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VAIEJI 

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Hay quienes se equivocan en medir la grandeza de un estudioso de la Torá por su dedicación a determinados detalles de gran trascendencia, pero la principal dimensión en este estudio radica en la comprensión de los grandes temas, tal como lo hiciera el Rabino Jaim Drukman, de bendita memoria.

Selección de algunos elementos de su pensamiento sobre los cuales solía insistir una y otra vez.

«Aunque se percibiesen en el pueblo de Israel elementos negativos, es importante recordar que solo se trata factores exógenos y que es preciso incursionar al interior de la nación para revelar el bien verdadero que anida en las profundidades de su ser».

«El mero hecho del despertar de los hijos de Israel y su deseo por regresar a su tierra y a sus valores nacionales contiene en sí la luz de la teshuvá. Esta, es un retorno de carácter interior, y no hay fuerza en el mundo que pueda evitar que irrumpa y se manifieste en todos los ámbitos de la vida».

«El surgimiento del Estado de Israel es la base para la santificación del Nombre Divino en el mundo. Nuestro retorno a la tierra de Israel y nuestro afianzamiento en ella, nuestra independencia y nuestra actitud soberana abren el camino para el cumplimiento de nuestra misión en el mundo».

«A los efectos de regar el mundo con la luz de la Palabra de HaShem es preciso profundizar en la Torá de la tierra de Israel. La Torá de la tierra de Israel contempla al mundo con una actitud positiva y ve con buenos ojos a la generalidad de la vida, en todos sus aspectos, reconoce su valía y los eleva. La Torá de la tierra de Israel reconoce también el valor particular de la gran época en la que estamos viviendo».

¡Cuán difícil resulta escribir sobre el Rav Jaim, de bendita memoria!… él estaba tan vivo entre nosotros, infundía fe, amor y vida, y de repente nos vemos en su funeral y junto a su familia que se sienta en shiv’á. Sea su memoria justa y bendita. No obstante, sus enseñanzas siguen vivas. Existen diferentes niveles de palabras de Torá, y las que el Rav Jaim Drukman de bendita memoria aprendió de su maestro el Rav Tzví Yehudá Kuk y enseñó a las multitudes son unas de gran dimensión y profundidad. El Rav Jaim, de bendita memoria, que dedicó su vida a enseñar y expresar estos contenidos en la vida pública, es una de las verdaderas grandes eminencias de esta generación. Hay quienes se equivocan en medir la grandeza de un estudioso de la Torá por su dedicación a determinados detalles de gran trascendencia, como es el caso de la liberación de mujeres del estatus de viudez dudosa (hatarat agunot), pero la principal dimensión en este estudio radica en la comprensión de los grandes temas. Este artículo está dedicado a las palabras de Torá que solía enseñar el Rav Drukman reiterada y permanentemente (un especial agradecimiento al Rabino Shlomó Lindbaum que ayudó en la recopilación de los conceptos de los libros de las clases que impartiera el Rav Drukman).

El amor a HaShem

«El amor básico a HaShem nace en nuestros corazones a partir de la contemplación de la Creación, la cual está repleta de bondades celestiales. A partir de esta percepción se genera en nuestro interior el nivel básico de amor a HaShem… se trata de un amor que se origina en el interior… en las más insondables profundidades del alma, por el hecho de ser esta una chispa Divina, una parte del D’s Superior… este sentimiento supremo surge de la interioridad del ser humano, es el fundamento principal del amor y es mucho mayor que el que se absorbe a partir de la realidad exterior» (Hagadá de Pesaj pág. 219).

La mirada benevolente y la justificación de las acciones del prójimo

«En el seno del hombre se encuentra una alma viviente procedente de las alturas y en ella se encuentran ocultas una fuerza espiritual superior, así como también la aspiración al bien y a la justicia Divina. Esta fuerza anida incluso en aquellas personas entre las cuales no logra manifestarse, está presente también en el seno de los grandes pecadores, por tratarse de parte de la esencia del ser humano en su carácter de creatura al interior de la cual HaShem insufló un hálito de vida, el alma viviente. Abraham ama justificar a las demás creaturas y detesta incriminarlas (Bereshit Rabá 49:9), pues logra percibir en cada persona ese punto bueno superior, esa alma viviente trascendente. Aspira a ayudar a todos los demás individuos a manifestar en la práctica esta fuerza para que no se pierda, D’s no lo permita. Nosotros, los descendientes y continuadores de la prédica de Abraham debemos persistir en esta cualidad y apegarnos a ella» (HaTorá Ledorenu, Bereshit pág. 212).

«Aunque se percibiesen en el pueblo de Israel elementos negativos, es importante recordar que solamente se trata de factores exógenos y es preciso incursionar en el interior de la nación para revelar el bien verdadero que anida en las profundidades de su ser. Esta es la función que deben cumplir nuestros líderes, ayudar a que los judíos manifiesten ese punto interior y logren efectivizarlo».

