Así como el ayuno del 9 de Av es más severo que el del 17 de Tamuz, también, en varios aspectos, el pecado de los espías fue más grave que el pecado del becerro de oro. @ Los dos pecados fundamentales de la generación del desierto han acompañado al pueblo de Israel a lo largo de todas las generaciones. @ Los espías pecaron porque no comprendieron el valor de la Tierra de Israel ni la amaron. @ Quien niega el valor de la Tierra de Israel niega también la posibilidad de revelar en ella la palabra de D’s. @ La mayoría de quienes comprenden la importancia de la Tierra de Israel encuentran caminos prácticos para poseerla y poblarla, afrontando al mismo tiempo los grandes desafíos que ello implica.
Parecería que el debate sobre la Tierra de Israel se basa en argumentos realistas: ¿acaso ceder territorios evitará una guerra o, por el contrario, la acercará? ¿Es posible aplicar la soberanía sobre Yehudá (Judea) y Shomrón (Samaria) sin conceder la ciudadanía a los no judíos que no se identifican con el Estado judío? Sin embargo, en la práctica encontramos un hecho interesante: la inmensa mayoría de quienes no comprenden el valor sagrado de la Tierra de Israel consideran que es demasiado difícil poblarla y desean retirarse de partes de ella. Con el tiempo, ha quedado demostrado que esas decisiones han traído desgracias sobre el pueblo de Israel.
Los días de ayuno: el pecado del becerro de oro y el pecado de los espías
El pecado del becerro de oro —cuando los hijos de Israel elaboraron una estatua de un becerro de metal fundido y se posternaron ante ella (Shemot-Éxodo 32)— ocurrió un 17 de Tamuz, y, tal como enseñaron nuestros sabios, ese día fueron quebradas las Tablas de la Ley (Tratado de Ta’anit 26(A)). El pecado de los espías, mencionado también en la lectura semanal de la Torá, la parashá de Devarim, tuvo lugar un 9 de Av.
Así como el ayuno del 9 de Av es más severo que el del 17 de Tamuz, también el pecado de los espías fue, en varios aspectos, más grave que el del becerro de oro. Por ello, la culpa de los espías no fue perdonada, y se decretó que todos los que participaron en ese pecado morirían en el desierto. No solo eso, sino que algunos sabios sostienen que ni siquiera tendrán parte en el Mundo Venidero (Tratado de Sanedrín 108(A)). Dijeron nuestros sabios: «El Santo Bendito Él, dijo a Israel: ‘Vosotros llorasteis un llanto sin motivo (al escuchar el testimonio sesgado de diez de los doce espías); Yo estableceré para vosotros un llanto para todas las generaciones'» (ídem 104(B)). En ese mismo momento se decretó la destrucción del Templo y el exilio de Israel de su tierra (ver Midrash Tanjuma, Shelaj). Así, aquella noche en la que lloraron y rechazaron «la tierra deseable» (eretz jemdá) se convirtió en una noche de llanto para todas las generaciones, hasta que el Templo sea reconstruido, pronto en nuestros días.
Los dos grandes pecados
Los dos pecados fundamentales de la generación del desierto —el pecado del becerro de oro, que atentó contra la pureza de la fe, y el pecado de los espías, que negó el asentamiento en la Tierra de Israel— acompañan al pueblo de Israel en todas las generaciones. El mundo se encuentra en un proceso continuo de cambio y elevación, y por ello en cada generación surgen nuevos desafíos. Entonces aparece la afirmación de que la guía de la Torá ya no es adecuada para nuestro tiempo y que es también necesario incorporar a la fe un «becerro de oro», es decir, ideologías ajenas o influencias de religiones extrañas. Frente a ello, debemos profundizar en el estudio de la Torá y descubrir cómo es que precisamente por su intermedio es posible afrontar los nuevos desafíos de la mejor manera.
Del mismo modo, en cada generación debemos enfrentar nuevas dificultades para cumplir el precepto de poblar la Tierra de Israel, tanto por los enemigos que se levantan contra nosotros desde el exterior como por los problemas intestinos que se nos presentan. Entonces aparece la afirmación de que, en las circunstancias actuales, ya no es posible seguir asentándonos la Tierra de Israel. Una vez más, debemos fortalecernos para reparar el pecado de los espías, poblar el país conforme a la guía de la Torá y demostrar que precisamente gracias al cumplimiento del precepto de establecerse en la Tierra de Israel, el pueblo judío será merecedor de abundante bien y bendición.
¿En qué pecaron los espías?
Cabe preguntarse: ¿en qué pecaron realmente los espías? Según su parecer, el pueblo de Israel no tenía capacidad para conquistar la Tierra de Israel, y si insistía en combatir sería derrotado, poniendo en peligro su propia existencia. Siendo así, parecía recaer sobre ellos la obligación moral de advertir sobre el peligro en ciernes, pues la supervivencia del pueblo judío antecede en importancia al precepto de poblar la Tierra de Israel. Incluso si se equivocaron en su evaluación de la realidad y, en verdad, Israel sí podía conquistar el país, dado que hablaron imbuidos de una convicción interna y con la intención de salvar al pueblo de la derrota y la destrucción, aparentemente no debería habérseles impuesto un castigo tan severo, sino más bien se debería elogiarlos por la responsabilidad nacional que demostraron.
