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El legado ético que nos transmitió Noaj

El legado ético que nos transmitió Noaj

Los niños deben hacer por sus padres todo aquello que cualquier persona decente haría motivado por la ética y los buenos modales. La innovación que introdujo la Torá por medio del precepto de honrar a los padres es el deber de ayudarles cuando estos son mayores y se encuentran en estado de dependencia, aunque ello implique costos en términos de tiempo y de dinero.

Los hijos de padres adoptivos están también preceptuados de honrarlos y reverenciarlos, aunque biológicamente no sean sus progenitores, y algo semejante ocurre con los conversos.

La Torá no ordenó bendecir previo a la ingestión de un alimento por cuanto que agradecer a D’s por habérnoslo otorgado es un deber moral sencillo y evidente.

El deber moral de un niño adoptado hacia quienes lo criaron es mayor que el de uno biológico, ya que resulta natural que los padres se ocupen de criar a su propia simiente, pero cuando una pareja toma bajo su responsabilidad un niño huérfano o abandonado, pone de manifiesto un grado de generosidad y entrega muy elevado, y por ende, el deber del agradecimiento del hijo en cuestión resulta mayor.

Pregunta: ¿Puedo exigir a mis hijos e hijas que me ayuden en los quehaceres domésticos, aunque en la práctica yo sea capaz de esforzarme en mayor medida y hacerlo todo sola?

Una vez les pedí a mis hijos que me ayudaran en la limpieza del hogar y se negaron a hacerlo, cada uno con otra excusa, una deseaba leer un libro y otro quería ir donde un amigo. Les dije que no estaban cumpliendo con el precepto de honrar a su madre y me respondieron que ese deber se refería a ayudar a los padres cuando estos se vuelven muy mayores y se tornan dependientes, tal como dijeran nuestros sabios en el Talmud (Tratado de Kidushín 31(B)): «Se los honra dándoles de comer y beber, vistiéndolos y cubriéndolos con frazadas, llevándolos y trayéndolos» y solamente padres a muy avanzada edad precisan de ello. Por lo tanto, me dijeron, estaríamos preceptuados de ayudarte en caso de que, HaShem no lo quiera, no pudieses arreglártelas por tus propios medios. Pero gracias a D’s eres sana y fuerte, por lo que D’s mediante podrás continuar limpiando la casa hasta los ciento veinte, y de momento, no estamos obligados por la Torá a ayudarte. ¿Les asiste a mis hijos la razón en su argumentación?

Respuesta: Dijeron nuestros sabios que la ética y las buenas costumbres (Derej Eretz) son anteriores a la Torá, y por ese motivo debieron pasar veintiséis generaciones (de desarrollo moral) hasta su revelación en Sinai (Taná Debei Eliahu 1, Vaikrá Rabá 9:3). Esto se debe a que resulta imposible comprender cabalmente la Torá sin que los conceptos asociados a la ética y a las buenas costumbres se perciban con claridad. El gran legado de Noaj es el Derej Eretz.

Por lo tanto, en el marco del precepto de honrarlos, los hijos deben hacer por sus padres todo lo que una persona decente haría en virtud de las normas de Derej Eretz. La innovación que introdujo la Torá es que también después que una persona formó su propia familia y se encuentra dedicada a la obtención del sustento y a la cría de sus hijos, en caso de que sus padres se hubieren tornado dependientes y requiriesen de ayuda, a pesar de la gran dificultad que ello pudiera implicar, deberá asistirlos en todo cuanto requieran.

De igual manera, si usted aceptase hospedar en su casa a muchachos jóvenes durante varios meses, estos, en concordancia con las reglas de la moral, deberían ayudarle en las tareas domésticas. Más aún si se trata de sus propios hijos, que están preceptuados a ayudarle con los quehaceres hogareños para cumplir con el deber de honrar a sus padres.

Por lo tanto, cada vez que los progenitores piden a sus hijos que colaboren en las labores del hogar, al amparo de la ética y las buenas costumbres aceptadas y estos se niegan – dejan sin efecto el cumplimiento del precepto de la Torá de honrar a sus padres, ya que todo lo que está implícito en las normas de Derej Eretz está incluido en precepto de la Torá. Solamente en casos extremos, por ejemplo, cuando los padres se desentienden de las labores hogareñas encomendando a sus hijos una carga excesiva de quehaceres domésticos, cabe decir que los niños están exentos de suspender sus propias actividades para trabajar en sus casas.

El precepto está fundamentalmente orientado a una situación en la cual los padres son personas problemáticas  

El rabino Jaim Palaghi (Tojejat Jaím a la porción de Toldot) escribió que el precepto de honrar a los padres está dirigido principalmente al caso en que los progenitores son personas sumamente fastidiosas y de pésimo carácter. Pero cuando se trata de un padre o una madre normales, aparentemente no resulta necesario preceptuar honrarles ya que todo ser humano honesto comprende que los hijos deben respetar a sus padres. La principal novedad del precepto es que aunque los progenitores no sean dignos de respeto, de todas maneras sus hijos deben honrarles.

