El estudio de la Torá, mediante el cual se mantiene el mundo espiritual, es llevado a cabo por los estudiosos de la Torá y por todo Israel, que fija tiempos para el estudio de la Torá. ● La importancia y la virtud de las maestras que enseñan a niñas y niños Torá y buenas costumbres (derej eretz) es equivalente a la de los maestros que enseñan a los varones. ● El estudio de los niños es el fundamento de la existencia de la Torá en el mundo. ● No se debe interrumpir el estudio de los niños, ni siquiera para construir el Templo de Jerusalém. ● Es preceptivo seleccionar maestros que sean temerosos del Cielo, que estén bien capacitados en sus conocimientos y en su profesión, que sepan enseñar la Torá con equilibrio y precisión. ● Sobre todos nosotros recae la responsabilidad de poner a la educación y al estudio en el primer lugar de nuestras prioridades.
Los maestros se aferran a las cualidades del Santo Bendito Sea
De cara al comienzo del año escolar, es conveniente que todos los judíos, y especialmente los padres y maestros, volvamos a recordar la gran importancia de los docentes, que son quienes se apegan a las cualidades del Santo Bendito Sea, y hacen presente Su voluntad en el mundo. Cuando los sabios quisieron describir las acciones de D’s a lo largo de las horas del día por medio de una parábola, expresando así aquellos valores que son importantes ante el Santo Bendito Sea, dijeron:
«Durante las tres primeras (horas del día), el Santo Bendito Sea, se sienta y se dedica al estudio de la Torá; durante las segundas (tres), se sienta y juzga a todo el mundo… durante las terceras (tres), se sienta y se ocupa del sustento de todo el mundo, desde los cuernos de los antílopes hasta los huevos de los piojos… durante las cuartas (tres)… se sienta y enseña Torá a los niños pequeños» (Tratado de Avodá Zará 3(B)).
Todas estas cosas las realiza el Santo Bendito Sea, por medio de enviados, a quienes prolonga la vida y proporciona fuerzas para que cumplan Su misión. El estudio de la Torá, mediante el cual se mantiene el mundo espiritual, es llevado a cabo por los estudiosos de la Torá y por todo el pueblo de Israel, que establece tiempos fijos para el estudio. La justicia es ejercida por los ángeles encargados del juicio, por los jueces rabínicos (daianím) y los magistrados. El sustento del mundo se realiza mediante las fuerzas de la naturaleza, que hacen crecer los alimentos, y mediante los seres humanos que se ocupan de desarrollar, poblar y mantener el mundo. La enseñanza de los niños pequeños, que garantiza el futuro del mundo, se lleva a cabo por medio de los maestros y las maestras. ¡Dichosos de ellos!
El valor del estudio de los niños
El valor del estudio de la Torá por parte de los niños es tan grande que nuestros sabios dijeron que «el mundo no se mantiene sino por el hálito de los niños que estudian Torá (tinokot shel beit rabán)» (Tratado de Shabat 119(B)). Rav Papa preguntó a Abaié: «¿Acaso nuestro estudio no cuenta como el de ellos?» Abaié le respondió: «No se compara el hálito de quien tiene pecados en su haber con el de quien no los tiene». Como los pequeños todavía no han pecado, reciben la Torá con pureza e inocencia. Esto constituye la base de todas las comprensiones profundas a las que llegarán posteriormente en sus estudios y de todas las buenas acciones que realizarán a lo largo de sus vidas.
¿Quiénes son los «niños que estudian Torá» y el estatus de las maestras?
En todos los lugares en los que los sabios dijeron «los niños que estudian Torá» (tinokot shel beit rabán), se referían a niños hasta la edad de la mayoría religiosa (es decir, hasta el bar mitzvá). También es necesario explicar que el mérito y la importancia de las maestras que enseñan Torá y buenas costumbres tanto a las niñas como a los niños son equivalentes a los de los maestros que enseñan a los varones. Pues el principal mérito de quienes enseñan es educar a los niños pequeños para la Torá, la sabiduría y las buenas acciones, y esta función la desempeñan las maestras del mismo modo que los maestros.
