Despertar a los niños al retorno en arrepentimiento (teshuvá)

revivim1213

Quien ve que sus hijos no rezan o no estudian como corresponde, debe primero examinarse a sí mismo. @ Después de una reflexión y un discernimiento interior, podrá hablar sinceramente con sus hijos sobre el valor del estudio de la Torá. @ Cuando los padres quieren rezongar a un hijo o a una hija por la manera en que reza, deben preguntarse primero si ellos mismos rezan con seriedad. @ Es muy importante que las reprimendas dirigidas a los hijos sean muy escasas en comparación con las palabras de elogio y aliento, y especialmente hay que esforzarse por abstenerse de toda manifestación de ira. @ Cuando los padres tienen el recaudo de preservar un ambiente positivo, la mayoría de los problemas desaparecen y se descubre que los niños son mucho mejores de lo que parecían en una primera instancia.

Una persona muy querida y respetada me contó que, cuando era joven, se chupaba el dedo, y lo hizo hasta una edad avanzada. Cuando llegó el momento de ingresar a noveno grado, su padre le dijo: «Ahora vas a entrar en una yeshivá para jóvenes mayores; ha llegado el momento de que dejes de chuparte el dedo». El hijo le respondió a su padre: «Es muy difícil. Mira, tú también fumas, aunque sabes que es perjudicial parala salud». El padre escuchó y guardó silencio. Desde ese momento dejó de fumar, y posteriormente su hijo también dejó de chuparse el dedo.

Cada año, y especialmente al acercarse Yom Kipur, los padres desean despertar a sus hijos al retorno en arrepentimiento, y lo mismo hacen los maestros y rabinos con sus alumnos. Se cuenta que en el pasado los padres y los maestros gozaban de una mayor autoridad, y los niños obedecían a sus padres y los alumnos escuchaban a sus maestros. Entonces todo era más sencillo y mejor, y por eso «todos eran justos» (tzadikim). Sin embargo, ya lo advirtió el rey Shlomó en el libro de Mishlei (Proverbios): «No digas: ¿Por qué los días anteriores fueron mejores que estos? Pues no demuestra sabiduría que preguntes esto» (Kohelet-Eclesiastés 7:10). En efecto, en realidad, no todos eran justos. El Primer Templo fue destruido porque muchos incurrieron en el pecado de la idolatría, las relaciones sexuales prohibidas y el derramamiento de sangre; y el Segundo Templo fue destruido porque muchos incurrieron en el pecado del odio gratuito y en todas las numerosas y graves transgresiones que se derivan de él (Tratado de Yoma 9(B)). También después de eso, no todo fue perfecto. Por ejemplo, en la época de los sabios medievales (rishonim), durante muchas generaciones, los judíos no se colocaban tefilín, hasta que Rabí Moshé de Coucy, autor del Sefer Mitzvot Gadol (Semag), emprendió una gran gira por las comunidades de España para instar a sus miembros a elaborar tefilín y colocárselos.

Al parecer, efectivamente, en el pasado los niños obedecían más a sus padres. Sin embargo, en aquel entonces, muchos padres apenas estudiaban Torá y no cumplían adecuadamente sus preceptos, y los rabinos se esforzaban en vano por despertar en ellos una mayor observancia. En cambio, en las últimas generaciones, el conocimiento se ha extendido y son muchos los adultos que desean estudiar Torá con los rabinos. Pero precisamente ahora, cuando los adultos poseen ya mayores conocimientos y sería apropiado que los niños escucharan su orientación, los niños son más independientes y no están dispuestos a obedecer ni a sus padres ni a sus maestros. Quizás estas cosas estén relacionadas entre sí: cuanto más se ha extendido el conocimiento, más necesario es explicar las palabras de la Torá de tal manera que los niños y los alumnos deseen estudiarla y cumplir sus preceptos.

Y, después de todo, la pregunta que nos preocupa a todos es: ¿cómo podemos despertar a los niños y a los alumnos al retorno en arrepentimiento?

Corrígete a ti mismo y luego corrige a los demás

La primera y principal guía es: «Corrígete (‘keshot’ – también límpiate o enderézate) a ti mismo y luego corrige a los demás». Quien ve que sus hijos no rezan o no estudian como corresponde, debe examinarse primero a sí mismo y fortalecerse en la oración y en el estudio. A partir de ello podrá despertar a sus hijos y a sus alumnos.

