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Los límites del acercamiento con los reformistas

  • El acercamiento a los reformistas y conservadores tiene un límite, y este pasa por la no aceptación de sus conversiones, matrimonios y demás temas cuyas reglas fueron claramente establecidas por la halajá.
  • Sin embargo, lo exagerado del alejamiento de ellos genera un sinnúmero de discusiones, que al final, generan daño al interior de nuestro propio sector.
  • Recuerdos de mi bisabuelo el Rabino Weil, D’s vengue su sangre, que se negó a abandonar a su congregación y murió en Auschwitz santificando el Nombre Divino.

Aun cuando nos vemos en la necesidad de amonestar y discutir con una persona que no cumple los preceptos, nuestro deber de amarla y ayudarla se mantiene en pie. Esto y más, si se presentan ante nosotros dos personas, una observante y la otra no y nos vimos en la necesidad de reprender a la segunda, es preceptivo ayudar primeramente a quien hemos rezongado, para que sepa que nuestra crítica se refiere únicamente al área específica de debate.

A raíz de mis conceptos en el artículo anterior sobre la actitud afectuosa y respetuosa que debemos tener hacia todas las personas y movimientos en el pueblo de Israel, y entre ellos hacia los conservadores y los reformistas, y el respeto con el que debemos tratarlos cuando vienen a rezar al ‘Ezrat Israel’ en el Kotel HaMa’araví, hubo quienes preguntaron: ¿por dónde pasa el límite? ¿Acaso no cabe temer que un trato respetuoso les otorgue reconocimiento y provoque un desdibujamiento de la posición de los observantes?

Respuesta: En efecto, hay entre nosotros un duro desacuerdo respecto de los fundamentos de la fe y la Torá, que se manifiesta principalmente en el enfoque hacia la halajá. La discusión es tan profunda, al punto de que según las reglas de la halajá que nos obligan, no podemos considerar a los reformistas como una corriente que manifiesta la tradición de la Torá y por ende no podemos aceptar las conversiones ni los matrimonios por ellos efectuados. De esta posición se desprende necesariamente que las personas observantes debemos proceder con inteligencia y afabilidad para que los ámbitos estatales funcionen según la halajá. Lo mismo aplica para lo concerniente a cuestiones como el Shabat, la kashrut, las conversiones y demás.

Por supuesto que esta actitud ofende enormemente a lo miembros de estas corrientes y provoca choques entre los representantes del público religioso, los del jaredí y los suyos. Justamente por eso debemos esforzarnos en toda la medida de lo posible por mantener con ellos relaciones de paz y concordia, dirigir nuestra mirada hacia todos sus aspectos positivos y buscar vías para la expresión de la hermandad, la comunidad de destino y la misión común que nos unen.

Tratarlos con respeto

Esto lo aprendemos de la Torá, ya que junto con el precepto de rezongar a un judío por haber incurrido en una transgresión se nos ordena el mandato de amarlo y no odiarlo, tal como fue dicho: «No odies a tu hermano en tu corazón. Habrás de reprender a tu hermano, para que no cargues con su culpa. No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo. Y amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy HaShem» (Vaikrá-Levítico 19:17-8). Resulta que también cuando nos vemos en la necesidad de reprender y discutir con una persona no observante, el precepto de amarla y ayudarla permanece en pie. Esto y más, si se presentan ante nosotros dos personas, una observante y la otra no, y nos vimos en la necesidad de reprender a la segunda, es preceptivo ayudar primeramente a quien hemos rezongado, para que sepa que nuestra crítica se refiere únicamente al área específica de debate, ya que en términos generales somos hermanos y nos queremos (ver Tratado de Baba Metzía 32(B), Tosafot a Pesajim 113(B)).

Entonces, si esta es la actitud que debemos tener hacia una persona individual, cuánto más aun debemos proceder de este modo con organizaciones de judíos, ya que el odio que pudiera suscitarse entre nosotros podría causar consecuencias mucho más nefastas.

La pregunta inversa

Sin embargo, la verdad es que cabe preguntarle a quienes no están dispuestos a respetar a los miembros de los movimientos conservador y reformistas – ¿cuál es vuestro límite para la discusión?

Es necesario aprender de la experiencia jaredí. Ellos no pusieron un límite a las discusiones y estas hoy consumen cada parcela de ese sector. Mi tío, el Rabino Abraham Remer, de bendita memoria, me contó que escuchó de mi maestro el Rabino Tzví Yehudá Kuk, de bendita memoria también, en ocasión de acompañarlo en la visita a la Yeshivá de Ponewich, que el Rabino Kahaneman (fundador y Rabino Jefe de esa yeshivá) tiene el gran mérito de haber construido una gran institución de Torá, pero sobre esta institución recae una gran mancha ya que sus alumnos denigraron a dos sabios de la Torá, a los rabinos Herzog y Unterman, de bendita memoria, y la reacción de la yeshivá no fue suficientemente clara y decidida. No establecieron el límite donde debían fijarlo, y hoy esta institución está sumida en discusiones intestinas que generan escenas vergonzosas que profanan el Nombre Divino.

