Está prohibido agredir a los árabes o dañar su propiedad con el fin de disuadirlos de atacar a los judíos o para expulsarlos. @ Asimismo, ninguna persona tiene permitido violar la ley y tomar la justicia por propia mano. @ Cuando alguien actúa de ese modo en el contexto de una guerra, la gravedad de sus actos es aún mayor. @ Como sustituto de los diezmos que se separaban de la producción agrícola (trumot y ma’asrot) y de los obsequios destinados a los pobres, los sabios establecieron la obligación de separar el diezmo de las ganancias obtenidas en cualquier ocupación, con el fin de sostener a quienes enseñan Torá y ayudar al sustento de los necesitados. @ Quien desee cumplir esta mitzvá de la mejor manera debe separar una quinta parte (20%) de sus ganancias. @ El estudio de las ciencias y de las sabidurías del mundo no se considera una interrupción del estudio de la Torá (bitul Torá), porque la sabiduría del Creador se revela en la creación con todos sus componentes.
La capacidad de vencer en una guerra es un asunto complejo que depende de numerosos factores, como el consenso nacional, el apoyo internacional, el conocimiento del enemigo y de sus capacidades. Con mayor razón esto es cierto cuando se trata de una guerra que se libra en diferentes niveles y ámbitos y se prolonga durante generaciones y cuya victoria depende de la expansión y consolidación de los asentamientos, así como del respaldo de la mayoría de la población, de las relaciones con los países poderosos que nos apoyan y de la opinión pública mundial.
La prohibición de violar la ley para perjudicar al enemigo
En el marco de la prolongada lucha contra el enemigo árabe, en ocasiones algunos jóvenes desean infringir la ley y atacar a los árabes o sus bienes para disuadirlos de agredir a los judíos o para expulsarlos. Sin embargo, en la práctica, tales acciones están prohibidas.
En primer lugar, rige el principio de dina demaljuta dina («la ley del reino es la ley»), es decir, que las leyes y disposiciones del reino o del Estado obligan a todos sus ciudadanos. De no ser así, cada persona haría lo que le pareciera correcto, aumentarían los conflictos por la propiedad o por cuestiones vinculadas a las creencias y las opiniones y se llegaría a la violencia y al asesinato, hasta el punto de corromper toda la sociedad. Por ello, quien infringe las leyes del Estado perjudica al conjunto de la sociedad. Este principio también se aplica a las leyes y a los reglamentos aprobados por la Kneset y por el gobierno del Estado de Israel.
En segundo lugar, incluso sin considerar el riesgo de una desintegración general de la sociedad, existe la obligación de respetar las leyes porque el liderazgo y sus decisiones poseen la autoridad de los «representantes de la ciudad» (tovei ha’ir), cuyas resoluciones resultan obligatorias para toda la comunidad. Los asuntos públicos pertenecen a todos, y si cada individuo actuara según su propio criterio, dañaría al conjunto. Por ello, la comunidad en su conjunto aceptó regirse por las decisiones de sus dirigentes elegidos.
En tercer lugar, esto es aún más cierto cuando se trata de una guerra, cualquier individuo que actúe por iniciativa propia en contra de la posición del gobierno y del mando militar perjudica al conjunto de la nación y a su capacidad de vencer. La posibilidad de ganar una guerra depende de numerosos factores: el consenso nacional, el apoyo internacional, el conocimiento del enemigo y de sus capacidades. Con mayor razón cuando se trata de una guerra multifacética que se extiende durante generaciones, cuya victoria depende de la expansión y consolidación de los asentamientos, así como también del respaldo de la mayoría de la población, de las relaciones con las naciones poderosas que nos apoyan y de la opinión pública internacional.
Por ello, la totalidad de la sociedad otorga a sus dirigentes la autoridad para considerar el conjunto de estos factores y dirigir la guerra. Y cuando los individuos actúan por cuenta propia, ponen en peligro a la generalidad del público, ya sea debilitando el consenso nacional o el apoyo internacional, o bien provocando al enemigo en momentos en que el ejército no considera conveniente hacerlo.