«No toquéis a Mis ungidos»: estos son los niños que estudian Torá
Los sabios interpretaron (Tratado de Shabat 119(B)) el versículo que dice: «No toquéis a Mis ungidos, ni hagáis mal a Mis profetas» (I Divrei Haiamím-Crónicas 16:22) de la siguiente manera: «‘No toquéis a Mis ungidos’, estos son los niños que estudian la Torá; ‘ni hagáis mal a Mis profetas‘, estos son los estudiosos de la Torá». Los niños son llamados «Mis ungidos» por la importancia que tienen, ya que se los unge con aceite para hacerlos crecer y fortalecerlos, del mismo modo que se ungía con aceite a los utensilios del Templo y, mediante ello, se los consagraba (Maharal). Además, mediante su estudio se construirá el Templo y llegará el Mashíaj (Yiún Ya’akov), pues gracias a la pureza y a la inocencia de su estudio, con el tiempo surgirán nuevas interpretaciones de la Torá (jidushei Torá) que acercarán la redención.
Hay que tener cuidado de no interrumpir el estudio de los niños
Dado que el estudio de los niños es tan importante, los sabios dijeron que «no se interrumpe a los niños que estudian Torá, ni siquiera para la construcción del Templo» (Tratado de Shabat 119(B)). Esto se debe a que el estudio de los niños constituye la base de la existencia de la Torá en el mundo, mientras que el Templo es la base de la revelación de la santidad en el mundo, y la Torá precedió al mundo. Los sabios también dijeron: «Jerusalém fue destruida solamente porque interrumpieron en ella el estudio de los niños que estudiaban Torá» (ídem). Así también quedó establecido en la Halajá (Shulján Aruj, Oraj Jaím 245:13). De aquí dedujo el Rav Shaúl David Botschko, que tenga larga vida, (Shulján Aruj Kipshutó, Yoré Deá 245:38), que cuando es necesario llevar a una escuela una conferencia sobre un tema secular, está prohibido cancelar para ello las clases de las materias sagradas.
La enorme influencia de los maestros
La influencia de los maestros sobre los alumnos pequeños es enorme. Toda persona que tuvo el mérito de contar con buenos maestros puede observar su propia vida y comprobar que, de vez en cuando, frases que escuchó de sus maestros cuando era joven resonaron en su corazón y lo impulsaron a elegir el bien. A veces se trata de frases sobre la fe y la Torá, la honestidad y la bondad, el valor de la familia o el amor al pueblo y a la Tierra de Israel. En ocasiones, algo que escuchó de sus maestros acerca de la prohibición de robar o mentir lo detuvo de hacer el mal muchos años después. Otras veces, relatos sobre la entrega personal en aras de la Torá o sobre haber salvado a otra persona despertaron en él, ya en su adultez, el deseo de realizar grandes acciones.
La gran responsabilidad
Los sabios relataron (Tratado de Baba Batra 21(A)) acerca de Yoav, hijo de Tzruiá, comandante del ejército de Israel en los días del rey David, quien fuera enviado a exterminar a Amalek. En aquellos días, el ejército de Israel se encontraba en su apogeo, y era posible exterminar a la descendencia de Amalek y, de ese modo, salvar a Israel y al mundo de todos los malvados asesinos que habían surgido de ese pueblo. Sin embargo, Yoav mató solamente a los varones. Cuando regresó, David le preguntó por qué no había cumplido con el mandamiento de la Torá que indica: «Borrarás el recuerdo (zejer) de Amalek» (Devarim-Deuteronomio 25:19).
Yoav respondió que había pensado que el mandamiento consistía en matar únicamente a los varones, y que lo que estaba escrito en la Torá debía entenderse como: «Borrarás el varón (zajar) de Amalek». Pero el error ya no podía ser corregido, pues los sobrevivientes de Amalek huyeron y se dispersaron, y ya no era posible exterminarlos. De ellos surgirían posteriormente grandes enemigos de Israel, como Hamán. Yoav, hijo de Tzruiá, fue entonces a ver al maestro que le había enseñado durante su infancia y le preguntó cómo debía leerse el versículo. Se descubrió que había sido precisamente el maestro quien le había enseñado aquel error. Yoav desenvainó su espada para matarlo. El maestro exclamó: «¿Por qué?» Yoav respondió: «Porque me enseñaste un error, y está dicho: ‘¡Maldito sea el que realiza la obra de HaShem negligentemente!'» (Yrmiahu-Jeremías 48:10). El maestro respondió: «Déjame bajo la maldición de ‘maldito’ y no me mates». Pero Yoav le respondió que la continuación del versículo dice: «Y maldito el que retiene su espada de la sangre«. Hay quienes dicen que lo mató y hay quienes dicen que no lo mató.
El deber de elegir al mejor maestro
Por todo ello, es preceptivo escoger maestros temerosos del Cielo, competentes en sus conocimientos y capaces de enseñar la Torá con equilibrio y precisión (Shulján Aruj, Yoré Deá 245:17). Es deseable que el maestro sepa enseñar con rapidez; pero si no se encuentra un maestro que sea a la vez rápido y preciso, se debe preferir al maestro lento pero preciso antes que al rápido que no sea preciso y pueda enseñar cosas equivocadas o exageradas (Baba Batra 21(A); Shulján Aruj 245:19).
