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Cómo conducirse en cuestiones públicas

  • Toda cuestión pública debe analizarse a la luz de tres criterios: el religioso, el educativo y el político.
  • Lamentablemente, en las últimas generaciones, en el seno de algunos rabinos el criterio político ha adquirido un peso preponderante superando al religioso.
  • El atrincheramiento en los límites del propio campamento hizo que parte de los rabinos dejara a un lado valores de la Torá tales como poblar la tierra de Israel, estudiar ciencias naturales y servir en el ejército.

Cuando se privilegia el cálculo político se potencia el odio y se desemboca en las más duras discusiones, ya que mientras que el debate se mantiene en el marco del estudio de la Torá, este preserva su procedencia y mesura, pero cuando este adquiere ribetes políticos y la pregunta pasa a ser ‘si hemos de derrotar o no al grupo adversario o si son ellos los que habrán de prevalecer’, resulta «preceptivo» abstenerse de reconocer sus virtudes.

Últimamente, al reflexionar sobre algunas cuestiones de interés público, se reforzó en mi ser una idea que pudiera aportar a los debates generales que se nos presentan, y es la de que en toda cuestión pública se deben tener en cuenta tres parámetros: 1) el religioso, 2) el educativo y 3) el político.

El criterio religioso   

Lo primero y esencial a sopesar es qué dice la Torá sobre el tema en cuestión, y este debe ser el criterio principal a tener en cuenta, ya que la Torá incluye a todos los valores y es la que determina qué resulta obligatorio, qué es preceptivo y que es simplemente una excelencia en el accionar, cuándo la norma se origina en la misma Torá y cuándo es de prescripción rabínica. Por otra parte, este análisis nos aclara también qué es lo que está prohibido por la Torá y qué está vedado por ordenanza rabínica, qué resulta impropio, pero a posteriori o en situación de gran necesidad está permitido.

A los efectos de aclarar el criterio religioso en el análisis es necesario profundizar en la Torá Escrita, en las palabras de los sabios, los gueonitas, los medievales (rishonim) y los de las últimas generaciones (ajaronim).

El criterio educativo

Una vez sopesado el aspecto religioso de la cuestión a tratar debe sumársele el criterio educativo, en casos en los cuales parezca que cumplir una ordenanza de la Torá pueda implicar consecuencias educativas negativas sobre otros de sus valores y sus preceptos. Por lo tanto, a veces, cuando la postura religiosa no está asentada en un principio importante de la Torá, el criterio educativo se le sobrepone.

Así, por ejemplo, los sabios de Israel ordenaron actuar respecto de costumbres que no se condicen exactamente con la halajá pero son positivos. En casos como estos, es a veces conveniente preferirlos por el valor educativo implícito en la preservación de la tradición ancestral. Tal como dijera Rabí Yosei: «Aunque os hayamos enviado la redacción exacta del rezo, no os apartéis de la que heredaron de vuestros finados padres» (Talmud Jerosolimitano Tratado de Eruvín 3:9). De igual manera, a veces, resulta halájicamente posible adoptar una actitud flexible mas no se procede de este modo para que el público no aprenda del caso en cuestión a ser flexible en otros asuntos, lo cual es hoy denominado como «el temor a una pendiente resbaladiza». En otras ocasiones, se aplica el criterio opuesto, o sea, a pesar de que por la halajá algo está expresamente prohibido nos abstenemos de censurarlo públicamente pues resulta mejor que la gente transgreda involuntariamente por desconocimiento que voluntariamente y a sabiendas, ya que si las personas se acostumbran a transgredir una norma, pasarán a hacerlo con otras.

