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Echa al hijo de la sierva

VAIERÁ 5784

Echa al hijo de la sierva

 

Nuestra matriarca Sara castigó a Hagar y la afligió para ponerla en su lugar.

Solo cuando entendió que ya no hay chance de que Hagar e Yshma’el se vayan por su cuenta decidió pedir echarlos.

El decreto divino de expulsar a la sierva y a su hijo aplica también cuando efectivizarlo no resulta agradable.

Cuanto más aportamos al florecimiento de nuestros vecinos yshma’elitas, más se intensificó su lucha en nuestra contra.

Recae sobre nosotros el precepto de evaluar la factibilidad de promover la emigración de nuestros enemigos de nuestro país y diseñar la metodología necesaria para ello.

Si no vamos a poder sacar a nuestro enemigo de todos los confines de nuestra tierra, tendremos que sufrir.

El único modo de liberar a los musulmanes del deber de luchar en pos de la destrucción del Estado de Israel es derrotarlos de manera absoluta hasta que comprendan que no tienen chance de derrotar al país judío ni debilitar su poderío.

La buena intención y las fisuras

En un inicio la intención fue muy buena. Al ver nuestra matriarca Sara que HaShem había cerrado su matriz, con gran generosidad decidió dar su buena sierva a Abraham. Se trató de un acto benevolente para con Abraham a los efectos de que tuviera un hijo tras tantos años de intentarlo y a la vez, era un enorme favor para con su sierva al permitirle conectarse con Abraham, un hombre justo y respetado, permitiendo así que sus hijos se sumen a la gran visión y el gran proyecto que Abraham y Sara habían traído al mundo. A Sara le resultó claro que Hagar -quien hasta ese entonces había aceptado su liderazgo con sumisión y amor- seguiría reconociendo su preeminencia y que el hijo que le naciera se educaría bajo su tutela. Creyó, además, que por el mérito de su generosidad, HaShem aceleraría su redención y quizás hasta le concediese un hijo propio y así, el hijo de Hagar se sumaría al suyo en la concreción del gran proyecto que habían traído al mundo, el cual a su vez reconocería la preponderancia del hijo que le habría de nacer a Sará.

Sin embargo, ni bien Hagar quedó embarazada, “su ama perdió estima a sus ojos” (Bereshit-Génesis 16:4). Ya no asistía a Sara como en un inicio, en su fuero interior dejó de respetarla, y dijo para sí: “Esta Sara, su interior no se asemeja a lo que manifiesta, se muestra como si fuera una mujer justa mas no lo es, pues no logró embarazarse en todos estos años y yo quedé encinta de inmediato” (Rashi a Bereshit-Génesis 16:4).

De modo similar, muchos años después, los musulmanes vieron en la destrucción del Templo y en el exilio del pueblo judío la prueba de que HaShem había dejado sin efecto Su pacto con el pueblo de Israel al tiempo que entendieron que sus victorias militares eran la demostración de que ellos nos habían sustituido como herederos del legado de nuestro patriarca Abraham.

La primera reacción de nuestra matriarca Sara

Nuestra matriarca Sara castigó a Hagar y la afligió para ponerla en su lugar. El Rambán y el Radak entienden que no procedió correctamente. Sin embargo, nuestra justa matriarca Sara mantenía la esperanza de que si llamaba a Hagar al orden el estado de cosas se recompondría. Pero Hagar ya no aceptó sobre sí su autoridad y se escapó de la casa. Solamente después que un ángel de HaShem le dijera: “Retorna a tu ama y sométete ante su dominio” (Bereshit-Génesis 17:9) regresó, se subordinó aceptó su autoridad y dio a luz a Yshma’el al cual crio bajo la tutela de sus amos, Abraham y Sara.

Incluso después de nacido Ytzjak, parecía que Hagar aceptaba la preeminencia del hijo de su ama por sobre el suyo. Sin embargo, cuando Ytzjak era un niño, Yshma’el comenzó a burlarse de él. Si Ytzjak trataba de crecer en el cultivo de sus virtudes entonces él se forjaría un camino diferente. Hay quienes sostienen que Yshma’el comenzó a ir en pos de la idolatría y las relaciones sexuales prohibidas, y hay quienes entienden que jugaba con Ytzjak juegos que ponían en riesgo la vida de este útlimo y manifestaban su deseo interior de asesinarlo, ya que lo odiaba por haber ocupado su lugar. Las personas decían: ‘Miren a Abraham el hebreo, quien toda su vida nos predicó que nos abstuviésemos del robo, de las relaciones prohibidas y del asesinato, ¡y he aquí que su hijo Yshma’el es un salvaje! (Ver Bereshit Rabá 53:11).

