva a engreirse y a explotar al mundo.

Hay quienes practican una idolatría de participación o combinación, esto es, creen que HaShem es el Soberano del Universo y el Creador, pero en virtud de Su grandeza no se interesa por lo que ocurre en el mundo, y a través del culto pagano podrán acceder a poderes y al gobierno, pero tienen el cuidado de no tornarse soberbios, no sea que HaShem, el D’s de Israel se enfurezca con ellos y los castigue. Las personas completamente malvadas niegan absolutamente la existencia de HaShem y permanecen abrazados a una creencia idólatra que libera a sus bajos instintos y los impulsa a actuar desenfrenadamente. Así fue el caso del malvado Nimrod, quien basase su pérfido gobierno en una creencia idólatra absoluta, al grado que de él dijeron nuestros sabios: «Por medio de su reinado sublevó a todas las naciones contra HaShem» (Tratado de Jaguigá 13(A)).

 

La elección de Abraham por la fe

Cuando parecía que el mal estaba por apoderarse del mundo y subyugarlo, nació nuestro patriarca Abraham, y desde su más tierna infancia se preguntaba quién había creado el universo y a quién correspondía rezarle. Al ver al sol brillar se dijo para sí que con certeza este era quien había creado al mundo y a él mismo, por lo que le oraba al astro rey todo el día. Pero al llegar la noche, se puso el sol y la luna brilló, por lo que pensó que sin duda esta había creado tanto al universo como a él, y sin duda que las estrellas eran sus ministros y sus servidores, ante lo cual comenzó a rezarle cada noche. Al llegar la mañana, la luna desaparecía y el sol volvía a iluminar, ante lo cual Abraham entendió que ninguno de estos astros era poderoso, por lo que continuó indagando y negando así a todos los ídolos. Entendió que todas las potencias del mundo poseen un límite, debiendo existir un Creador por sobre ellas, hasta que se le reveĺó HaShem, Hacedor del Cielo y de la tierra y todo cuanto contienen (Bereshit Raba 39:1, Zohar I 86:1).

Al fortalecerse en su fe, Abraham negó el culto a los ídolos y destruyó las estatuas que se encontraban en la casa de su padre. Al escuchar esto, el rey Nimrod hizo comparecer ante él a Abraham para obligarlo a adorar a los ídolos, pero Abraham debatió con él duramente. Al ver Nimrod que Abraham no aceptaba sus argumentos ordenó arrojarlo a un horno ardiente, diciendo: ‘Si el D’s ante el cual tú te prosternas es el verdadero, que venga a salvarte’. En efecto, HaShem lo salvó y logró salir ileso del horno (Tratado de Pesajim 118(A), Bereshit Raba 38:13).

 

La diferencia entre Abraham y Haran

Dijeron nuestros sabios (Bereshit Raba 38:13) que allí también se encontraba Haran, el hermano de Abraham, y le preguntaron a quién apoyaba, a Nimrod o a Abraham. Haran se encontraba dividido en su interior, y dijo: Si Abragam logra salvarse estaré con él, pero si Nimrod vence y Abraham se quema en el horno estaré del lado del rey. Al salvarse Abraham del horno ardiente, le preguntaron a su hermano a quién de los dos apoyaba, ante lo cual respondió: ‘Apoyo a mi hermano Abraham’. Acto seguido fue arrojado él mismo al horno, muriendo delante de su padre Teraj.