Así también se cuenta (Tratado de Bava Batra 60 (A) y (B)) acerca de Rabí Yanai, quien tenía un árbol cuyas ramas se inclinaban sobre el dominio público. Un día se presentó ante él un caso judicial relacionado con una persona cuyo árbol se inclinaba sobre el dominio público, y los representantes de la comunidad le exigían que cortara el árbol que molestaba al público. Rabí Yanai les dijo: «Por favor, vengan mañana y dictaré sentencia sobre vuestro caso». Durante la noche, envió trabajadores para que cortaran su propio árbol. Al día siguiente, cuando llegaron ante él, dictaminó que el dueño del árbol debía cortarlo. El dueño del árbol objetó: «Pero también usted tiene un árbol que se inclina hacia el dominio público». Rabí Yanai le respondió: «Vaya y observe: si mi árbol ha sido cortado, corte usted también el suyo; y si el mío no ha sido cortado, tampoco corte usted el suyo». La Guemará pregunta: ¿Por qué Rabí Yanai no les indicó inmediatamente cuál era la ley? Y responde que actuó así a partir de lo que Rabí Shimón ben Lakish aprendió del versículo: «Reúnanse y reúnan» (Tzfaniá-Sofonías 2:1), es decir: «Corrígete a ti mismo y luego corrige a los demás».

La Guemará explica que al principio Rabí Yanai pensaba que su árbol era beneficioso para quienes transitaban por el dominio público, pues les proporcionaba sombra. Pero cuando vio que se argumentaba contra aquel hombre que su árbol dificultaba el paso, comprendió que un árbol de ese tipo podía causar daño, y que solamente por respeto a él nadie se lo había señalado. Por eso ordenó inmediatamente que cortaran su propio árbol.

La confesión (vidui) del Sumo Sacerdote en Yom Kipur

De manera similar, el Levush (Oraj Jaím 621:5) explicó que el Cohen Gadol (Sumo Sacerdote) llevaba a cabo tres confesiones en Yom Kipur: la primera por sí mismo y por su familia; luego una segunda por sus hermanos, los cohanim (sacerdotes); y finalmente una tercera por todo el pueblo de Israel. Esto se debía al principio de «corrígete a ti mismo y luego corrige a los demás».

 

 

La enseñanza que nos deja el profeta Shmuel

Asimismo, aprendemos que, durante la época de los Jueces, en numerosas ocasiones los israelitas abandonaron a D’s y fueron tras los ídolos. Rabí Yojanán (Tratado de Bava Batra 15(B)) aprendió de lo que está escrito: «Y aconteció en los días en que juzgaban los jueces» (Rut 1:1) que se trataba de una generación que juzgaba a sus propios jueces. El juez que acudía a reprender a una persona le decía: «Saca la astilla que tienes entre los dientes», y esta le respondía: «Saca tú la viga que tienes entre los ojos». Si le decía: «Tu plata se ha convertido en escoria», le respondía: «Tu vino está mezclado con agua».

Quien logró poner fin a la época de los Jueces y despertar a Israel al arrepentimiento fue el profeta Shmuel. Él constituía un ejemplo y un modelo de conducta; nadie se le igualaba en su adhesión a D’s, en su entrega absoluta y en su integridad. Así está escrito: «Y Shmuel juzgó a Israel todos los días de su vida. Y cada año recorría Bet-El, Guilgal y Mitzpá, y juzgaba a Israel en todos aquellos lugares. Y regresaba a Ramá, porque allí estaba su casa» (I Shmuel-Samuel 7:15-17). Nuestros sabios dijeron acerca de Shmuel: «En todo lugar al que iba, allí estaba su casa» (Tratado de Berajot 10 (B)).

Es decir, llevaba sobre su asno sus pertenencias y su tienda, y no estaba dispuesto a beneficiarse de ninguna persona ni a hospedarse en la casa de otros, hasta convertirse en el ejemplo de una persona que no estaba dispuesta a disfrutar de los bienes ajenos. Por eso dijeron de él: «Quien no quiera beneficiarse de los demás, que no lo haga, tal como Shmuel de Ramá» (ídem). De este modo, Shmuel podía decir: «Aquí estoy; testifiquen contra mí delante de D’s y delante de Su ungido: ¿de quién he tomado un buey?, ¿de quién he tomado un asno?, ¿a quién he oprimido?, ¿a quién he defraudado?, ¿de quién he tomado un rescate para cerrar mis ojos ante él? Decídmelo y os lo devolveré». Y todo Israel respondió: «No nos has oprimido ni nos has defraudado, ni has tomado nada de mano de ningún hombre» (I Shmuel-Samuel 12:3-4). Por ello logró provocar una enorme revolución espiritual en el pueblo de Israel, hasta el punto de que gracias a su influencia se estableció la monarquía y se construyó el Templo de Jerusalém.