Además, estas acciones pueden generar también una fuerte tensión entre los soldados de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y los habitantes de Yehudá y Shomrón (Judea y Samaria), lo cual constituye también un grave perjuicio para el asentamiento del país y la preservación de la seguridad.
En definitiva, la victoria sobre el enemigo depende de la cohesión del esfuerzo bélico bajo una única dirección que actúe en nombre de todo el pueblo de Israel. Quien afecta a esta unidad, perjudica el esfuerzo bélico del cual depende la supervivencia de nuestra nación.
¿Está permitido participar de una excursión en la que una parte de las actividades implican violar la ley?
Pregunta: Participé en una excursión por uno de los lugares del Shomrón (Samaria) y, durante el recorrido, pasamos cerca de viviendas de árabes. Algunos participantes robaron diversos objetos que estaban en los patios. Ellos afirmaban que lo hacían porque los árabes nos roban mucho más a nosotros, y que, si pasaran cerca de nuestras casas, robarían aún más. Además, sostenían que, dado que la inmensa mayoría de los árabes apoya el asesinato de judíos, deben ser considerados enemigos, y por ello es correcto perjudicarlos para que abandonen el país. ¿Acaso tienen razón? ¿Está permitido participar en una excursión en la que ocurren hechos de este tipo?
Respuesta: Robar está estrictamente prohibido. Esta prohibición figura entre los Diez Mandamientos y también forma parte de las Siete Leyes de los Hijos de Noaj. Debido a la extrema gravedad del robo, nuestros sabios dijeron: «Ven y observa cuán grave es el pecado del robo, que la generación del Diluvio cometió toda clase de transgresiones, pero el decreto definitivo contra ellos no fue sellado hasta que dedicaron sus manos al robo» (Tratado de Sanedrín 108(A)).
Además, tal como expliqué en el apartado anterior, ninguna persona tiene permitido infringir la ley y tomarse la justicia por su propia cuenta. Cuando esto ocurre en el contexto de una guerra, la gravedad del acto es todavía mayor, porque perjudica la cohesión del esfuerzo bélico, del cual depende la vida del pueblo de Israel.
Quien participa en una excursión en la que hay jóvenes que roban a los árabes debe protestar contra su conducta. Si no le hacen caso, tiene prohibido seguir participando en una excursión de ese tipo, ya que quien permanece en ella se convierte en cómplice del delito.
¿Es obligatorio separar el «ma’aser ksafim» (diezmo de los ingresos)?
En un principio, más del 90 % de la producción nacional provenía de la agricultura y la ganadería. En consecuencia, las trumot (ofrendas) y los ma’asrot (diezmos) destinados a los cohanim (sacerdotes) y leviím (levitas) permitían mantener a quienes se dedicaban al estudio y a la enseñanza de la Torá y a la educación en Israel. Asimismo, los obsequios para los pobres (matanot laevioním) —al igual que la esquina del campo que se dejaba sin cosechar (peá), las espigas caídas (leket), las gavillas olvidadas en el campo (shijejá) y el diezmo destinado para los pobres en determinados años (ma’aser aní)— contribuían de manera significativa al sustento de los necesitados.
Sin embargo, con el paso del tiempo, el sustento de muchos judíos pasó a depender de la industria y el comercio. Por ello, como sustituto de las ofrendas, los diezmos provenientes de la producción agrícola y los obsequios destinados a los pobres, los sabios establecieron la práctica de separar el diezmo de las ganancias obtenidas en cualquier actividad económica, con el propósito de sostener a quienes enseñan Torá y ayudar a los necesitados (Turei Zahav, Yoré Deá 331:32). Esta práctica se basa también en las palabras de nuestro patriarca Ya’akov: «De todo lo que me des, ciertamente te daré el diezmo» (Bereshit-Génesis 28:22). Asimismo, apoyaron esta enseñanza en el versículo que dice: «Diezmarás, ciertamente diezmarás» (Devarim-Deuteronomio 14:22), interpretándolo como: diezma no solo la producción del campo, sino también todas las demás ganancias. Así también dijeron acerca de los comerciantes: ‘»Diezmarás, ciertamente diezmarás’… es una alusión a quienes navegan por los mares [es decir, los comerciantes], para que separen una décima parte en favor de quienes se dedican al estudio de la Torá» (Pesikta de Rav Kahana 10:10; Midrash Tanjuma Reé 18).
