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Seamos fuertes y fortalezcámonos

BESHALAJ 5784

Seamos fuertes y fortalezcámonos

Nuestros soldados que cayeron santificando el Nombre de D´s logran elevarse al nivel de la santidad de la generalidad del pueblo de Israel, y nosotros debemos esmerarnos con todos nuestros bríos para ser dignos de su entrega y seguir andando por su senda.

A los efectos de generar disuasión es preciso vencer a nuestros enemigos de manera contundente, pues solo cuando su derrota resulte clara y no quepa la posibilidad de negarla por medio de mentiras o exageraciones – ellos estarán efectivamente disuadidos.

Israel debe atacar a sus enemigos con todo su poderío, anexar territorios que se encontraban en sus manos y fomentar la emigración.

 

Quien conoce su credo, la religión islámica, entiende que ellos no estuvieron de acuerdo en reconocer el derecho de los judíos a ser soberanos en la tierra de Israel. Por ende, también entiende que están seguros de que algún día el acuerdo que firmaron con nosotros será violado y destruirán al Estado de Israel. A los efectos de vencerlos, es preciso entender su lenguaje y la enorme fuerza que este les confiere, tanto sea para hacer frente a la batalla educativa y propagandística que libran contra nosotros como así también para poder profundizar en la comprensión de su doctrina religiosa.

Nuestros soldados y oficiales de campo que arriesgan su vida en aras de nuestro pueblo y de las ciudades de nuestro D’s, en su abnegado heroísmo son los continuadores de todos los personajes sagrados del pueblo de Israel que actuaron a lo largo de todas sus generaciones: de nuestros antepasados en Egipto que no olvidaron su identidad, de Yehoshúa y sus soldados que conquistaron la tierra de Israel, del rey David que erigió el reino y aplastó a los filisteos, de Janaiá, Mishael y Azariá que entregaron sus vidas en aras de preservar la chispa de la fe del pueblo de Israel en días del exilio en Babilonia, de lo jashmonaím que defendieron a Israel en los días de los decretos asimilatorios de los griegos y refundaron el reino de Israel, de Rabí Akiva y sus compañeros que entregaron sus vidas en aras de la santificación del Nombre Divino y la independencia nacional, y de todos los judíos sagrados que durante los terribles días del exilio preservaron su identidad y en tiempos de persecuciones religiosas estuvieron dispuestos a morir sin abjurar de su fe, en las Cruzadas, durante los distintos decretos de conversión forzada y la expulsión de España, de las víctimas de las matanzas de 1648-9 y de los seis millones de judíos que fueran asesinados durante el Holocausto.

Nuestros soldados tienen hoy el privilegio de luchar por la independencia y el honor judío en nombre de todas aquellas generaciones. Quiera HaShem que por el mérito del enorme precepto que cumplen podamos doblegar a nuestros enemigos, poblar el país, absorber nuevos inmigrantes y efectivizar la gran visión que data de los días de nuestro patriarca Abraham, conformar un pueblo que se conduzca con ética y justicia y sea fuente de bendición para todas las naciones.

Quiera HaShem que el espíritu valeroso de nuestros soldados lata en todos los sectores de nuestro pueblo, e incluso en el seno de nuestro liderazgo militar, político y social.

Los soldados que cayeron santificando el Nombre de D’s tienen el mérito de elevarse al nivel de la santidad de la generalidad del pueblo de Israel y ya son parte del Mundo Venidero, y nosotros aquí nos esmeraremos con todas nuestras fuerzas para ser dignos de su sacrificio y continuar yendo por su senda, por lo que en su nombre y por el mérito de la elevación de sus almas, incrementaremos la vida y la bendición.

La comprensión del lenguaje de los musulmanes

Nos encontramos en medio de una guerra difícil que se inició con un grave fiasco del aparato de seguridad en todos sus componentes. Tal como parece, uno de los problemas fundamentales es que nuestra dirigencia estatal, militar y académica no entiende adecuadamente el lenguaje de los musulmanes. En el marco de mi trabajo de redacción de la serie ‘Pninei Halajá’ me estoy ocupando actualmente de la escritura de un libro que versa sobre la fe y el paganismo, y en ese contexto, sobre nuestra actitud a las demás religiones. Además de ser el islam una religión más belicosa que las demás, resulta de importancia prestar atención a la actitud particular que detenta esta creencia en lo que respecta al habla.

El estatus destacado del lenguaje en el islam

La lengua y el habla ocupan un sitial especial en todas las culturas y religiones, muy especialmente en el islam, ya que el mundo todo fue creado por medio de la palabra de D’s, y la doctrina islámica define con palabras exactas y definiciones halájicas precisas cuál es la voluntad de Alá. De aquí el enorme peso que adquieren las palabras en el islam, al grado de que la demostración que ellos exhiben sobre la veracidad del Corán se remite a la belleza de su lenguaje. Asimismo, el desposamiento de una mujer y su eventual divorcio se llevan a cabo únicamente por medio de la palabra. Por sobre todas las cosas, el mensaje de Alá llega a todo el mundo por medio del habla del profeta, y de esta proviene el poderío interior de la profecía, que cuando es dicha del modo correcto y con un estilo bello – da lugar a la generación de la realidad.