El criterio político

Además de los criterios religioso y educativo, esporádicamente cabe también tomar en cuenta el criterio colectivo – social, que en la terminología de las ciencias políticas podemos llamar como consideraciones de índole política. Por ejemplo, a veces cabe no sumarse a una iniciativa justa cuando quienes la impulsan son personas que no corresponde apoyar o fortalecer por detentar posturas que pueden resultar perjudiciales. Algo similar a esto fue el proceder de Rabán Shim’ón Ben Gamliel al borrar los nombres de Rabí Natán y Rabí Meir por cuanto que pusieron en tela de juicio la institución del Nasí o presidente del Sanhedrín (Tratado de Horaiot 13(B)).

La diferencia entre el criterio religioso y el educativo o político

En la misma Torá encontramos estos tres criterios de análisis. Los valores más básicos se manifiestan en los preceptos generales y centrales, como por ejemplo, creer en HaShem y estudiar la Torá, amar al prójimo, actuar con justicia y ecuanimidad, cuidar el Shabat y las festividades, poblar la tierra de Israel, construir el Sagrado Templo de Jerusalém e incrementar el bien y la bendición en el mundo. En torno a estos, encontramos preceptos que tienen un cometido educativo como el enseñar Torá a los niños pequeños, narrar la salida de Egipto, vestir el tzitzit, colocar el tefilín y fijar una mezuzá. Alrededor de estos últimos encontramos preceptos que persiguen un objetivo político, esto es, construir una sociedad que sirva como marco de apoyo y empoderamiento para el estudio de la Torá y la observancia de los preceptos, por ejemplo, nombrar un rey, establecer un orden de procedimiento judicial, determinar el estatus de los cohanim y de los leviim.

Sin embargo, dado que todos estos preceptos fueron incluidos tanto en la Torá Escrita como en la Oral en su debido peso específico resultan ser parte inseparable de la cuestión religiosa ya que virtud de la situación de la sociedad surgen temas educativos y políticos ulteriores, y dado que no expresan los valores eternos incluidos en los criterios religiosos, su estatus resulta ser inferior y secundario respecto a estos.

En las últimas generaciones ha preponderado el criterio político

Lamentablemente, a pesar de que las consideraciones de tipo político son las de menor jerarquía, en el caso de muchos rabinos el orden natural de las cosas se ha invertido y en un sinnúmero de temas el cálculo político ajeno a la Torá se ha transformado en el más importante, después de este el educativo y solamente al final aplican el criterio religioso. De ese modo, vemos que a veces se refieren a posturas de la Torá, pero aplicando criterios políticos, o sea, si servirá o no para reforzar la posición de nuestro grupo religioso. Recordemos algunos ejemplos.

Poblar la tierra de Israel

Desde un punto de vista estrictamente religioso el precepto de poblar la tierra de Israel es sumamente encumbrado, al grado de que nuestros sabios dijeron que su importancia equivale a la sumatoria de la de todos los demás preceptos de la Torá (Sifrei Reé 53), y quien reside en el extranjero es considerado como un idólatra (Talmud Babilonio Tratado de Ketuvot 110(B)). Además, es preceptivo estar dispuesto a arriesgar la vida en aras de conquistar la tierra de Israel tal como lo explica la Torá, y nuestros sabios permitieron transgredir una prohibición rabínica sabática de segundo orden (shvut deshvut) a los efectos de redimir una pequeña casa en nuestro país (Shulján Aruj Oraj Jaím 306:11). A pesar de ello, hubo rabinos que se opusieron enconadamente al movimiento sionista ya que su dirigencia era secular. El motivo de su reserva era de orden educativo, para que la participación en la aliá y la colonización no lleve a un debilitamiento religioso de los participantes. Pero en no menor medida, el motivo era también de índole política, no sea que el apoyo al movimiento sionista confiera legitimidad pública a su dirigencia que no era observante.

El precio que pagamos fue muy pesado, además de abandonar un precepto importantísimo, en la práctica resultó que los cálculos educativos y políticos fueron erróneos, ya que justamente entre quienes vinieron a vivir a la tierra de Israel el porcentaje de debilitamiento religioso fue relativamente más bajo que el de quienes permanecieron en el extranjero. Asimismo, los movimientos religioso y jaredí se fortalecieron en Israel mucho más que en la diáspora.