Hay quienes sostienen incluso que la obligación de dar un diezmo de las ganancias (ma’aser kesafim) tiene su fundamento en la Torá, como una continuación directa de las leyes de las ofrendas y los diezmos agrícolas. Así lo cita Tosafot: ‘»Diezmarás toda la cosecha de tu semilla que produzca el campo, año tras año‘. Aquí veo únicamente la obligación de diezmar la producción agrícola. ¿De dónde aprendemos que también el lucro proveniente del cobro de intereses, del comercio y toda otra ganancia están incluidos? Del vocablo ‘toda‘, el cual hace incluir también los intereses obtenidos, el lucro del comercio y cualquier otra fuente de beneficio» (Tratado de Ta’anit 9(A), en nombre del Sifrei).
¿Por qué hay quienes donan una quinta parte de sus ingresos?
Quien separa el diezmo (10%) cumple la mitzvá en un nivel adecuado. Sin embargo, quien desea cumplirla de la mejor manera debe separar un quinto (jomesh), es decir, una quinta parte (20%) de sus ganancias (Shulján Aruj, Yoré Deá 249:1). La razón de ello es que la institución del ma’aser ksafim fue concebida para reemplazar el conjunto de las obligaciones que existían en la época bíblica: las ofrendas (trumot), los diezmos (ma’asrot), los obsequios destinados a los sacerdotes provenientes del ganado y las diversas ayudas destinadas a los pobres. Cuando se suman todas estas contribuciones, el total equivale aproximadamente a una cantidad situada entre un diezmo y una quinta parte de los ingresos.
Pregunta sobre la opinión del Gaón de Vilna respecto al estudio de las ciencias
Pregunta: En la columna anterior se citaron afirmaciones extraordinarias en nombre del Gaón de Vilna, elogiando el estudio de las ciencias incluso para los rabinos, hasta llegar a la contundente expresión: «En la medida en que a una persona le falten conocimientos de las demás ciencias, en esa misma medida le faltarán cien veces más conocimientos en la sabiduría de la Torá; porque la Torá y la sabiduría están unidas». Estas palabras me resultan sorprendentes, pues vemos que existen importantes rabinos que se oponen al estudio de las ciencias. ¿Hay certeza de que esta era realmente la postura del Gaón de Vilna?
Respuesta: No hay motivo para dudar de que esa era, efectivamente, la opinión del Gaón de Vilna. Su discípulo, Rabí Baruj de Shklov, escribió en nombre del Gaón, en la introducción a su traducción al hebreo de ‘Los Elementos de Euclides’, publicada en el año 1780: «En el mes de Tevet de 1778 escuché de labios del santo Gaón que, en la medida en que a una persona le falten conocimientos de las demás ciencias, en esa misma medida le faltarán cien veces más conocimientos en la sabiduría de la Torá; porque la Torá y la sabiduría están unidas. Y me ordenó traducir a nuestra santa lengua, en la medida de lo posible, las ciencias, para que muchos las recorran y aumente el conocimiento de estas entre nuestro pueblo de Israel». Con estas palabras explica la razón que lo llevó a traducir la obra «Los Elementos de Euclides» del griego al hebreo y publicarlo.