Los conceptos de verdad y mentira en el islam

De lo antedicho, se desprende que los conceptos de verdad y mentira en el islam no son similares a los del resto del mundo. Por lo general, el habla está destinada a reflejar la realidad, y si no lo hace se trata de una mentira, y en virtud de la contemplación de la realidad cabe discernirse si la persona que habló mintió o fue fiel a la verdad. No obstante, en el islam el habla es la realidad misma, y por ello, una persona puede decir lo que debiera existir como si ya existiera, pues las palabras en sí son acertadas, y posteriormente la realidad habrá de revelarse en virtud de lo dicho. A consecuencia de ello, en el islam existe un sesgo en lo relativo al valor de la descripción de la realidad a expensas de la investigación de esa realidad misma, así como también una exageración en el valor que se le adjudica a la capacidad retórica por sobre la exactitud en la descripción de los hechos.

Si bien el islam prohíbe mentir, en realidad se refiere a mentiras destinadas a obtener un beneficio personal que no sirven a los valores adecuados. Pero cuando se miente para presentar a los herejes como personas malvadas, ello no es considerado una mentira sino una verdad, pues sirve a la causa verdadera. Otro tanto ocurre con los herejes, una vez que sepan la verdad reconocerán que así era como debía hablarse de ellos, pues el islam es la verdad y los herejes la mentira. Por lo tanto, los musulmanes describen las guerras que perdieron como victorias, pues así es como deben verse, y por ende, por medio del habla correcta la realidad habrá de cambiar y finalmente el islam habrá de vencer. Es así como vemos que, a ojos de los judíos, la lucha musulmana contra Israel viene acompañada de una interminable serie de mentiras groseras, pero desde la perspectiva musulmana se trata de verdades, pues así es como la realidad debiera ser.

Cuando se publicitó que un cañonazo israelí impactó cerca de un hospital en Gaza, los voceros islámicos anunciaron inmediatamente a todo el mundo que el proyectil impactó en el propio edificio y que a consecuencia de ello quinientos “inocentes” perdieron su vida. Empero, cuando posteriormente resultó que se trató de un proyectil errático disparado por los propios musulmanes, se emitió un comunicado aclaratorio -sin que medie disculpa alguna- en el que se explicitó que el proyectil cayó cerca del hospital y causó la muerte de solamente veinte personas. A ojos de numerosos musulmanes las dos versiones son verídicas, pues el habla debe reflejar el hecho de que los musulmanes son justos y sus enemigos malvados.

Cómo se genera la disuasión

En una situación así resulta comprensible que para generar disuasión sea preciso vencer a nuestros enemigos de un modo mucho más contundente que el habitual, pues mientras puedan exagerar, negar, mentir e interpretar la derrota como una victoria – lo harán, y la mayoría de los miembros de su pueblo les creerán, y recibirán de ello el ánimo y la fuerza necesaria para iniciar con la mayor premura posible una nueva guerra. Solamente si la derrota ha de ser contundente, de modo tal que resulte imposible de negarla por medio de la exageración o la mentira, se verán efectivamente disuadidos.

Para ello, es preciso atacarlos con todo nuestro poderío, anexar territorios que ellos poseían y promover la emigración.

¿Es deber de un musulmán cumplir con los acuerdos que contrae?

En lo que respecta a los conceptos de verdad y mentira, muchos de los que observan el islam desde afuera y conocen su estilo retórico que tiende a la exageración y permite mentir para justificar el actuar de los musulmanes piensan que según esta fe está permitido mentir en los acuerdos con los herejes para derrotar al enemigo (el acuerdo de Hudaiba, la “takía”). Sin embargo, tal como parece, la realidad es más compleja. Según los sabios musulmanes, los acuerdos deben ser respetados y solamente cuando el otro bando los quiebra un musulmán tiene también permitido hacerlo. No obstante, a los efectos de derrotar al enemigo está permitido e incluso resulta deseable engañarlo por medio de una retórica sofisticada y de doble sentido.  Así, el enemigo que no está acostumbrado a la polivalencia de la forma islámica de hablar piensa que cuenta con un compromiso por parte de los musulmanes, cuando en realidad, si bien estos no mintieron del todo en el documento que firmaron, si el no musulmán profundizase, entendería que en realidad no asumieron la obligación pensada.