«La unión del pueblo de Israel es el máximo de los valores. El modo de enfrentar el descenso espiritual del pueblo no es rasgándolo y dividiéndolo en tribus. En efecto, es preciso encontrar la forma de enfrentar los problemas existentes, pero simultáneamente es nuestro deber preocuparnos por la unidad nacional. Esto es difícil y complejo de realizar, ¡pero no tenemos alternativa! (HaTorá Ledorenu, Devarim pág. 296).

La Torá de la tierra de Israel

«La Torá nos guía en cómo vivir en una realidad terrenal sin ahogarnos en la materialidad, cómo dedicarnos a todos los ámbitos del quehacer mundanal con una halo celestial de santidad y pureza. Los preceptos de la Torá nos hacen encontrar permanentemente con el Soberano del Mundo «que nos consagró con Sus preceptos y nos ordenó»… el ser humano habita en la tierra y por medio de la Torá vive en ella una existencia celestial. Debemos reforzarnos por fortalecer la Torá, ya que solamente por su intermedio conferimos significado y valores a la vida y a la Creación, y a través de su ayuda revelamos el lado espiritual del mundo» (HaTorá Ledorenu, Bereshit pág. 76).

«A los efectos de regar el mundo con la luz de la Palabra de HaShem es preciso profundizar en la Torá de la tierra de Israel. La Torá de la tierra de Israel contempla al mundo con una actitud positiva y ve con buenos ojos a la generalidad de la vida en todos sus aspectos, reconoce su valía y los eleva. La Torá de la tierra de Israel reconoce también el valor particular de la gran época en la que estamos viviendo. Ella conoce las sombras y las tinieblas de nuestra época, pero prefiere enfatizar sus grandes luminarias, relacionándose de un modo sano y verdadero con todas las necesidades del pueblo y del país» (HaTorá Ledorenu, Bamidbar pág. 47).

«Lo ideal es formar un pueblo entero que marche en su totalidad por la senda de HaShem. Toda una nación que viva en su tierra una existencia soberana y se dedique a todos los ámbitos del quehacer humano. Una etnia completa que incluya todas la variedad de las fuerzas que conforman una nación, individuos espirituales y prácticos, poetas, escritores, ingenieros, agricultores y personas poseedoras de oficios, todos llevando adelante una única misma misión: ‘Y guardarán el camino de HaShem para actuar con justicia y benevolencia’. El origen de todo radica en la semilla de nuestro patriarca Abraham, quien inculcara la idea de que HaShem no es solamente el D’s del Cielo sino «el Señor de los cielos y de la tierra» (HaTorá Ledorenu, Bereshit pág. 281).

«Hay entre los estudiosos de la Torá quienes no entienden que esta está vinculada a la generalidad del pueblo de Israel y al Estado de Israel. Todo aquel que estudia Torá sin una conexión con la generalidad de la nación ni con el reino judío – su estudio resulta incompleto, adolece de una falta de comprensión respecto de la esencia real de la Torá, la cual surge del interior de la totalidad del pueblo de Israel a la hora de construir un país. Una Torá desconectada de estos valores resulta diaspórica y perteneciente al tiempo en el cual no poseíamos un estado ni una nación viva, sino que no éramos más que huesos dispersos en la tumba del exilio… por ello, la Torá de la diáspora se refiere únicamente al desarrollo del individuo, al tiempo que la Torá de la tierra de Israel se orienta al desarrollo de la generalidad de la sociedad» (HaTorá Ledorenu, Bereshit pág. 219).

El amor al prójimo y su acercamiento a la Torá

«El amor al prójimo no es un medio para acercarle a la Torá sino la meta en sí misma. ¡Es preciso amar a las creaturas sin que medie objetivo ulterior alguno! En efecto, cuando una persona ama a su prójimo, automáticamente lo acerca a la Torá, pues al amarlo desea su bien, y con certeza lo habrá de acercar a la Torá ya que esta es el mayor bien que le puede dispensar. El verdadero amor a todos los judíos acerca a la Torá…»

La fe en HaShem «debe generar un relacionamiento apropiado con todos los seres humanos que fueron creados a imagen y semejanza de D’s, incluso con los más alejados, tal como procediera Abraham con los tres ángeles que se presentaron ante él y pensara que se trataba de árabes que se prosternaban ante el polvo de las plantas de sus pies». «A partir de ese mismo móvil, el deseo de prodigar el bien, Abraham se conduce con ellos con una generosidad suplementaria y los lleva a bendecir a D’s… Abraham actúa en el mundo, no se limita a predicar desde su púlpito haciendo sentir culpables a las personas para de esa manera llevarlas por el camino de HaShem, sino que lo hace como un gran foco que irradia una luz singular y enseña a las demás creaturas el camino verdadero» (HaTorá Ledorenu, Bereshit pág. 155).