El precepto de servir en el ejército

Desde el punto de vista religioso es un gran precepto enrolarse en el ejército de Israel y defender al país y al pueblo judío, y quien sirve en él cumple dos preceptos cuya importancia equivale a la sumatoria de todos los demás preceptos de la Torá: 1) el precepto de poblar la tierra de Israel, 2) salvar al pueblo de Israel de manos de sus enemigos (Pninei Halajá HaAm VehaAretz 4:1). Sin embargo, por motivos educativos y políticos hay rabinos que sostienen que está prohibido enrolarse.

Si bien el argumento educativo puede resultar de peso, ya que, si a raíz del enrolamiento una persona puede llegar a dejar de observar los preceptos, cabe considerar esta actitud, pero si se acepta que el criterio religioso es el más importante a la hora de decidir, es menester buscar una solución a la problemática por medio del establecimiento de Yeshivot Hesder o del Najal Jaredí. Empero, el cálculo de orden político, esto es, el de reforzar la sociedad jaredí y no al estado finalmente preponderó y en virtud de ello dejaron sin efecto el cumplimiento de un mandato de la Torá.

El precio resulta ser muy pesado, ya que implica tergiversar la moral más básica, atentar contra el principio de la responsabilidad mutua y llevar a la anulación del cumplimiento de un precepto que abarca a la totalidad del pueblo de Israel. Como corolario de todo ello, esta actitud genera disenso, pleitos y riñas intestinas en el seno de la misma sociedad jaredi.

La ciencia como el estudio de la obra de la Creación (Ma’asé Bereshit)

Según la Torá es preceptivo estudiar ciencias, que son la sabiduría del Creador, y son llamadas «Ma’asé Bereshit» (lit. ‘la obra de la Creación’), respecto de las cuales dijeron nuestros sabios que «sobre todo aquel que puede estudiar ciencias y no lo hace aplica el versículo que reza ‘la obra de HaShem no contemplarán y la acción de Su mano no verán'» (Talmud Babilonio Tratado de Shabat 75(A)). Así escribieron también el Rambám, el Maharal, el Gaón de Vilna y otros. Sin embargo, por cálculos de tipo educativo, a los efectos de evitar el debilitamiento religioso de los estudiantes y preservar su apego a la tradición y a los preceptos, hubo rabinos que instruyeron que no se enseñasen ciencias. Si el problema fuese puramente educativo, cabría esforzarse en diseñar un marco pedagógico en el cual se enseñasen ciencias desde una perspectiva observante. Sin embargo, en el seno de algunos rabinos el criterio político se impuso, esto es, dado que la ciencia pertenece a la modernidad y muchos de los que la profesan son seculares, es necesario oponérsele con la mayor de las firmezas.

El precio resulta ser pesado, formar una sociedad que niega la ciencia y reduce la comprensión de la Torá termina llevando a una situación que es descrita en las palabras del Gaón de Vilna en los siguientes términos: «Todo aquel que carece de una mano en los saberes mundanos, como contraparte carece de otras cien en la sabiduría de la Torá». Además, este estado de cosas provoca desprecio hacia la sociedad jaredi y afecta negativamente su capacidad de ganarse el sustento, por lo que terminan recurriendo a la tzedaká proveniente de fondos públicos.

Cuando el criterio político es el determinante se deja sin efecto la Torá

Si hoy se dijese que en los próximos años se habrá de suspender el cumplimiento de grandes preceptos en virtud de lo que nos parece un peligro educativo de gran magnitud y una amenaza a la sociedad religiosa, resultaría posible entender su postura, ya que a veces cabe tomar en consideración cálculos de orden educativo y político no incluidos en la Torá. Pero esto es así a condición de que se trate de una medida temporaria que está previsto derogar a la brevedad, tal como corresponde que las consideraciones de tipo humano queden sin efecto ante la Torá que es Divina. Pero cuando ya pasaron generaciones enteras durante las cuales estos preceptos fueron relegados a un segundo plano, al grado de que se censuran pasajes enteros de los libros antiguos a los efectos de apoyar su postura, resulta entonces que las consideraciones de índole política opuestas al criterio religioso son las que preponderaron.