Los musulmanes no aceptaron reconocer al Estado de Israel como el país de los judíos

En la práctica, los musulmanes no nos mintieron de un modo especial en los acuerdos que firmaron con nosotros. Nosotros nos engañamos a nosotros mismos al pensar que ellos reconocían al Estado de Israel. En todos los acuerdos que firmaron con nosotros, ningún musulmán -incluidos aquellos que no son considerados como especialmente religiosos- ha reconocido aun al Estado de Israel como el país de los judíos, pues según el islam está prohibido reconocer como legítimo a un gobierno no musulmán sobre una tierra que alguna vez fuera conquistada por ellos. Egipto firmó con nosotros un acuerdo de paz, a condición de que el problema palestino fuera solucionado. Y todo musulmán (y también todo aquel que sepa profundizar en el lenguaje de la religión y la ley religiosa islámica) entiende que la intención de la redacción es que todos los árabes que sostienen que fueron expulsados durante la guerra de la independencia vuelvan a sus lugares de residencia, el Estado de Israel deje de ser un país judío y se convierta en uno musulmán. Así, en todos los acuerdos que firmamos con la OLP y la Autoridad Palestina, ellos jamás aceptaron reconocer al Estado de Israel como un país judío. Sin embargo, ellos no se voluntarizan a descubrir el engaño y sostienen que la definición de Israel como país judío es una cuestión israelí interna, y que por ello, no se refieren al tema. Pero quien conoce su religión sabe que no aceptaron reconocer el derecho de los judíos a ser soberanos en la tierra de Israel, pues un reconocimiento de ese tipo se contradeciría con su deber religioso que los obliga a mantenerse fieles a Alá incluso a precio de entregar su vida. Por ello, quien conoce su credo también entiende que están seguros de que algún día el acuerdo será violado y podrán destruir al Estado de Israel.

Para vencerlos, es preciso que entendamos su lenguaje y el enorme poder que este les confiere, tanto en la batalla educativa y propagandística que libran contra nosotros  por una parte, así como también que comprendamos su religión y el significado que le otorgan a las distintas formas de redacción que utilizan a la hora de negociar (a modo de ejemplo de este problema, pueden ver en el último ejemplar de ‘Besheva’ las duras preguntas que el diputado Amit Halevi le formulara a los representantes de los sistemas educativo y judicial respecto de por qué le permiten ejercer la docencia en el sistema educativo israelí a maestros que apoyan el terrorismo y las respuestas vergonzosas que recibió).

¿Por qué me clamas a Mí? ¡Háblales a los hijos de Israel y que marchen!

En la porción de lectura de esta semana (Beshalaj) aprendimos que a veces es preciso abreviar la plegaria a los efectos de actuar. Cuando los egipcios persiguieron a los hijos de Israel y los alcanzaron junto a la orilla del mar, el pueblo temió de sobremanera. Entonces Moshé se incorporó, arengó al pueblo en la fe y comenzó a intensificar sus plegarias. “Le dijo HaShem a Moshé: ¿por qué me clamas a Mí? ¡Háblales a los hijos de Israel y que marchen!” (Shemot-Éxodo 14:15).

De igual manera, cuando es preciso trasladar rápidamente una persona enferma al hospital, no se debe demorar con plegarias sino apurarse lo más posible para llevarlo a que reciba tratamiento médico, y durante el viaje, se permite murmurar un rezo que no implique demoras en la atención del paciente.

De igual manera, cuando salimos a luchar contra el enemigo, elevamos una breve plegaria antes del combate. Pero no debemos demorarnos, porque lo principal es cumplir con el enorme precepto de salvar al pueblo de Israel de manos de su enemigo, poblar la tierra prometida para que pertenezca a los judíos y no esté en manos de otra nación.

En la medida que comprendemos más profundamente el valor del precepto, mayor es el valor del rezo que acompaña su observancia, por otra parte, en la medida que negamos el gran mandato de la Torá que los soldados cumplen y pensamos que lo principal es clamarle a HaShem, el rezo entra en la categoría de abominación, tal como fue dicho: “Quien aparte su oído de escuchar la Torá (y observar sus preceptos), su rezo también resulta abominable” (Proverbios 28:9).

De igual manera, se cuenta en la Guemará (Tratado de Shabat 10(A)) sobre Rabí Yrmiá que solía sentarse ante Rabí Zeira y ambos estudiaban. Al llegar el momento de rezar, Rabí Yrmiá solía apurarse en levantarse de su estudio e ir a rezar. Rabí Zeira veía en ello una ofensa al honor del estudio de la Torá y le dijo a modo de rezongo: “Quien aparte su oído de escuchar la Torá (y observar sus preceptos), su rezo también resulta abominable”, ya que la Torá se ocupa de la vida eterna al tiempo que la plegaria se centra más en la vida temporal, por lo que no debe uno apurarse en abandonar la Torá para ir a rezar. No obstante, Rabí Yrmiá entendía que “el tiempo de estudiar y el tiempo de rezar son separados”, esto es, hay un tiempo específico para rezar, y dado que llegó el momento de hacerlo, el apuro por efectivizarlo no debe ser visto como una ofensa a la dignidad de la Torá. Sin embargo, según todas las opiniones, cuando resulta necesario dedicarse al estudio de la Torá o efectuar alguna acción que se deriva de alguno de sus preceptos, es preciso centrarse en el estudio y en sus mandamientos y no en el rezo.

 

 

 

 

 

 

 

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