«El amor verdadero al Creador lleva al amor a las creaturas, tal como se dijera respecto del estudio de la Torá en aras del Cielo: ‘Ama al Creador, ama a las creaturas’ (HaTorá Ledorenu, Bereshit pág. 283).

La singularidad del pueblo de Israel, el amor al ser humano y a las demás naciones

«Nuestra singularidad se deriva de la cualidad misma del ser humano. Cuando entendemos el valor de otras naciones del mundo, cuán queridas, valiosas, elevadas y espléndidas son – ipso facto resalta más claramente la peculiaridad del pueblo de Israel y se comprende el beneficio que ha reportado la difusión de las acciones de HaShem entre todas las naciones del mundo.

Debemos amar a todo ser humano, todo lo bueno que en él se encuentra, y muy en primer lugar la imagen Divina que en él anida. En virtud de este amor deberá despertarse en nuestro interior el deseo de beneficiar a toda la humanidad y traer el bien espiritual y material a los seres humanos en todo el mundo.

‘El pueblo de Israel es a las naciones lo que el corazón es a los distintos órganos’. El corazón expresa la plenitud de la potencia de la singularidad israelita, pero al mismo tiempo expresa también la pertenencia del pueblo judío a la generalidad de la especie humana. A través del corazón fluye la vida hacia todo el cuerpo. La acción del corazón se lleva a cabo en el interior del cuerpo y no de un modo desconectado de este. Un corazón desconectado del cuerpo es un corazón muerto, sin importar cuán especial y maravilloso sea. El pueblo de Israel desea el bien y por su intermedio este llegará a toda la especie humana. Él es el fundamento de la felicidad de la humanidad toda, tal como fuera dicho ‘Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra'» (HaTorá Ledorenu, Vaikrá pág. 125).

El sionismo es la reparación del pecado de los espías

«En las últimas generaciones se manifestó en la realidad la teshuvá por el pecado de los espías, por el yerro de haber rechazado la tierra prometida. En vez de ‘y rechazaron la tierra deseable’ se manifestó potentemente el pasaje que dice ‘pues tus siervos desearon sus piedras y vieron con agrado su polvo’. El pueblo de Israel operó un despertar por ascender a su patria, construirla y dar su vida en pos de ella. En efecto, a raíz de ello tuvimos el mérito de que se inicie el florecimiento de nuestra salvación por medio del establecimiento del Estado de Israel, junto con la portentosa reunión de todos los exiliados y el avance de las diferentes etapas del proceso de la redención hasta nuestros días.

El mero hecho del despertar de los hijos de Israel y su deseo por regresar a su tierra y a sus valores nacionales contiene en sí la luz de la teshuvá. Esta, es un retorno de carácter interior y no hay fuerza en el mundo que pueda evitar que irrumpa y se manifieste en todos los ámbitos de la vida. El retorno a la tierra de Israel representa el inicio de esta teshuvá de carácter interior» (Kim’á Kim’á pág. 112).

El estado de Israel es la base de la revelación de la Divina Presencia y de la reparación del mundo entero

La misión del pueblo de Israel es la de «iluminar al mundo y enaltecerlo, pero mientras permanezca subyugado a otras naciones… se encuentra maniatado… independencia significa la liberación de las amarras… la independencia permite la revelación de la esencia misma de Israel y por su intermedio los judíos pueden manifestar su interioridad y expresarla de un modo efectivo y concreto en el mundo.

La situación denigrante del pueblo de Israel en el exilio no le permite efectuar su aporte singular a todos los seres humanos. El pueblo de Israel puede cumplir su misión e influir en el mundo solamente cuando se encuentra en una situación en la cual es valorado por las demás naciones. Solamente entonces puede darse un proceso real de influencia tanto espiritual como moral. El establecimiento de un estado le devolvió al pueblo judío su dignidad nacional, volvió a ser influyente, central e independiente. Su palabra en el mundo pasó a ser escuchada y a contar con un escenario sobre el cual expresarla. El pueblo judío pasó a tener poder y capacidades, volvió a tener un país» (Kim’á Kim’á pág. 260).

«El surgimiento del Estado de Israel es la base para la santificación del Nombre Divino en el mundo. Nuestro retorno a la tierra de Israel y nuestro afianzamiento en ella, nuestra independencia y nuestra actitud soberana abren el camino para el cumplimiento de nuestra misión en el mundo, cuando de Sion sale la Torá y la palabra del Eterno de Jerusalém. Todo ello abre el camino para la paz verdadera, en la cual ‘tornarán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces, una nación no alzará a espada contra otra y no aprenderán más el arte de la guerra'» (Kim’á Kim’á pág. 244).

 

 

 

 

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