El pecado de despreciar la Tierra de Israel
Sin embargo, los espías pecaron porque no comprendieron el valor de la Tierra de Israel ni la amaron. Por eso, cuando vieron las dificultades que implicaba conquistarla, se desanimaron y comenzaron a buscar justificaciones y argumentos para explicar por qué era imposible entrar en ella. Tal como está escrito: «Despreciaron la tierra deseable (eretz jemdá), no creyeron en Su palabra» (Tehilim-Salmos 106:24). En cambio, Yehoshúa y Caleb, que amaban la Tierra de Israel, dijeron: «La tierra es muy muy buena» (Bemidbar-Números 14:7). Ellos vieron la realidad con claridad y creyeron que era posible conquistarla, tal como declarara Caleb al pueblo: «Subamos y tomémosla en posesión, porque ciertamente podremos con ella» (Bemidbar-Números 13:30).
Y, en efecto, se demostró que Yehoshúa y Caleb tuvieron razón. Si el pueblo hubiera escuchado su voz, toda la generación del desierto se habría salvado y habría entrado en la tierra. Precisamente los espías, que supuestamente querían proteger a la gente para que no muriera en la guerra, terminaron provocando que todos terminasen sus días en el desierto con deshonra.
El pecado espiritual de los espías
También desde el punto de vista espiritual, los espías pecaron. Pensaban que la vida en el desierto era más santa y elevada, porque allí no se estaba ocupado en asuntos materiales y prácticos. En este sentido escribió Rabí Shneur Zalman de Liadi que los espías no querían entrar en la Tierra de Israel porque sostenían que no era necesario descender al mundo de la acción, ya que era posible cumplir «la Torá y los mandamientos de manera espiritual y no mediante una realización material». «Pero en verdad estaban equivocados, porque lo principal es cumplir los preceptos precisamente en la Tierra Prometida» (Likutei Torá, Shelaj 38b).
No obstante, existe una preocupación auténtica respecto de la posibilidad que la tarea de asentarse en la Tierra de Israel pueda generar una acusación contra el pueblo judío en los ámbitos celestiales: el temor de que la dedicación al asentamiento de la Tierra de Israel haga olvidar el estudio de la Torá. Tal como dijeran los sabios: La Torá dijo ante el Santo Bendito Él: “Soberano del universo, cuando el pueblo de Israel entre en la Tierra Prometida, uno correrá a su viña y el otro a su campo, entonces, ¿qué será de mí?” Él le respondió: “Tengo para ti una pareja que te he destinado, y se llama Shabat; en ese día cesarán de sus labores y podrán dedicarse a ti” (citado en el Tur, Oraj Jaím 290). La reparación para esta cuestión consiste en dedicar la mitad del Shabat al estudio de la Torá y extender su luz y bendición a los seis días laborables, en los cuales también es necesario fijar tiempos regulares para el estudio.
La abjuración de la fe en la Unicidad Divina
Más aún, los espías pecaron contra la fe misma. El fundamento de la fe es que D’s es Uno, y que Él vivifica tanto a los cielos como a la tierra, tanto al individuo como a la comunidad. Por eso, el servicio a D’s se expresa tanto en el estudio de la Torá como en el asentamiento en la Tierra de Israel. La idolatría, en cambio, divide y separa el mundo en ámbitos distintos. La separación más profunda es la que se establece entre el cielo y la tierra, entre el espíritu y la materia, separación que a veces se presenta como una división entre el bien y el mal.
Quienes niegan el valor de la Tierra de Israel niegan también la posibilidad de revelar en ella la palabra de D’s en todas las actividades que contribuyen a poblarla, tal como dice el versículo: «En todos tus caminos conócelo» (Mishlei-Proverbios 3:6). En cambio, quienes se adhieren al precepto de poblar la Tierra de Israel expresan su fe en que la palabra de D’s debe revelarse también en todos los ámbitos terrenales. Por eso dijeron los sabios: «Todo aquel que habita en la Tierra de Israel es como si tuviera un D’s; y todo aquel que habita fuera de la Tierra de Israel es como si no lo tuviera» (Tratado de Ketuvot 110(B)). Y añadieron: «Todo aquel que habita fuera de la Tierra de Israel es como si practicara la idolatría» (ídem).