La actitud de un hijo adoptado hacia sus padres adoptivos

Otro ejemplo de la importancia de la ética y las buenas costumbres es la actitud del hijo adoptado hacia sus padres adoptivos. Si bien el precepto de la Torá de honrar a los padres se aplica a los biológicos y no a los adoptivos (Tratado de Sotá 49(A)), desde el punto de vista del deber moral, dado que estos últimos trataron al niño como a un hijo, éste debe también tratarlos como a padres comunes. Y así dijeron nuestros sabios (Tratado de Meguilá 13(A)): «Todo aquel que cría a un huérfano o a una huérfana en su hogar se considera como si lo hubiese dado a luz».

Más aun, el deber moral de un niño adoptado hacia quienes lo criaron es mayor que el de un vástago natural, ya que resulta lógico que los padres se ocupen de criar a su propia simiente, pero cuando una pareja toma bajo su responsabilidad un niño huérfano o abandonado, pone de manifiesto un grado de generosidad y entrega muy elevado, y por ende, el deber del agradecimiento del hijo en cuestión resulta mayor. Tal como dijeran nuestros sabios (Tratado de Ketuvot 50(A)): «Quien cría a un huérfano o a una huérfana en su hogar y los casa se considera que ‘realiza un acto de bien a cada momento‘» (Salmos 106:3). Asimismo, el Midrash (Shemot Rabá 45:6) explica que el Santo Bendito Él posee tesoros con los cuales premia a los justos, y uno especial está destinado a recompensar a quienes crían niños huérfanos en sus hogares.

Entonces, resulta claro que el hijo adoptado debe conducirse con sus padres adoptivos con respeto y reverencia, tal como debe proceder cualquier hijo con sus padres biológicos, y mejor aún. En caso de que estos requieran ayuda, el hijo adoptado deberá asistirlos en todo cuanto esté a su alcance. En caso de que estén enfermos, deberá acompañarlos y ayudarles en todo cuanto precisen, tal como deben conducirse los hijos biológicos con sus padres. Tras su fallecimiento, es preceptivo que recite Kadish en su memoria (Pninei Halajá Likutim Mishpajá 1:25).

En caso de que el hijo adoptado fuese médico o enfermero y uno de sus padres adoptivos precisase recibir una inyección o pasar por una intervención quirúrgica, podrá tratarlos sin temer a que en el marco del procedimiento pudiese hacerlos sangrar, no obstante, ello estará prohibido para un hijo adoptado que no es profesional de la salud, ya que todo aquel que golpea a sus padres y les hace sangrar aunque tan solo sea una gota – es pasible de pena de muerte, tal como fue dicho (Shemot-Éxodo 21:15): «Quien hiriese a su padre o a su madre morirá». Por lo tanto, nuestros sabios prohibieron que un hijo brinde una asistencia médica a su padre que pudiese provocar algún tipo de sangrado (Tratado de Sanhedrín 84(B)) y ello se permite solamente en caso de no mediar alternativa alguna. Sin embargo, cuando se trata de un hijo adoptado que debe honrar a sus padres adoptivos por una cuestión de moral, ética y buenas costumbres y no como una obligación legal, no existe esta limitante.

El vínculo del converso con sus padres

Un caso similar se presenta en la relación del prosélito con sus padres. Por regla general, un converso es considerado como alguien que vuelve a nacer, y por lo tanto, desde el estricto punto de vista legal, no está obligado a honrar a sus padres biológicos. Sin embargo, dado que las normas éticas y las buenas costumbres son anteriores a la Torá y resultan obligatorias, y aunque sus padres le hubiesen rechazado de todas maneras tendría prohibido humillarlos, y obviamente tampoco podría golpearlos o insultarlos, nos hallaríamos ante el absurdo de que siendo gentil estaba obligado a respetarlos y ahora que es un converso está exento de hacerlo (con la subsecuente profanación del Nombre Divino que ello conllevaría (N. de T.)). Por ello, tras la conversión, el prosélito deberá honrar a sus padres igual o más que antes (Shulján Aruj Yoré Deá 241:9). Asimismo, deberá respetarlos y ayudarles en todo cuanto precisen tal como las normas de la ética y la buenas costumbres lo indicaban cuando aún era no judío. Por lo tanto, en caso de que se enfermen, deberá ayudarlos tal como es comúnmente aceptado, y tras su fallecimiento, corresponde que recite Kadish para la elevación de sus almas.

