La fe, el paganismo y la generación del diluvio

  • El paganismo lleva al ser humano a mantener su carácter animal y lo impulsa a una vida de enfrentamientos y subyugación a otros, mientras que la fe en la Unicidad de D´s predica la labor mancomunada de toda la humanidad en aras del bien y la justicia.
  • Los hijos de los poderosos que tomaron para sí mujeres hijas de los hombres, por una parte, y Noaj por la otra, representan dos enfoques opuestos de la existencia, y el diluvio que trajo HaShem sobre la tierra definió entre ambos.
  • El aroma agradable de la ofrenda que sacrificó Noaj después del diluvio fue la entrega abnegada hacia toda la humanidad con la que actuó, y esta volvió a revelarse en nuestro patriarca Abraham y en sus descendientes hasta el día de hoy.

Previo al diluvio, los hijos de los poderosos pensaban que las personas que detentan el poder se encuentran por encima de la ley, y por ello, quienes se encuentran bajo su sometimiento deben obedecer sus mandatos, al tiempo que ellos pueden violar y saquear a gusto y voluntad por ser el origen mismo de la autoridad. El diluvio puso fin a esta falsedad. Tras este, la humanidad comprendió que las leyes existen y son indispensables para la supervivencia de la humanidad.

En la medida en que una persona describe la fe de un modo más grosero, bajo la forma de fuerzas idolátricas cuya esencia y carácter provienen de la naturaleza, la influencia de esta creencia lo transformará en una persona menos ética, ya que la idea moral humana no se percibe en el ámbito natural, sino que, por el contrario, según este, solamente el más fuerte sobrevive y los más aptos se imponen sobre los más débiles devorándolos. También los fenómenos naturales resultan arbitrarios, de repente se desata una tempestad o sobreviene una inundación que ahoga a seres humanos y a animales, los rayos pueden repentinamente provocar incendios y muerte, otras veces el cielo se cierra y las lluvias no llegan provocando sequías que impiden que los árboles den flor y por ende frutos o que los granos crezcan, matando a humanos y a animales de sed.

La materialización de la Divinidad obliga a atomizar la fe, dividiéndola entre un sinnúmero de deidades, ya que en el mundo natural se manifiestan diferentes fuerzas que llevan a una representación múltiple. Naturalmente, estas deidades paganas compiten y luchan entre sí, tal como lo hacen los fenómenos naturales, los animales y los pueblos, que se enfrentan unos a otros. Acto seguido, se consolida en la consciencia humana un enfoque según el cual la guerra y la competencia son la forma natural del universo y todo aquel que pueda, debe derrotar y subyugar a los demás seres humanos.

Así, resulta que en todos los relatos míticos, los dioses más poderosos asesinaron a sus padres y gobernaron en su lugar. Al asumir el poder, lo aprovecharon para abusar sexualmente de los más débiles y despojarlos de sus bienes. Por ejemplo, el poderoso dios griego Zeus logró engañar a su padre quien no logró reconocerle y así pudo derrotarlo en una gran guerra, luego lo cortó en mil pedazos y lo sustituyó como soberano supremo de todas las demás deidades. Zeus era lujurioso, bebedor, perseguía tanto a mujeres humanas como a diosas y era sumamente colérico por naturaleza, mas, cuando le eran ofrendados sacrificios tendía a apaciguarse.  Estos relatos conferían una representación profunda de aquello que los seres humanos percibían en la naturaleza, y cuando las mismas deidades proceden de esta manera, queda a las claras que las personas que en ellas creen habrán de seguir su camino.

La separación entre el poder y la moral

Según la creencia en la Unicidad de D’s, que es la fe israelita, HaShem es la fuente del bien y de la justicia y las distintas fuerzas operantes en el universo deben servir a estos dos principios rectores. Incluso la misión última del ser humano, que fue creado a imagen y semejanza Divina, es la de ir por las sendas de D´s, realizar actos de bien y de generosidad e incrementar la bendición en el mundo. Por ello, quien cree en HaShem desea que los seres humanos cooperen entre sí, se amen y se ayuden, no se engañen unos a otros, que nadie explote la carencia de su prójimo para someterlo reduciendo injustamente su jornal o cobrándole intereses. Así, el bienestar y la abundancia se incrementarán, aumentando el bien general en el mundo entero.

Por el contrario, en la creencia idólatra existe una división marcada entre la moral y el poder, y según este enfoque materializador de la realidad la fuerza que más sobresale e influye es aquella que resulta ser la de mayor importancia. Así como los ídolos paganos emplean sus potencias en satisfacer sus pasiones, de igual manera los seres humanos que accedieron por su intermedio al ejercicio de sus poderes, pueden aplicarlas a gusto y voluntad, disfrutando de todo lo bueno que el mundo brinda, sin tener que esforzarse en desarrollarlo para el beneficio de las próximas generaciones.