El estudio de la Torá

Por lo tanto, si los padres quieren rezongar a un hijo o a una hija porque no estudian suficiente Torá, primero deben examinarse a sí mismos. ¿Fijan tiempos para el estudio de la Torá como sería apropiado? ¿Se esfuerzan en su estudio? ¿Van a escuchar las clases importantes, o quizás los temas importantes se les han vuelto un poco aburridos y prefieren estudiar cosas más ligeras? También deben preguntarse: ¿tienen el mérito de estudiar con alegría? Y si no es así, ¿qué pueden hacer para lograr hacerlo? Asimismo, deben preguntarse si sus hijos ven la bendición que el estudio trae a sus padres. Y si no la ven, ¿cómo sería correcto hablarles acerca de la bendición que los padres reciben del estudio de la Torá?

Después de esta reflexión interior, podrán hablar sinceramente con sus hijos sobre el valor del estudio de la Torá. Si en la práctica les resulta difícil estudiar con la dedicación debida, podrán decirles a sus hijos: «Es cierto que no estudiamos como nos gustaría, y deseamos mucho mejorar. Pero durante varios buenos años tuvimos el mérito de estudiar con seriedad, y gracias a ello nos construimos a nosotros mismos. Por eso, es muy conveniente y apropiado que ustedes se esfuercen por estudiar más Torá».

La oración

Lo mismo se aplica a la oración. Cuando los padres quieren reprender a su hijo o hija por la manera en que reza, deben examinarse primero para ver si ellos mismos rezan con seriedad. ¿Acaso el padre llega a tiempo al rezo? ¿Acaso disfruta de la oración, en la que expresa la profundidad de sus aspiraciones y tiene el mérito de presentarse ante D’s, su Creador, y vincularse con Él? ¿Ha establecido la madre un lugar tranquilo en su hogar donde pueda rezar cada día con concentración? Y si, debido a las preocupaciones y ocupaciones relacionadas con el cuidado de los niños, está exenta de la obligación de rezar, ¿acaso al menos recita las bendiciones con concentración, intención y alegría? Después de mejorar ellos mismos, podrán hablar con sus hijos y ayudarlos.

Corregir la ira y la irritación

También es muy importante que los rezongos dirigidos a los hijos sean muy escasos en comparación con las palabras de elogio y aliento, y especialmente hay que esforzarse por abstenerse de incurrir en la ira. Pues incluso cuando las reprimendas y los enojos están justificados, al abundar en ellos los padres, en realidad, les están transmitiendo a sus hijos: «Hemos fracasado. Pensábamos que la fe enriquecería nuestras vidas, que la orientación de la Torá iluminaría nuestro camino y que tendríamos una buena vida y una familia bendecida. Pero en la práctica hemos fracasado, y nuestras vidas están llenas de ira y frustración. Quizás sea mejor que ustedes elijan otro camino»…

Porque, aunque los padres exigen al niño que siga el camino de la Torá, al enojarse le dan el ejemplo de personas que no creen realmente en D’s y, por ello, no ven todo lo bueno que hay en sus hijos ni experimentan satisfacción y alegría en sus vidas. Esto no significa ignorar los problemas, sino fortalecer lo bueno muchas veces más, porque esa es la verdad: el bien es eterno, mientras que el mal es pasajero. Por lo general, cuando los padres mantienen un ambiente positivo, la mayoría de los problemas desaparecen y se descubre que los niños son mucho mejores de lo que aparentemente parecía.

Matrimonio e hijos

Los padres que desean alentar a sus hijos a casarse y formar familias bendecidas deben primero corregirse a sí mismos y continuar despertando y renovando el amor y la alegría en su propio matrimonio. A partir de ello podrán alentar a sus hijos a casarse.

Hermosas anécdotas

Una persona muy querida y respetada me contó que, cuando era joven, se chupaba el dedo hasta una edad avanzada. Cuando llegó el momento de ingresar a noveno grado, su padre le dijo: «Ahora vas a entrar en una yeshivá para jóvenes mayores; ha llegado el momento de que dejes de chuparte el dedo». El hijo le respondió a su padre: «Es muy difícil. Mira, tú también fumas, aunque sabes que es perjudicial para la salud». El padre escuchó y guardó silencio. Desde ese momento dejó de fumar, y posteriormente su hijo también dejó de chuparse el dedo.

Otra historia me la contó un estudioso de la Torá. Cuando estudiaba en una yeshivá secundaria, su padre lo reprendió varias veces porque no se dedicaba suficientemente al estudio de la Torá. En una de esas ocasiones, el hijo le dijo a su madre: «¿Por qué papá me reprende porque no estudio, si él mismo pasa tanto tiempo sin estudiar?» La madre se lo contó a su esposo. Sus palabras penetraron en su corazón, y desde entonces y hasta su vejez, fijó tiempos para el estudio de la Torá y se dedicó a él con gran perseverancia.

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