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La profecía en el pueblo de Israel

  • La profecía es una manifestación de amor Divino para con aquellas creaturas que a Él se apegan.
  • Durante la entrega de la Torá en el Monte Sinai todo el pueblo de Israel recibió profecía en un nivel elevado, por encima del orden habitual, para enfatizar que la singularidad de esta experiencia está dirigida especialmente hacia el pueblo de Israel.
  • La virtud de la profecía está vinculada a la santidad de la tierra de Israel y por ello esta no reposa sino dentro de sus confines, y en caso de manifestarse en el extranjero, lo hace en aquellas visiones que se ocupan de temas a ella vinculados.

La cualidad más notoria del pueblo de Israel es su permanente deseo de incrementar el bien y la abundancia en el mundo, por medio de la revelación de la Palabra de HaShem y Su bendición, del poblamiento de su tierra patria y su marcha por las sendas de D’s con benevolencia y justicia. Por ello, dado que la profecía está destinada justamente a revelar la Palabra de HaShem y Su guía para la reparación y la redención del mundo, se trata entonces de la habilidad más característica del pueblo judío.

En el marco de la tarea de escribir el tomo de la serie de Pninei Halajá dedicado a la fe y a la idolatría, que incluye también el tratamiento de los temas de la profecía y el espíritu de santidad amén de los de la brujería y los encantos, recientemente me ocupé de la cuestión de la visión profética que es uno de los fundamentos de la fe. Dos de los trece principios de la fe que escribiera el Rambám se refieren a esta experiencia. Por lo tanto, pensé que sería oportuno compartir con los lectores algunos pasajes del borrador del libro.

La profecía

Uno de los principios de la fe es que en virtud del amor que le profesa HaShem al ser humano, que fue creado a Su imagen y a Su semejanza, D’s se les revela a algunos justos escogidos que a Él se apegan y les concede profecía, de modo tal que estos logran captar y entender la luz Divina en la medida que les resulta posible y pueden expresar el contenido del mensaje por medio del pensamiento y el habla.

Por medio de la profecía aumentan tanto la comunicación del profeta con D´s como  su apego a Él, llenándose de amor y temor a HaShem, y posteriormente, durante todos los días de su vida extrañará y anhelará la revelación de luz Divina y la visiones proféticas experimentadas (Cuzarí 4:3-5, 15: 5 y 22), deseará manifestar la imagen Divina que se aloja en su interior, querrá ser socio y partícipe en la reparación y el mejoramiento del mundo, al tiempo que instará a su familia, a sus amigos y a la humanidad en general a apegarse a la fe y a la moral bajo la guía de la Torá.

Por medio de la profecía el ser humano logra elevarse más allá de los límites corporales para conectarse con HaShem y apegarse a Él, y en virtud de ello alcanza una conciencia superior que trasciende la mente humana, y de una vez percibe una imagen completa y compleja a través de la cual se supera en su comprensión de la manifestación de la Divinidad en el mundo y los canales por los que esta opera (Derej HaShem III 3:4, 6).

La profecía se capta por medio de la imaginación y se entiende a través del intelecto, tal que la consciencia percibida resulte certera y clara en comparación con aquella asimilada por la vía de las facultades mentales que son pasibles de duda. Por lo tanto, por medio de la profecía el ser humano puede comprender la esencia de la vida, de la fe y su significado en mayor medida que la que puede aprehender por la sola vía del intelecto. Sin embargo, por otra parte, dado que la conciencia profética se capta a través de la imaginación, en caso de no mediar una crítica de la razón respecto de las imágenes percibidas la persona puede errar en su comprensión. Por lo tanto, el profeta debe estar completo en su formación intelectual y ha de ser conocedor de las distintas ciencias (Cuzarí 1:11, 4:3, 11, y ver en Midot HaRaaiá Emuná 7).

Los distintos niveles de profeta

Hubo profetas que tuvieron visiones para sí, y por su intermedio se elevaron en la comprensión de la fe y el significado de la Torá y de ese modo continuaron elevándose en el refinamiento de sus virtudes y sus buenas acciones influenciando positivamente a quienes les rodeaban. La mayoría de los profetas, además de contar con una singular calidad personal, fueron enviados por HaShem para anunciar Su Palabra a otras personas o al público en general. Algunos de estos mensajes fueron grandes visiones destinadas a la posteridad y estas son las incluidas en los libros de los profetas del Tanaj. Dijeron nuestros sabios: «Numerosos profetas se erigieron en el seno del pueblo de Israel, dos veces tanto como el número de judíos que salieron de Egipto» (Tratado de Meguilá 14(A)). Sin embargo, los sabios de la Gran Asamblea incorporaron al canon bíblico solamente las visiones de cuarenta y ocho profetas y siete profetisas, cuyos mensajes resultaban necesarios para todas las generaciones.