De esto aprendemos que quien cree en HaShem, debe hacerlo con todo su corazón y estar dispuesto a sacrificarse de verdad, y solamente entonces, quizás sea beneficiario de algún tipo de milagro. Por el contrario, quien actúa con arrojo y abnegación para que le ocurra un milagro, no tendrá éxito. Vemos en el caso de Jananiá, Mishael y Azariá, quienes se negaron a inclinarse ante un ídolo que les colocara el rey Nabucodonosor delante suyo, y al enfadarse este con ellos y amenazarlos de que en caso de no prosternarse serían arrojados a un horno ardiente, le respondieron que ellos creían en HaShem, a Él reverenciaban, que Él los salvaría, y que aunque no lo hiciera, ellos se mantenían firmes en su creencia y no adorarían una estatua. Nabucodonosor se enfureció y ordenó intensificar el fuego del horno y arrojarlos a su interior. Ocurrió un miilagro y se salvaron (Daniel cap. 3). Sin embargo, quedó un recuerdo de la entrega de Haran, ya que su hija Iscá fue nuestra matriarca Sará, esposa de nuestro patriarca Abraham, y su hija Milká fue la abuela de nuestra matriarca Rivká.De su hijo Lot, que acompañase a Abraham en parte de su largo derrotero para luego separarse de él y dirigirse a Sdom, salieron Rut la moabita, madre del linaje real de David, y Naamá la amonita, esposa del rey Shelomó.

 

La continuación de la misión de Abraham

Pasaron años en los cuales Abraham continuó invocando el Nombre de HaShem y despertando a las personas a seguir el camino verdadero. Descubrió que la inclinación natural que aspira a lo celestial y lleva al hombre a practicar la idolatría en aras de convertirse en un hijo de los dioses, en su origen es bueno. Su deseo era apegarse a HaShem y ser considerado como Su hijo, en el sentido de difundir la palabra Divina revelando el bien y la bendición Celestial al mundo. HaShem se manifestó ante él y le anunció que de sus descendientes surgiría el pueblo de Israel, el cual habría de revelar al mundo la fe y la bendición (Bereshit 12:1-3). En la medida en que una persona crece en su fe, se apega más a las virtudes, las cuales provienen de HaShem. Efectivamente, Abraham continuó elevándose en el camino de HaShem, oponiéndose a toda injusticia, actuando generosamente y agasajando como huéspedes incluso a quienes desde el punto de vista de sus creencias se hallaban en las antípodas (Bereshit 18:4, Rashí). Esto fue así hasta que tuvo el mérito de que HaShem lo hiciera partícipe de la conducción del mundo. «Y dijo HaShem, acaso habré de ocultar a Abraham lo que voy a hacer? Abraham será padre de una gran nación y serán benditas en él todas las naciones de la tierra. Porque Yo se que él mandará a sus hijos y a su casa tras de sí que guarden el camino de D’s, obrando con justicia y juicio (Bereshit  18:17-19). HaShem le contó a Abraham sobre los pecados de Sdom y Amorá, del clamor de los infelices que eran allí oprimidos y del castigo que estaba previsto para estas ciudades. Sin embargo, en su caracter de discípulo virtuoso, Abraham sostenía que el castigo debía ser exacto, a cada persona conforme sus acciones (ídem 23-25). Al resultar que en Sdom no habían siquiera diez personas justas, su sentencia de destrucción quedó sellada. Sin embargo, HaShem le puso a Lot una prueba, de la cual salió airoso, agasajó huéspedes y los protegió en virtud de lo cual se salvó. En verdad, desde un principio HaShem deseaba dispensarle a Lot una vía de salvación, pero no se lo hizo saber a Abraham, para que revelase la justicia que anidaba en su corazón y la transmitiese en heredad eterna a sus descendientes.

 

Entrega abnegada por la verdad de la Torá

En estos días recordé una idea de Rabí Shelomó Luria (1510-1573), escrita en su libro ‘Yam shel Shelomó’ (Baba Kama 4:9), en cuanto a que a veces es necesario actuar con arrojo y entrega por la verdad de la Torá. Tal como lo vemos en el Talmud (Tratado de Baba Kama 38(A)): «Enviaron los romanos dos ministros ante los sabios de Israel pidiéndoles que les enseñasen Torá. Los romanos sospechaban que la Torá de Israel incluía contenidos hostiles hacia el imperio y hacia los gentiles, por lo que decidieron investigar. Nuestros sabios les enseñaron Torá leyéndola una, dos y tres veces. Al despedirse, les dijeron a los sabios: ‘Analizamos toda vuestra Torá y es verdadera, salvo una cuestión que habeis dicho, que si el toro de un judío cornea al de un gentil el dueño del primero está exento, pero de ocurrir lo contrario, el gentil siempre deberá pagar compensaciones, ya que se trata de una dura discriminación contra los no judíos’. Sin embargo, los ministros romanos sabían que en caso de informar esta cuestión se decretarían duras medidas contra el pueblo de Israel y quizás habrían de ser ejecutados los sabios que les habían enseñado, por lo que dijeron que no lo informarían a las autoridades».  El Talmud Jerosolimitano agrega que si bien los ministros habían dado su palabra de no informar, al salir de los límites de la tierra de Israel y llegar a la ciudad de Tzor (Tiro), olvidaron esa halajá, por lo que aunque así lo desearan, no podían haber acusado a los judíos ni ponerlos en peligro.