La decisión de la expulsión

Entonces, Sara entendió que ya no había chance de que Hagar e Yshma’el siguiesen el camino de nuestros patriarcas. El retorno de Hagar a la casa y la aceptación de su autoridad habían sido tan solo una apariencia, Hagar realmente había olvidado la generosidad de su ama, el hecho de que le había dado a su marido, y en su fuero interior estaba decidida a suplantarla y que su hijo Yshma’el sea el continuador de la línea de Abraham. Aparentemente, este fue el motivo por el cual Yshma’el comenzó a ir por malos caminos. De haberse quedado en la casa, el gran ideal de nuestros patriarcas de construir una familia y una nación podía haberse visto desbaratado. “Dijo (Sara) a Abraham: Echa a esta sierva y a su hijo, pues no habrá de heredar el hijo de esta esclava junto con mi hijo, con Ytzjak” (ídem 21:10).

Esto le resultó sumamente difícil a nuestro patriarca Abraham. Él, que durante toda su vida acercó con amor a personas distantes, se veía ahora ante la demanda de expulsar a su hijo querido. “Empero D’s le dijo a Abraham: No te apenes por el niño ni por tu esclava; todo lo que te dijere Sara habrás de cumplir, pues es por Ytzjak que tu descendencia portará tu nombre” (ídem 12). Según vemos, HaShem tuvo que decirle a Abraham que, si bien Yshma’el era importante y en el futuro se transformaría en una nación, de todas maneras “Ytzjak…portará tu nombre”, él es quien habrá de sucederte, y no Yshma’el.

La expulsión fue dolorosa pero justificada

Si Hagar e Yshma’el hubiesen partido en paz con la idea de que sería mejor para ellos construir su futuro en otro sitio, la expulsión habría resultado sencilla y el cargo de conciencia se habría mitigado un tanto. Pero, aparentemente Yshma’el ya antes había arruinado la situación adoptando conductas salvajes y un carácter malicioso que lo condujeron por la mala senda, al grado de que Abraham no pudo despedirlo de su casa honorablemente otorgándole obsequios, tal como hubiese deseado, y al final de cuentas Hagar y su hijo fueron echados de manera humillante (ver Shemot Rabá 1:1). Esto y más, a pesar de que Abraham los guio en su camino de salida, se perdieron en el desierto e Yshma’el enfermó al punto de que casi murió de sed y solo de milagro se salvaron.

Ello no implica una acusación contra nuestra matriarca Sara. La prueba es que en Rosh HaShaná, el día en el cual nos abstenemos de cualquier tipo de acusación contra el pueblo de Israel, nuestros sabios establecieron que se lea la porción de la Torá que narra la expulsión de Hagar e Yshma’el. O sea, el decreto divino de expulsar a la sierva y a su hijo aplica también cuando efectivizarlo no resulta agradable. Porque la sentencia rige y mantiene su vigencia, y Hagar, que negó toda la ayuda que Sará le había proveído; e Yshma’el, que aun estando en casa de Abraham tuvo el tupé de adorar ídolos, robar y amenazar con asesinar, debían recibir su castigo. Justamente cuando los hijos de Israel reconocen su particularidad y su singularidad en el seno de las demás naciones son legítimamente recompensados con un buen año.

Precisamente después de que Hagar e Yshma’el fueron expulsados y afligidos, reconocieron su pecado y retornaron en arrepentimiento. Quizás, después de que la guerra finalice con una victoria aplastante sobre nuestro enemigo, tengamos la oportunidad de explayarnos sobre esta cuestión.

Hoy, como entonces

Tal como entonces, también en la actualidad pensamos que en la medida en que seamos buenos con nuestros vecinos árabes -los descendientes de Yshma’el- en la medida en que hagamos florecer esta tierra que bajo su dominio permaneció yerma, en la medida que logremos desarrollar la economía y su nivel de vida ascienda y en la medida que les otorguemos derechos civiles que ningún otro ciudadano árabe posee en todo el Medio Oriente – ellos nos lo agradecerán. Pero hete aquí que la experiencia indica que en la medida en que contribuimos efectivamente con su desarrollo, su lucha contra nosotros simplemente se intensificó.

Aunque intentemos afligirlos y derrotarlos en el campo de batalla, ellos nos acusarán y causarán que otros nos acusen. El único camino posible es reforzar el carácter judío del país, aclararle a todos que esta es nuestra tierra y que ninguna otra nación tiene en ella parte o herencia. Quien acepte de buena gana esta situación podrá vivir aquí bajo el estatus de extranjero residente (guer toshav). En el caso de quien no lo acepte, es preciso actuar contra él por todos los medios morales que se encuentren a nuestra disposición para promover que emigre hacia otro país, tal como fuera dicho: “No residirán en tu tierra” (Shemot-Éxodo 23:33).