Las transgresiones de la generación del diluvio

Tras la expulsión de Adam y Eva del paraíso, en el marco del enfrentamiento entre la creencia verdadera y el paganismo, los malvados resultaron victoriosos. En lugar de dedicarse a poblar el planeta y desarrollarlo, se ampararon en su fe idólatra para actuar como sus dioses – asesinando, manteniendo relaciones indebidas y robando con todas sus fuerzas. Así, la humanidad se fue deteriorando y cuando se colmó de injusticia por efecto de la idolatría, las relaciones indebidas, el derramamiento de sangre y el robo, su destino fue sellado, siendo condenados a ser borrados de la faz de la tierra por medio de un diluvio (Berehit Rabá 31:1-6).

Fue dicho: «Y fue cuando el hombre comenzó a multiplicarse sobre la faz de la tierra y las mujeres le dieron hijos, los hijos de los poderosos vieron que las hijas del hombre eran hermosas y tomaron para sí mujeres según su elección… y estas les dieron hijos que resultaron ser personas de renombre» (Bereshit-Génesis 6:1-11).

Dijeron nuestros sabios en Bereshit Rabá (26:5): «y tomaron para sí mujeres» – se trata de mujeres casadas que tomaron por la fuerza, «según su elección» – copularon con hombres y con bestias. ¿Y quiénes eran los hijos de los poderosos (Bnei HaElokim)? Hay quienes sostienen que eran hijos de los jueces y de los ministros (funciones para las que se emplea también el vocablo Elokim, al igual que en el caso de lo ángeles), otros entienden que se trataba de ángeles (Midrash Agadá) lo cual era una expresión de su fe idólatra según la cual los hijos de los dioses copularon con las hijas del hombre dando a luz a semidioses que se tornaron reyes y los gobernantes. De todas maneras, no se trata de matrimonios por amor ni a la luz de la fidelidad conyugal sino de personas poderosas que secuestraron cuantas mujeres desearon de acuerdo con su enfoque idólatra.

«Y la tierra se corrompió a ojos de D´s y se colmó de robo». Dijeron nuestros sabios: «En cada sitio en el cual se menciona corrupción no se trata sino de idolatría y perversión sexual» (Tratado de Sanhedrín 57(A)).

El significado del castigo el diluvio

A raíz del pecado de los miembros de la generación del diluvio que se percibían a sí mismos como hijos de dioses, pensando que su poder era ilimitado, que este se respaldaba en las potencias de la naturaleza y en las deidades paganas y que sin trabajar ni incrementar la bendición podrían sacar provecho de todas a las bondades del mundo expoliando a los más débiles y despojándolos de cuanto producían – fue que sobrevino el diluvio y les enseñó a todos que la naturaleza es finita y el poder del hombre limitado pudiendo HaShem despojarlos de su vida y de su bienestar. También los débiles y los desposeídos perecieron en el diluvio, porque compartían ese enfoque pagano y de poder, y en caso de que se les hubiese presentado la oportunidad, se habrían conducido arbitrariamente tal como lo hicieron los poderosos.

Noaj: una conducta ética basada en la fe

Solamente Noaj fue un justo íntegro en su generación. Era una persona poderosa y acaudalada, pero escogió creer en el D´s verdadero y se enfrentó a los malvados, no robó ni explotó a su prójimo, sino que se dedicó a poblar y desarrollar el mundo. Nuestros sabios nos cuentan que en lugar de dedicarse al saqueo o invocar poderes mágicos que obliguen a la naturaleza a generar más frutos corrompiendo así sus potencias, inventó el arado, gracias al cual la humanidad pudo extraer de la tierra una cosecha mayor y más abundante.

Por ello, HaShem le ordenó a Noaj, a aquel que no se dejó corromper sino que incrementó el bien en el mundo, que construyese un arca por cuyo intermedio pudieran salvarse tanto él y su familia como todas las demás especies animales.

Las enseñanzas que nos deja el diluvio                     

Tras el diluvio, al salir Noaj del arca construyó un altar sobre el cual sacrificó ofrendas de los animales y las aves puros que salvó. Estas ofrendas encerraban una nueva manifestación de la fe verdadera, por mérito de la cual HaShem estableció un pacto con Noaj y con sus hijos, comprometiéndose a no volver a destruir el mundo por medio de un diluvio. Tal como fue dicho: «Y al oler HaShem el aroma de las ofrendas, Se dijo: No volveré a maldecir la tierra por causa del hombre, pues la inclinación de su corazón es mala desde su mocedad, por lo que no volveré a castigar a todos los seres vivos tal como lo hice. Nunca más se alterarán las estaciones de la siembra y de la cosecha, del frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche» (Bereshit-Génesis 8:21-22).