El pecado de los espías en las últimas generaciones
También en las últimas generaciones, cuando comenzó el despertar del retorno a Sion y el restablecimiento del asentamiento judío en la Tierra de Israel, surgieron dirigentes que intentaron persuadir a los judíos de permanecer en el exilio, argumentando que en la Tierra de Israel les esperaban numerosos peligros: el hambre y las enfermedades, los saqueos y los asesinatos. Algunos incluso acusaban a quienes ascendían a ella que ponían en riesgo a la mayoría del pueblo judío que permanecía en la diáspora luchando por obtener la igualdad de derechos. Otros sostenían que quienes ascendieran a la Tierra de Israel descenderían espiritualmente y terminarían perdiéndose para el pueblo de Israel. Con el paso del tiempo quedó claro que en Sion hubo salvación, tanto del exterminio espiritual producido por la asimilación como del exterminio físico que padecieron millones de judíos que permanecieron en el exilio.
El pecado de los espías en nuestra generación
De manera similar, hoy parece que el debate sobre la Tierra de Israel se basa en argumentos realistas: ¿acaso ceder territorios evitará una guerra o la hará más probable? ¿Es posible extender la soberanía sobre Yehudá (Judea) y Shomrón (Samaria) sin conceder la ciudadanía a los no judíos que no se identifican con el Estado judío?
Sin embargo, en la práctica observamos un hecho interesante: la inmensa mayoría de quienes no comprenden el valor sagrado de la Tierra de Israel consideran que es demasiado difícil establecerse en ella y desean retirarse de partes de esta. Con el tiempo, según esta perspectiva, se demuestra que esas decisiones han acarreado desgracias sobre el pueblo de Israel. En cambio, la gran mayoría de quienes comprenden el valor de la Tierra de Israel encuentran soluciones prácticas para conservarla y poblarla, afrontando al mismo tiempo los difíciles desafíos que ello implica.
La voluntad influye en el análisis racional
¿A qué puede compararse esto? A un hombre perezoso al que intentan convencerlo de que trabaje. Presentará mil argumentos «realistas» para explicar por qué no le conviene buscar empleo. Primero dirá que es mejor vivir del subsidio de desempleo. Si se le demuestra que trabajando ganará más dinero, responderá que hay desempleo y que nadie está contratando, por lo que buscar trabajo sería una pérdida de tiempo. Si le encuentran un empleo, afirmará que no conviene aceptarlo porque el patrón es un estafador o porque quizá mañana aparezca una oferta mejor. Y si, a pesar de todo, logran convencerlo de trabajar, comenzará a sentir dolor de espalda. Si le curan la espalda, le dolerá la cabeza. Si le curan la cabeza, se peleará con sus compañeros de trabajo. Si hacen las paces entre ellos, se sentirá ofendido por la conducta de su jefe. Y así sucesivamente: siempre habrá algo que le impida trabajar. En definitiva, el problema es que no quiere trabajar.
Lo mismo ocurre en todos los demás ámbitos de la vida. Quien no valora el estudio de la Torá tendrá dificultades para dedicarse a él con constancia. Quien no aprecia el servicio militar de combate no encontrará dentro de sí la fortaleza necesaria para soportar el duro entrenamiento que lo prepara para ser soldado. Quien no valora la vida familiar no encontrará las fuerzas para contraer matrimonio y formar una familia.
Las consecuencias del pecado del becerro de oro y del pecado de los espías en las últimas generaciones
Cuando se fundó el movimiento sionista (5657 / 1897), el pueblo judío contaba con aproximadamente 11 millones de personas, mientras que los árabes que habitaban en los alrededores de los límites bíblicos de la Tierra de Israel —incluyendo el Líbano, Siria e Irak— sumaban alrededor de 5 millones; de ellos, unos 700.000 vivían a ambos lados del río Jordán. En aquel momento existía una oportunidad para que el pueblo judío regresara a su tierra y creciera en ella. Sin embargo, la mayor parte del pueblo temió abandonar el exilio, emigrar a la Tierra de Israel y asumir su propio destino conforme al mandato de la Torá. La prueba era enorme, pues la inmigración en aquellos días implicaba grandes dificultades y riesgos. No obstante, el rechazo a cumplir el precepto de subir a la tierra cuando ello era posible constituyó, desde esta perspectiva, el pecado de los espías de nuestra época. Tal como la Torá había advertido, el precio fue terrible: el pueblo judío sufrió la Shoá, la opresión del régimen comunista y la asimilación.
En la actualidad, hay en el mundo alrededor de 15 millones de judíos declarados, de los cuales aproximadamente 7 millones viven en la Tierra de Israel. En contraste, la población árabe de los países que rodean la Tierra de Israel, beneficiada por la revolución industrial, la expansión de la producción de alimentos y los avances de la medicina ha pasado de unos 5 millones a alrededor de 90 millones. Si se incluyen también los árabes que habitan Egipto y toda la península arábiga, hace unos 120 años sumaban aproximadamente 22 millones, apenas el doble de la población judía, mientras que hoy (5786 / 2025-2026) ascienden a unos 270 millones.
Sin embargo, HaShem ha prometido que redimiría a Su pueblo. Cuanto más se fortalezca Israel en la absorción de inmigrantes, el establecimiento de comunidades en todas las regiones del país y el engrandecimiento y difusión del estudio de la Torá, tanto más podrá avanzar el proceso de la redención sin experimentar penurias.