De ese modo, eligen enfatizar los preceptos según pequeños cálculos humanos, o sea, en relación con el grado de reforzamiento social que le proporcionan a su comunidad y no según los parámetros de la Torá que recibimos en Sinai. De igual manera, ensalzan costumbres y prácticas que refuerzan a su sociedad, según su entender, a cuenta de los fundamentos de la Torá y la moral.

El criterio político es el fundamento de la discordia

Quienes prefieren tomar en cuenta consideraciones de orden político sostienen que estas se apoyan en la necesidad de odiar a los malvados por completo, tal como fue dicho: «¿Acaso no he de odiar a quienes te odian ni luchar con quienes contra Ti se alzan? Les odio enteramente, se tornaron mis enemigos» (Tehilm – Salmos 139:21-22). Sin embargo, esta tesitura se refiere a pecadores individuales malvados como en el caso de los apóstatas, los que abjuraron de su fe y los que entregaron a otros judíos a las autoridades, y no sobre las multitudes de los hijos de Israel (ver Avot de Rabí Natán 16).

Esta es la regla general, en cada ocasión en la cual surge una contradicción entre el odio y el amor, se debe conferir al segundo y al valor de la paz el sitial de preferencia y se debe limitar al primero al ámbito exclusivo de las malas acciones concretas. Esto es lo que aprendemos en el libro Midot HaRaaiá (Ahavá 5), que cuando surge una contradicción entre los valores del amor y el odio, el amor es más fuerte ya que su potencia es mayor y su alcance más general, al tiempo que el odio debe centrarse únicamente en el mal exterior. Esto está insinuado en el hecho de que en la halajá se suele anteceder la derecha a la izquierda, por cuanto que la primera representa la benevolencia y la generosidad.

Sin embargo, cuando se prefiere tomar en consideración el criterio político por sobre los demás, se incrementa el odio y se llega a las más duras de las discordias, ya que cuando se privilegia el cálculo político se potencia el odio y se desemboca en las más duras discusiones, mientras que, si el debate se mantiene en el marco del estudio de la Torá, este preserva su procedencia y mesura. Pero cuando una discusión adquiere ribetes políticos, la pregunta pasa a ser si hemos o no de derrotar al grupo adversario o son ellos los que habrán de prevalecer. Según esta lógica, resulta «preceptivo» abstenerse de reconocer las virtudes del bando contrario y «un acto de bien» describirlos en los más duros términos por cuanto que su mera existencia es ilegítima.

De ese modo, las consideraciones de orden político se transforman en lo principal, dejan sin efecto a los fundamentos de nuestra tradición y el centro de las discusiones y los debates no pasa ya por la Torá y los valores sino por la pregunta de ¿quién habrá de estar a la cabeza?, con lo cual las cuestiones de orden espiritual quedan a relegadas a un segundo plano.

La política correcta

El estado correcto de cosas es que las consideraciones de tipo político sirvan a las cuestiones religiosas y no las desplacen a un costado. De ese modo, poseen una enorme importancia, ya que si se sabe actuar correctamente en el ámbito público resulta posible fortalecer el aprecio y el amor de la gente hacia la Torá y en virtud de ello se puede incrementar el deseo de las personas de observar los preceptos. Empero, cuando las consideraciones de tipo político son las primeras y las principales, y se desprenden de cálculos humanos que procuran fortalecer a un grupo específico, estamos ante un tipo de política que afecta negativamente a los valores de la Torá.

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