La profecía en el pueblo de Israel

La cualidad más notoria del pueblo de Israel es su permanente deseo de incrementar el bien y la abundancia en el mundo, por medio de la revelación de la Palabra de HaShem y Su bendición, a través del poblamiento de su tierra patria y su marcha por las sendas de D’s con benevolencia y justicia (Bereshit– Génesis 12:1-3, 18:18-19). Dado que la profecía está destinada a revelar la Palabra de HaShem y Su guía para la reparación y la redención del mundo, se trata entonces de la virtud más característica del pueblo judío. Tal como explicara Rabí Yehudá HaLeví en su libro ‘Cuzarí’, la profecía es la cualidad particular y singular del pueblo de Israel, por ello fue dicho: «Y seréis para Mí un pueblo singular entre las naciones» (Shemot-Éxodo 19:5). Respecto de esto dijo nuestro maestro Moshé: «Quiera D’s que todo el pueblo del Eterno profetice, y HaShem conceda Su espíritu sobre ellos» (Bamidbar-Números 11:29). En efecto, así será en el futuro, todos los hijos de Israel accederán a la profecía, tal como fue dicho: «Y entonces, después de todo ello, derramaré Mi espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros ancianos tendrán sueños reveladores y vuestros jóvenes contemplarán visiones» (Yoel 3:1). De ese modo, todos recibirán abundante luz de vida e incrementarán el bien y la bendición en el mundo, cada uno conforme a su nivel particular.

La entrega de la Torá en el Monte Sinai

Fue así como en el Monte Sinai todo el pueblo de Israel, hombres y mujeres, ancianos y niños alcanzaron un grado sinigual de la profecía. Y si bien por lo general solamente una persona sabia y poseedora de cualidades personales especiales es capaz de recibirla, HaShem quiso que en esa ocasión el pueblo de Israel todo pudiese manifestar su singularidad, la de que cada miembro de la nación es digno de elevarse en la sabiduría y el refinamiento de la personalidad y alcanzar la dimensión profética (Cuzarí 1:41-43).

Dijeron nuestros sabios que todas las almas judías que habrán de nacer en el futuro estuvieron presentes en el Monte Sinai y absorbieron allí la fe y la Torá. Sobre esta cuestión, Moshé Rabenu le dijo a los hijos de quienes estuvieron de pie junto a la montaña, pero no lo hicieron por sí mismos: «HaShem nuestro D’s estableció con nosotros un pacto en Jorev (otro de los nombres de Sinai), no con nuestros ancestros estableció este pacto sino con todos nosotros los que estamos aquí y ahora con vida» (Devarim-Deuteronomio 5:2-3). Por ello, cuando los padres educan a los hijos en el camino de la Torá y los preceptos no les enseñan cosas nuevas, sino que despiertan en su interior aquello que ya estaba oculto en sus almas desde el día de la entrega de la Torá en Sinai. Tal como fue dicho: «No con ustedes solamente Yo establezco hoy este pacto y esta advertencia, lo hago con quienes se encuentran hoy aquí presentes junto a nosotros de pie ante HaShem nuestro D’s y con quienes no» (ídem 29:13-14). Nuestros sabios agregaron que incluso las raíces de las almas de los futuros conversos participaron de la entrega de la Torá (Tratado de Shabat 146(A)).

Judíos, conversos y personas no aptas para contraer matrimonio

Nuestros sabios dijeron (Tratado de Kidushín 70(B)) que HaShem «extiende Su Presencia sobre las familias israelitas de abolengo» y no sobre aquellas que poseen personas no aptas para contraer matrimonio, las cuales no son dignas de recibir la profecía. Los justos prosélitos son también dignos de recibir la profecía (Tosafot, Rosh y Maharit allí). Asimismo, aprendimos que un converso llamado Ovadiá fue profeta y alcanzó la revelación por el mérito de haber escondido y alimentado a cien profetas en una cueva para así salvarlos de las persecuciones reales (Tratado de Sanhedrín 39(B)). Hay quienes dicen que la profecía que reciben los conversos está principalmente dirigida a las naciones del mundo (ver en libro Meshej Jojmá a Devarim 18:15, y quizás también el Cuzarí 1:115 podría estar de acuerdo con esta idea).

La profecía se revela por el mérito del pueblo de Israel

Dado que la profecía es la revelación de la Palabra de D’s para influenciar el bien en el mundo, y dado que HaShem escogió al pueblo de Israel para esta misión, cuando los judíos no pueden actuar abiertamente en pos del mejoramiento y la reparación universales la profecía no se manifiesta. Incluso en el caso de nuestro maestro Moshé, HaShem no habló con él sino por el mérito de la totalidad de la nación (Tratado de Berajot 32(A)). En ese mismo sentido, nuestros sabios dijeron que el anciano Hilel era digno de recibir la profecía, pero su generación no la merecía, y por ello esta no le fue concedida (Tratado de Sanhedrín 11(A)).