En el pasado se limitaban a humillar a rabinos sionistas y en la actualidad la situación es tal que la mayoría de los rabinos y líderes jasídicos importantes no pueden caminar tranquila y libremente por las calles, visitar yeshivot o sinagogas en las que pudieran encontrarse miembros de una facción adversaria por temor a que pudiera ocurrirles algo. Este fenómeno no llegó aun al público sionista religioso, pero existen en nuestro seno ‘justos’ que desean importar esta malvada ‘santidad’ a nuestro sector. En resumen, en nuestro actual estado de cosas debemos ser mucho más cuidadosos ante la posibilidad de odio gratuito y discusiones divisivas que ante el riesgo implícito en tratar respetuosamente a personas no observantes de la Torá según la halajá tradicional o que activan en contra nuestra.

Cuando no se le pone un límite claro a la discusión se termina dejando sin efecto la ética interpersonal (derej eretz) que es anterior a la Torá misma, y atentando contra los fundamentos de la Torá de Israel y su singularidad nacional.

La costumbre de los rabinos de cooperar con los reformistas

En mi artículo anterior cité las palabras de mi abuelo materno, el educador Prof. Yosef Wolk, de bendita memoria, sobre la comunidad judía de Breslau, la cual se conducía con unidad entre todos los judíos, religiosos, reformistas y conservadores, y ello en virtud de las directivas impartidas por lo rabinos. No obstante, en otras comunidades que no se manejaban con una unidad absoluta, de todas maneras, había cooperación entre los religiosos y los reformistas.

Por ejemplo, mi bisabuelo, el suegro de mi abuelo Yosef, el rabino Jaím Yehudá Arie Weil, de bendita memoria, D’s vengue su sangre, que ejerció el Rabinato durante cuarenta años y en los últimos veinte en una comunidad ultraortodoxa en la ciudad alemana de Dusseldorf, cooperó con la comunidad reformista para construir una mikve, abastecer de alimentos kasher a las instituciones judías y ampliar el cementerio. Muy a su pesar, la cooperación era escasa y el mayor peso de esta sociedad recaía en la pequeña comunidad jaredí que se veía en la necesidad de brindar servicios religiosos a muchas personas que no eran miembros suyos, a cuentas de sus menguadas arcas. De todas maneras, no hubo rencillas, sino todo lo contrario, había cooperación entre las partes cuando en muchas ocasiones la facción religiosa era la que realizaba el mayor esfuerzo procurando actuar en común acuerdo con el lado reformista.

Mi bisabuelo, fue uno de los rabinos alemanes que apoyó a Agudat Israel, y su postura fue que mientras no les impidiesen actuar según la halajá, veían en la cooperación con los demás judíos algo positivo.

Esta realidad se trasluce también en las palabras de nuestro maestro el rabino Tzví Yehudá, quien dijera que los grandes maestros de Israel no censuraron o proscribieron a los reformistas, sino que «se desconectaron del resurgimiento del pueblo judío en Israel» y por ello, la separación se generó de modo natural. Pero que de ninguna manera se debía rechazar a ningún judío (BaMa’arajá HaTziburit pág. 120).

Autosacrificio en la observancia de la Torá

En el último mes, en el marco de la redacción de Pninei Halajá me he estado ocupando de cuestiones vinculadas al autosacrificio o la abnegación (mesirut nefesh), y en este tenor de cosas me acordé de mi bisabuelo que fuera rabino en Dusseldorf y que muriera santificando el Nombre Divino durante el Holocausto. Aun antes de ello, él solía hablar reiteradamente sobre el valor de la entrega abnegada. Su sobrino contó que una vez, siendo él aun un niño, cuando el mundo era aun relativamente tranquilo, su tío el rabino Weil los visitó en la casa. Para educarlos en el valor de la Torá y los preceptos les contó que su tatarabuelo (de quien el sobrino en cuestión era quinta generación) había sido asesinado en Polonia santificando el Nombre de D’s. Y también les contó sobre Rabí Akiva que había muerto en igual circunstancia. Toda la historia la contó en alemán, pero las palabras ‘autosacrificio’, Kidush Hashem, las dijo en hebreo y con un gran temor reverencial, lo cual hizo temblar el infantil corazón de mi tío hasta la médula de sus huesos. Mi abuelo no sabía que sus palabras tenían carácter premonitorio.