Si, por necesidad, se tuvo que contratar a un maestro de nivel mediocre y, con el tiempo, surgió la posibilidad de contratar a uno mejor, se debe contratar al mejor (Shulján Aruj 245:18). En épocas en las que cada maestro podía ganarse la vida trabajando en su campo o en el oficio que había aprendido de sus padres, y solo había abandonado ese trabajo porque se le había pedido que enseñara, cuando aparecía un maestro mejor que él no había problema en que regresara a su antiguo oficio. Pero hoy, dado que la formación profesional requiere mucho tiempo y a una persona le resulta difícil cambiar de profesión, existen contratos laborales que son vinculantes (Responsa del Rosh 104:4).
Por ello, no se puede despedir repentinamente a un maestro y dejarlo sin sustento. Sin embargo, el principio sigue siendo que los alumnos deben recibir al mejor maestro posible, y hay que encontrar la manera de otorgar al maestro anterior una indemnización y ayudarlo en su reconversión profesional.
Respetar los horarios
En todo trabajo, el trabajador debe desempeñar su labor con fidelidad. Cuánto más en la enseñanza, que es una labor sagrada. Por ello, el maestro debe comenzar la clase a tiempo, no ausentarse para atender sus asuntos personales durante la clase, ni conversar o escribir mensajes en el teléfono móvil, y con mayor razón, no debe cancelar una clase (Rambám, Hiljot Talmud Torá 2:3).
La responsabilidad del maestro de dormir y comer adecuadamente
El maestro debe procurar dormir bien por la noche, para no estar cansado cuando tenga que enseñar. Así dijeron los sabios: «Está prohibido que un trabajador contratado para realizar su labor durante el día trabaje de noche, permanezca despierto hasta altas horas de la noche o se prive de alimento, pues podría ser menos eficiente en su trabajo» (Talmud Jerosolimitano, Tratado de Dmai 7:3).
Se cuenta que Rabí Yojanán llegó a un determinado lugar y encontró a un maestro de niños que parecía demacrado. Le preguntó por qué tenía aquel aspecto. El maestro respondió que ayunaba como una práctica de piedad. Rabí Yojanán le dijo: «No tienes permitido ayunar, pues incluso si tuvieras que trabajar para un ser humano, esto estaría vedado; cuánto más cuando realizas la ‘labor del Santo Bendito Sea'». Y así quedó establecido en la Halajá (Shulján Aruj, Oraj Jaim 571:1).
Las autoridades halájicas (poskim) también dictaminaron (Ramá, Yoré Deá 245:17) que el maestro debe procurar comer de manera ordenada, ni demasiado ni demasiado poco, para no estar cansado o débil y poder enseñar correctamente.
Honrar la profesión docente
Sobre todos nosotros recae la responsabilidad de colocar la educación y el estudio en el primer lugar de nuestras prioridades. En el talento para estudiar y transmitir la herencia judía reside una fuerza enorme, y toda inversión en ella vale la pena. Si dedicamos esfuerzos y recursos a la educación en Torá y ciencia, tendremos el mérito de formar y cultivar grandes estudiosos de la Torá y científicos geniales, y todos los judíos del mundo querrán ascender a la Tierra de Israel para participar en el desarrollo del talento y de la creación espiritual israelí. Incluso las naciones dirán de nosotros: «Solo este pueblo es un pueblo sabio y entendido; esta gran nación» (Devarim-Deuteronomio 4:6). Y se cumplirá en nosotros la visión de los profetas: «Y vendrán muchas naciones y dirán: ‘Venid, subamos al monte del Señor y a la Casa del D’s de Ya’akov; Él nos enseñará Sus caminos y caminaremos por Sus senderos. Porque de Sion saldrá la Torá y la palabra de HaShem, de Jerusalém» (Mijá-Miqueas 4:2).
Debemos otorgar un enorme honor a los maestros y maestras. Los padres cuyos hijos hayan elegido la profesión docente deben sentirse muy orgullosos de ellos, y no lamentar que no hayan elegido una profesión más lucrativa. Pues el valor de una persona no se mide por el nivel de su salario, sino por la medida en la que logra efectivizar o concretar los valores eternos en su vida. Y en esta verdadera escala de valores, los maestros y maestras que educan a los hijos de Israel ocupan un sitial muy elevado.