El libro apareció cuando el Gaón de Vilna tenía alrededor de sesenta años, dieciocho años antes de su fallecimiento (1797). Es inconcebible que se hubiera publicado una afirmación en su nombre que él nunca hubiera pronunciado, sin que el propio Gaón o alguno de sus discípulos la hubiera desmentido.
Además, estas palabras fueron citadas por numerosas autoridades, entre ellas el Rav Eliahu Landau, descendiente del Gaón de Vilna, en la introducción de su obra «Minjat Eliahu»; por el Rav Abraham Ytzjak HaCohen Kuk en su obra «Ykvei HaTzón» (en el ensayo Drishat HaShem) y en «Haskamot HaRaaiá» (219); en el libro «Kol HaTor» (5:2:12); y por el Rav Menajem Mendel Kasher en su obra «HaTkufá HaGdolá» (vol. II, p. 635).
Una ampliación de las enseñanzas de nuestro maestro el Rav Kuk
El Rav Kuk, quien en gran medida siguió el camino del Gaón de Vilna, naturalmente compartía esta visión. Como explicación del valor del estudio de las ciencias, escribió: «Cuando el conocimiento de D’s es reducido, también la imagen que la persona forma de la Divinidad es reducida… Es mediante el conocimiento del mundo y de la vida, mediante la riqueza de la sensibilidad hacia toda la existencia —lo cual exige estudiar todas las ciencias del mundo, todas las enseñanzas sobre la vida, las diversas culturas y los contenidos morales y religiosos de cada pueblo y lengua— que, de acuerdo con la grandeza de su alma, brillará sobre ella la luz divina» (Shemoná Kvatzim, II, 126).
¿Acaso el estudio de las ciencias y la literatura constituye una interrupción del estudio de la Torá?
Pregunta: ¿Cómo es posible alentar a quienes estudian Torá a dedicarse también a las ciencias, si mientras estudian ciencias dejan de estudiar Torá, y el pecado de descuidar el estudio de la Torá es considerado sumamente grave?
Respuesta: El estudio de las ciencias del mundo no se considera una interrupción del estudio de la Torá, porque la sabiduría del Creador se manifiesta en toda la creación y en cada uno de sus componentes, incluida la humanidad con toda su diversidad, ya que también el talento humano forma parte de la creación divina. Así lo explica el Maharal de Praga (Netiv HaTorá, cap. 14): estudiar las ciencias no constituye bitul Torá (descuido del estudio de la Torá). Prueba de ello es el ejemplo de Rabán Yojanán ben Zakai, de quien se dice que jamás dejó de estudiar Torá y, sin embargo, dominó todas las ciencias. Los sabios dijeron acerca de él: «Jamás mantuvo una conversación banal; nunca caminó cuatro codos sin Torá y sin tefilín; nadie llegó antes que él a la casa de estudio; nunca dormía allí, ni un sueño profundo ni una siesta breve… Nunca dejaba a nadie en la casa de estudio al retirarse, y jamás se le encontró sentado en silencio, sino siempre estudiando» (Tratado de Sucá 28(A)). Y también dijeron que dominó todas las ramas del conocimiento: «No dejó de estudiar Escritura (Torá Escrita y Tanaj en general), Mishná, Talmud, halajot y agadot, las precisiones de la Torá y de los sabios, los razonamientos a fortiori y las analogías, las estaciones y los ciclos astronómicos, la gematría, el lenguaje de los ángeles, el de los demonios y el de las palmeras, las parábolas de los lavanderos y las de los zorros, las cuestiones grandes y las pequeñas. Las «grandes» son las cuestiones metafísicas (la «Obra del Carro Celestial o Ma’asé Merkavá), y las «pequeñas» son las discusiones legales talmúdicas de Abaié y Raba» (ibid.). De ello se desprende que incluso el conocimiento de las palmeras, las parábolas populares de los lavanderos y las fábulas de los zorros, que abarcan tanto aspectos de la literatura como de la cultura, no se consideran una pérdida de tiempo respecto al estudio de la Torá (bitul Torá).