La posibilidad de ascender a la tierra de Israel

En el año 5696 (1936) mis abuelos se casaron e inmediatamente después de ello se fueron a vivir a la tierra de Israel. Tras la aliá y su establecimiento en el moshav religioso Sdé Ya’akov, le enviaron al abuelo, que ya tenía más de setenta años, una invitación para sumárseles. En esos días los nazis ya estaban en el gobierno y muchos de los judíos alemanes se habían escapado a otros países por lo que la comunidad de Dusseldorf estaba descendiendo en número. Sin embargo, el abuelo respondió que la comunidad aun lo necesita y un capitán es el último en abandonar un navío naufragante. Agregó también en su carta, que muy probablemente no faltasen rabinos en la tierra de Israel pero que en Alemania hacían mucha falta.

Noche de pogromos

Luego de eso, en la Noche de los Cristales, a las cinco de la mañana, irrumpieron en la casa del abuelo cinco matones nazis. Él tenía setenta y dos años, ellos lo sacaron de su habitación y de su casa y lo golpearon. Rompieron los muebles, los bellos objetos y utensilios de vidrio y de porcelana con los que comía en los días festivos y arrojaron sus libros sagrados por la ventana. Al principio pensaron llevarse al abuelo con ellos, pero al final cambiaron de parecer.

La comunidad fue destruida, los judíos de Alemania entendieron que debían darse a la fuga y así el abuelo se sumó a su hija Flora, que años antes había huido junto con su marido a Holanda. Ellos alquilaron para él una casa pequeña encima de la suya.

En Holanda, su vista comenzó a debilitarse al grado de casi perderla por completo. A pesar de ello, en su calidad de estudiante aplicado que recordaba todo lo estudiado de memoria, no interrumpió su rutina de estudio. Se sentaba a diario junto a un libro abierto y por medio de su prodigiosa memoria estudiaba sin necesidad de leer, y de vez en cuando, al precisar completar alguna palabra faltante, acercaba el libro a una distancia de unos dos centímetros del ojo que aun le funcionaba, leía y volvía a estudiar de su memoria.

Él se conducía con humildad y modestia. Para no generarles trabajo ni a su hija ni a su yerno, aprendió a arreglárselas solo en un país extraño, y por medio de su bastón de ciegos hallaba siempre su camino. Dos veces al día salía de su casa, la primera para el rezo de Shajarit y la segunda para los de Minjá y Arvit. Después del rezo se quedaba a escuchar la clase de Guemará, y una vez, cuando por error el rabino se salteó un renglón, el abuelo alzó la mano para observar educadamente que se había omitido un pasaje. Entonces, sus vecinos entendieron que era un gran erudito de la Torá y dominaba todo el Talmud a la perfección.

La negativa a esconderse

Cuando los nazis, su nombre sea borrado, conquistaron Holanda y comenzaron a perseguir a los judíos, le ofrecieron al abuelo que se escondiese. Pero el entendía que, para ello una familia holandesa debería ponerse en peligro y no quería. Además, dijo que no merecía salvarse más que las demás multitudes de judíos y que lo que les ocurriese a ellos debía ocurrirle a él también. Pensó, además, que dado que era rabino, podía serle de utilidad a sus hermanos confinados en los campos de concentración y atender sus necesidades. En el año 5702 (1942), a los setenta y seis años, fue llevado a un campo de concentración. Ayudándose de su bastón, hacía su camino en el campo y se ocupaba de todas sus necesidades. Resulta lógico pensar que había allí judíos que le ayudaban.

Cada semana, mandaban de allí un tren con judíos al campo de muerte de Auschwitz. Un año más tarde, cuando le tocó en suerte ser enviado al extermino, cuentan que se despidió de sus vecinos con un ‘discurso grande y serio’.

Con fe inquebrantable aceptó con heroísmo el decreto celestial, y con su esplendor de santidad fue a entregar su alma para santificar el Nombre de D’s, al igual que su tatarabuelo antes que él, y al igual que todos los santos varones de Israel, en la cercanía de los cuales nadie puede ubicarse en el Gan Edén.

El día 20 de Marjeshván del 4704 (1943) murió en Auschwitz santificando el Nombre de D’s.

Tuvo el mérito de que sus cinco hijos sobrevivieron el Holocausto y continuaron cuidando la Torá y observando los preceptos. Sus descendientes suman hoy más de cuatrocientas almas, viven en la tierra de Israel y continúan andando por su senda, por el camino de la Torá y la moral.

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