Rabí Shelomó Luria preguntó, si enseñar esa halajá que sugería una discriminación entre judíos y gentiles resultaba peligroso, por qué lo hicieron? La salvaguarda de la vida se antepone a todos los demás preceptos de la Torá, y sabemos que se profana el Shabat por salvar una vida. De esto deduce que es una obligación el estar dispuesto a entregar la vida y santificar el Nombre de D’s en aras de la verdad de la Torá, pues si los sabios van a tergiversar la ley considerando prohibido lo permitido y viceversa, resulta que niegan la Torá de Moshé. Por este motivo, enseñaron a los ministros romanos esta norma tal como es, a pesar de que hacerlo podría haber conllevado decretos adversos y persecuciones mortales contra los judíos.

 

La halajá final se dicta según esta opinión de Rabí Shelomó Luria?

Algunos de los sabios de las últimas generaciones mencionaron esta idea del Rav Luria como relevante para el dictado final de halajá, entre ellos podemos mencionar al Shelá y al Sheierei Kneset Haguedolá, y muchos otros lo citaron sin explicitar si promueven o no esta idea en  la práctica. Hay eruditos que no aceptaron esta opinión (Responsa Rabí Akiva Yosef Oraj Jaím 49), y la responsa Yad Eliahu (Lublin) 48 dice que solo ante una situación posiblemente peligrosa está permitido arriesgarse y no modificar nada de lo escrito en la Torá, pero en caso de un peligro inminente no es necesario actuar con entrega, pues no se incluye en la categoría de preceptos que es preferible ‘morir y no transgredirlos’.

 

La censura de los gentiles

Quienes están en desacuerdo con el Rav Luria y entienden que no es necesario entregar la vida por las palabras de la Torá, trajeron a modo de ejemplo el accionar de muchos sabios de las últimas generaciones que en virtud de la presión de la censura cristiana aceptaron modificar la redacción de textos talmúdicos y medievales, tal que en muchos sitios, allí donde estaba escrito ‘gentil’ cambiaron por ‘idólatra’, en lugar de ‘cristianizante’ (min) pusieron ‘hereje’, y estos cambios en la redacción conllevan modificaciones a la norma.

 

La explicación de la halajá

Creo que es posible conciliar o explicar la postura del Rav Luria y quienes con él concuerdan diciendo que resulta obligatorio morir y no modificar las palabras de la Torá cuando se teme que por efecto de un cambio puede establecerse un error para todas las generaciones ya que las personas pueden llegar a creer eso es lo que enseñaron los sabios de Israel , que son los autorizados para exponer la Torá. Eso fue lo que ocurrió cuando los ministros romanos llegaron a la tierra de Israel para aprender de los sabios judíos. Si estos hubiesen realizado alguna modificación se habría publicitado que así es como explicaron los maestros judíos, y en ausencia de medios de comunicación o de canales adecuados para negarlo públicamente podría haberse arraigado un error en el pueblo de Israel. Por este motivo, nuestros sabios no cambiaron nada de la halajá. Pero cuando se sabe que una modificación es producto de la presión de las autoridades, como en el caso de la censura cristiana, en caso de peligro y de no mediar alternativa viable el cambio está permitido. Esto es así ya que en el caso de la censura, era preferible publicar los libros a no hacerlo. Y si bien a veces se producen alteraciones por causa de estos cambios, dado que resultaba posible revisar la veracidad del texto con fuentes fidedignas, los errores resultaban corregibles.

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