Cuando el pueblo de Israel es meritorio de que se manifieste en su seno la Divina Presencia en un elevado nivel de revelación, las personas aptas para ello alcanzan una eminente profecía, semejante a la que recibiera Moshé en días de la generación en la que se conformó la nación y se recibió la Torá. Sin embargo, cuando la nación israelita se encuentra en un estadio inferior, sus profetas reciben una profecía de índole menos elevada. Por lo tanto, la virtud de los primeros profetas era superior a la de los postreros que vivieron en los días previos a la destrucción del Primer Templo (Gaón de Vilna a Yshaiahu-Isaías 1:1).

La tierra de Israel es el sitio de la profecía

Dado que la profecía es la revelación de la Divina Presencia necesaria para la reparación del mundo, esta tiene lugar principalmente en la tierra de Israel, que es sagrada y está destinada a la manifestación de la Palabra Divina en el mundo. Así, en la práctica, la gran mayoría de los profetas vivió en la tierra de Israel, en Jerusalém que era la ciudad sagrada y el sitio del Templo y por ende fungía como el centro de la profecía. Tal como dijeron nuestros sabios, todo profeta del cual no se menciona expresamente su localidad de origen, era oriundo de Jerusalém (Tratado de Meguilá 15(A)). Por el contrario, fuera de la tierra de Israel casi que no hay posibilidad de profetizar, tal como dijeron nuestros sabios: «La Divina Presencia no se manifiesta fuera de la tierra de Israel». Por ello, cuando el profeta Yoná (Jonás) quiso dejar de profetizar sobre Asiria se fue al extranjero, tal como fue dicho (Yoná-Jonás 1:3, 10): «Y se dispuso Yoná a irse en dirección a Tarshish para huir de la Presencia de D’s… pues de D’s él se escapaba» (Mejilta DeRabi Ishmael Bó, ver también Tratado de Mo’ed Katán 25(A)).

Los profetas que recibieron profecía en el extranjero estaban vinculados a la tierra de Israel, motivo por el cual pudieron ejercer su función, tal como lo explica Rabí Yehudá HaLeví: «Todo aquel que profetiza, no lo hace sino en esta tierra o en pos de ella». Así ocurrió con la primera profecía que recibió nuestro patriarca Abraham, la cual, si bien tuvo lugar en el extranjero, su contenido le indicaba encaminarse a la tierra de Israel. Otro tanto acaeció con las de Yejezkel (Ezequiel) y Daniel, quienes además en ambos casos habían conocido el Primer Templo y la gloria de la Divina Presencia que en este se manifestaba, la cual «durante los días en que reposaba sobre esta Casa, toda persona poseedora de las capacidades particulares apropiadas lograba acceder a la profecía». Es así entonces como la profecía provenía de la tierra de Israel y del Sagrado Templo. También Moshé, Aharón y Miriam que profetizaron en la tierra de los faraones, lo hicieron sobre la salida de Egipto que tenía por finalidad ingresar a la tierra de Israel. Además de ello, los sitios de Egipto en los cuales profetizaron eran aquellos cercanos a la frontera con la tierra de Israel (Cuzarí 2:14, ver allí 4:10, 17).

Todos los hijos de Noaj son dignos de alcanzar el espíritu de santidad

Todos los hijos de Noaj son dignos de alcanzar el espíritu de santidad, tal como dijeron nuestros sabios (Eliahu Rabá 9): «Pongo por testigos míos al cielo y a la tierra que tanto un hijo de Israel como un gentil, tanto un hombre como una mujer, tanto un siervo como una sierva, todos pueden lograr que repose sobre ellos el espíritu de santidad por obra de sus méritos». Y así también lo escribió el Rambám (Hiljot Yesodei HaTorá 9:1).

Sin embargo, la profecía destinada a aclarar cuestiones de la Torá fue dada únicamente al pueblo de Israel, tal como fue dicho: «Un profeta del seno de tu pueblo, uno de entre tus hermanos» (Devarim-Deuteronomio 18:15). Tal como explicaran nuestros sabios en el Sifrei, se refiere a profetas que son exclusivamente hijos del pueblo de Israel (ver también Tratado de Berajot 7(A), Tratado de Baba Batra 15(B)). Nuestro maestro el Rav Kuk enseñó que esto es así a los efectos de que se preserve un centro que sea aquel que mantenga y revele la fe en la Unicidad Divina (LiNvujei HaDor 8:14). El Rambám en su epístola a los judíos del Yemen explicó que HaShem dispuso que la profecía destinada a detallar eventos futuros sea entregada únicamente al pueblo de Israel, pero aquella dirigida a despertar a las personas a creer en la Torá de Moshé puede provenir de todas las naciones.

Para finalizar, mi maestro, el Rav Tzví Yehudá Kuk de bendita memoria, explicó que en términos generales la profecía es un nivel que corresponde al pueblo de Israel, al tiempo que el espíritu de santidad pertenece tanto a los judíos como a los miembros de las demás naciones.

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