A partir de los días de Noaj la humanidad comprendió que existen leyes que están por encima del ser humano y de las potencias naturales y las cuales deben ser obedecidas por el ser humano. Es a partir de esta toma de consciencia que HaShem establece un pacto con Noaj y sus descendientes, por efecto del cual no volverá a alterar las leyes de la naturaleza ni volverá a destruir el mundo.

Estas leyes, en su mejor versión, son los siete preceptos que HaShem otorgó a los hijos de Noaj, y en su peor versión, son las leyes que estableció el ser humano, tales como las del Código de Hammurabi, las cuales, si bien no aspiran a alcanzar la justicia ni regirse por la moral, cuanto menos establecen que hay normas que resultan obligatorias para todos. O sea, antes del diluvio los hijos de los poderosos pensaban que los que detentaban el poder estaban por encima de la ley, y por ello, quienes estaban sometidos a sus designios debían obedecer las normas por ellos dictadas. Pero a su vez, creían también que estas no aplicaban a sus legisladores, por lo que les estaba permitido violar y saquear a voluntad, al ser ellos mismos la fuente del derecho. El diluvio puso fin a esta mentira. Tras el diluvio, la humanidad entendió que existen leyes que resultan esenciales para la supervivencia.

Si bien la inclinación al mal puede corromper al ser humano llevándolo a transgredir las leyes o a creerse que está por encima de ellas, la postura que finalmente preponderó es aquella que entiende que el desafío que se presenta ante el ser humano es el de superar aquellos impulsos animales que lo llevan a la anomia, corrigiéndolos y encaminándolos por la senda del bien.

El aroma grato de la entrega abnegada

Dijeron nuestros sabios que el sacrificio que ofrendó Noaj contenía un profundo secreto. «Y al oler HaShem el aroma de las ofrendas» – se trataba del aroma de nuestro patriarca Abraham que emanaba del horno ardiente… el aroma de Jananiá, Mishael y Azariá que emanaba del horno ardiente… era el aroma de la generación que fue forzada a abjurar de su fe» (Bereshit Rabá 34:9). Esto es, el sacrificio que ofrendó Noaj estaba imbuido de su disposición a la entrega abnegada en aras de la fe en la Unicidad de D´s, la cual se revelaría posteriormente en tiempos de crisis y desgracias entre sus más dilectos descendientes, quienes continuaron su camino y resistieron firmemente los avatares de la historia salvando al mundo con su renunciamiento y su arrojo. El primero de estos fue nuestro patriarca Abraham, quien prefirió ser arrojado al horno ardiente y no claudicar ante la mentira y la maldad de la idolatría, y por mérito de lo cual accedió a ser el primer padre del pueblo de Israel. Tras la destrucción del Primer Templo a manos de los babilonios, parecía que el mundo entero se rendiría ante el gran poderío del rey Nabucodonosor prosternándose ante su efigie. Sin embargo, Jananiá, Mishael y Azariá se entregaron abnegadamente siendo arrojados a un horno ardiente, y gracias a su fe, los hijos de Israel lograron construir el Segundo Templo. Así, tras la destrucción de este Segundo Templo, cuando los romanos quisieron extirpar la fe del seno del pueblo de Israel y asimilarlos entre las naciones, gracias a la entrega de esa generación a la cual se quiso forzar a abjurar de su fe, el pueblo de Israel siguió su difícil camino de mantener sus creencias y la Torá de sus antepasados hasta que llegue la redención final.

La resistencia ante los idólatras requiere de una abnegada entrega, porque a veces, parece que justamente gracias a sus creencias pagana, los idólatras logran asesinar, saquear o violar y ser coronados con el éxito. Las personas verdaderas y fieles deben hacer caso omiso tanto de este éxito como de las creencias paganas, porque todo ello está basado en la maldad y en la mentira y deja tras de sí un sinnúmero de seres humanos desposeídos y ultrajados, sobre cuyas azotadas espaldas se construyeron los palacios de la iniquidad. Las personas verdaderas y fieles a la verdad deben estar dispuestas a entregarse abnegadamente en aras de la fe en HaShem, que es el padre de los huérfanos, el juez que defiende a las viudas y aquel que cuenta las lágrimas de los que sufren y son explotados, y ayudará a quienes vayan por Sus sendas para reparar el mundo bajo la soberanía de D´s.

El aroma agradable que ascendía de la ofrenda de Noaj expresaba su profunda disposición a la entrega abnegada en aras de la fe verdadera, y ascendió también de las acciones de sus justos y valerosos descendientes que continúan su senda, y en los momentos de crisis están dispuestos a realizar cualquier sacrificio personal en aras de esa misma fe verdadera, para continuar ascendiendo por la escalera que lleva a la reparación de la realidad hasta su redención final, tal como lo prometiera HaShem. Por su mérito, HaShem estableció Su pacto con toda la humanidad y prometió no volver a destruir el mundo.

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