No obstante, a veces se presenta una dificultad. Por una parte, el converso desea comportarse correctamente con sus padres biológicos, y por la otra, no quiere que sus hijos se vean atraídos a la religión o a las creencias de los abuelos gentiles. Por ello, el prosélito debe procurar encontrar un camino intermedio, por ejemplo, disminuyendo la frecuencia de sus visitas sin traspasar el límite que lo tornaría en un hijo desagradecido. Cuando los prosélitos vienen a vivir a la tierra de Israel y sus padres se quedan en el extranjero, todos comprenden que resulta imposible visitarlos con frecuencia y por ende el dilema no se presenta. Sin embargo, cuando resulta necesario viajar y se tiene la posibilidad de hacerlo, corresponde visitarlos. Por ejemplo, cuando el padre del converso desea ver a sus nietos por última vez antes de fallecer (Pninei Halajá Likutim Mishpajá 1:27). Asimismo, un converso puede ayudar a sus padres biológicos sometiéndolos a un procedimiento médico que pudiese implicar algún tipo de sangrado.

El Derej Eretz en las leyes relativas al recitado de bendiciones

Existen dos tipos de bendiciones por la comida, las anteriores y las posteriores a la ingestión. La bendición anterior es para pedir permiso de disfrutar del mundo de HaShem. Ello resulta lógico, al grado que nuestros sabios dijeron (Tratado de Berajot 35(A)) que la Torá no precisó ordenarlo, ya que: «Resulta lógico: una persona no debe disfrutar de este mundo sin bendecir». Sin embargo, la bendición que se recita tras la ingestión de alimentos es una innovación de la Torá.

Aparentemente, cabe preguntarse ¿por qué la Torá no ordena que se bendiga antes de comer para de esa manera fortalecer el cumplimiento del precepto? Ocurre que cuando una norma debe aprenderse por una inferencia lógica, derivarla de un versículo puede llevar al debilitamiento de su observancia, es como si resultase necesario enseñarle a una persona a agradecerle a D’s por todo lo que nos concede, como si hacerlo se tratase de una idea novedosa.

Este es el motivo por el cual no se bendice al cumplirse preceptos del hombre para con su prójimo, ya que una persona debe ayudar a sus compañeros a causa de su buen corazón, y si antes de hacerlo va a bendecir: «Bendito eres Tú HaShem, nuestro D’s, Rey del universo que nos ordenó ayudar a un amigo» la buena voluntad natural se vería debilitada. Es como si le dijese a su compañero: «Tú como persona no me interesas, pero dado que HaShem me ordenó ayudarte, lo hago».

La novedad que trae la Torá es que bendigamos tras haber comido y quedado satisfechos, para que contemplemos toda la bondad que nos otorgó el Creador a nosotros y a todo el pueblo de Israel, le agradezcamos y lo bendigamos por ello, tal como fue dicho (Devarim-Deuteronomio 8:10): «Y comerás y te saciarás y bendecirás a HaShem tu D’s por la tierra buena que te otorgó». O sea, HaShem nos concedió el privilegio de poder cumplir el precepto de bendecirlo tras la ingestión de un alimento, para que por medio de ese recitado podamos elevarlo y obtengamos así las energías necesarias para realizar buenas acciones, poblar la tierra de Israel y ser socios plenos del incremento de la bendición en el mundo.

Por lo general, cuando una persona está hambrienta, sabe que precisa ayuda, que en el mundo hay carencias y clama a HaShem. Pero cuando está satisfecha y su situación es buena, podría conformarse con cubrir su necesidad y olvidarse de D’s, de los grandes ideales que se le presentan y las carencias de las que padece el mundo. Por ello, se nos ordenó recitar la bendición posterior a la ingestión de alimentos (Birkat HaMazón), para de esa manera lograr crecer en nuestra fe y reforzar nuestra misión de revelar la Divina Presencia en la tierra buena que D’s nos otorgó.

El recitado de una bendición en voz alta y el Derej Eretz

Quien recita la bendición, debe pronunciarla de modo tal que esta resulte audible por lo menos para sí mismo. A priori, es bueno pronunciarla en voz alta pues ello ayuda a despertar la conciencia en la intención de las palabras y además permite a las demás personas presentes tener el mérito de responder «Amén». Quien responde «Amén» con plena intención alcanza un alto nivel, abriéndose ante él los portones del paraíso (Tratado de Shabat 119(B)) y además, «es más elevado quien responde ‘Amén’ que quien recita la bendición» (Tratado de Berajot 53(B)). Quien se descuida en responder «Amén» su vida misma se torna desaliñada (ver ídem 47(A)).

Por lo tanto, cuando se sirve un bocadillo corresponde bendecir en voz alta para que los presenten escuchen y puedan responder «Amén». Sin embargo, resulta preceptivo que ello se haga de un modo educado, con Derej Eretz, y por lo tanto, una vez que las personas comenzaron a conversar, bendecir en voz alta podría resultar de mala educación, a menos de que se tenga la certeza de que ello agrada a todos los presentes.

Esto obedece a que el recitado podría molestar a quienes conversan, pudiendo incluso generar desprecio en quien por causa de la bendición ve interrumpido su hilo de pensamiento. Por lo tanto, cabe temer que, en una circunstancia semejante, al bendecir en voz alta no se esté cumpliendo un precepto sino incurriendo en una transgresión.

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