Hace tres generaciones esta idea era aceptable. Tras la Segunda Guerra Mundial más de doce millones de alemanes étnicos se escaparon y fueron desplazados de sus sitios de residencia durante generaciones y fueron devueltos al territorio de Alemania. Medio millón de ucranianos fueron expulsados de Polonia y enviados al Este, polacos fueron expulsados de Lituania, Ucrania y Bielorrusia y enviados a Polonia, los italianos étnicos fueron expulsados de Yugoeslavia y transferidos al país de la gran bota, los húngaros étnicos fueron expulsados de Eslovaquia en dirección de su madre patria.

Si hubiésemos ascendido a la tierra de Israel cuando las naciones del mundo le otorgaron a Gran Bretaña el mandato de ayudar a los judíos a establecer su hogar nacional a ambas márgenes del Jordán, se habrían ahorrado de nuestra nación numerosas desgracias (el Holocausto, el comunismo y la asimilación), y si los árabes a ambas márgenes del Jordán -que en aquel entonces sumaban menos de un millón de almas- hubiesen luchado en contra nuestra, habría sido posible expulsarlos a sus países. Sin embargo, muy a pesar nuestro, nos demoramos en ascender a la tierra de Israel y la posibilidad de expulsar a nuestros enemigos, que hace ochenta años se percibía como una acción moralmente justificada y aceptable, hoy es percibida como inexcusable.

Y, aun así, a raíz de todas las guerras y todas las oleadas de terrorismo, recae sobre nosotros el deber de evaluar la factibilidad de promover la emigración de nuestros enemigos de nuestro país y diseñar la metodología necesaria para ello. En paralelo, es preciso acercar a nosotros a aquellos árabes que sí quieren al Estado de Israel y enrolarlos al ejército, para que junto a nosotros luchen contra los enemigos del país.

Si no vamos a poder sacar a nuestro enemigo de todos los confines de nuestra tierra tendremos que sufrir, tal como fue dicho: “Pero si no vais a desterrar a los habitantes de la tierra de delante de vosotros, serán, los que dejéis de ellos, espinos en vuestros ojos y aguijones en vuestros costados; y os hostigarán a vosotros en la tierra en la cual vosotros habitáis” (Bemidbar-Números 33:55).

Entendiendo la belicosidad del enemigo

A los efectos de poder entender contra quién estamos luchando, debemos comprender que en términos generales la religión musulmana es de por sí belicosa. Dado que según el islam el aspecto más notable de Alá es el poder y la fortaleza, existe un gran precepto que es el de conquistar países y naciones e imponerles por fuerza de la espada la fe mahometana. Esto es la yihad, por su intermedio, creen, ponen de manifiesto el poder absoluto de Alá.

A impulsos de esta fe, los árabes forjaron una nación de guerreros valientes, abnegados y tenaces que conquistaron numerosas tierras y naciones imponiéndoles el islam por más de mil años. Desde su punto de vista, la guerra contra el Estado de Israel adquiere una importancia cardinal ya que en el pasado el islam ya ha conquistado la tierra de Israel transformándola en posesión común de toda la nación islámica (hekdesh), y de acuerdo con su creencia, es una gran humillación que sobre este territorio se haya establecido un país no musulmán. Esta vergüenza es aun peor tratándose de un estado de judíos, ya que para ellos es preceptivo denigrarnos, para demostrar así que el islam sustituyó al judaísmo como religión verdadera.

Victoria absoluta

La única forma de eximir a los musulmanes del deber de destruir al Estado de Israel es derrotándolos de manera absoluta hasta que entiendan que no tienen chance alguna de vencerlo o debilitarlo. Entonces, según la ley islámica, deberán esperar hasta que sean fuertes, y solo entonces el precepto de luchar contra nosotros y destruirnos volverá a entrar en rigor. Por ello, toda concesión israelí desgasta la capacidad de disuasión y nos acerca a la próxima guerra.

Cabe agregar y esperar que justamente en virtud de nuestra postura firme y la clara derrota del enemigo, surjan en el seno del propio islam corrientes profundas que ya existen y entienden que deben respetar a los hijos de Israel y su derecho a la tierra prometida, y que el verdadero objetivo de la fe mahometana es llamar a la guerra santa interior en contra de la inclinación al mal, educar al respeto de todos los seres humanos y no promover la beligerancia.

 

 

 

 

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