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La profecía de Moshé Rabenu y la revelación en el Monte Sinai

  • Moshé Rabenu es de una jerarquía diferente a la del resto de los profetas en virtud de su visión clara y del hecho que estaba preparado para recibir profecía en todo momento.
  • El objetivo de la revelación en el Monte Sinai fue afianzar la fe en la Torá y en Moshé Rabenu.
  • Los profetas que vinieron después de Moshé Rabenu extraen de este la fuerza de su profecía que fue autentificada en el Monte Sinai, y por ello no pueden modificar jamás ninguno de los preceptos allí entregados.

Pasaron cerca de dos mil años hasta que por caminos directos y oblicuos el principio de la fe en la Unicidad Divina que exige la rectificación moral fue aceptado por la mayoría del mundo, y aún así tenemos por delante un largo trabajo de destilación y purificación de la fe y la moral, así como también de reparar por su intermedio todas las malas inclinaciones y de esa manera traer la bendición de HaShem a todas las naciones.

Cincuenta días después de la salida de Egipto los hijos de Israel tuvieron el mérito de recibir la mayor revelación Divina que existió sobre la tierra, en la cual HaShem entregó Su Torá a Su pueblo Israel (Shemot-Éxodo 19:1-20). El elemento central de la Torá es la fe en la Unicidad Divina, y tal como dijeran nuestros sabios (Tratado de Macot 24(A)) la totalidad de los seiscientos trece preceptos se apoyan en uno solo – el de la fe. Este mandato se divide en dos preceptos: uno positivo, que ordena de reforzarse en la fe en la Unicidad; y otro negativo, que ordena tener la precaución de apartarse de cualquier forma de culto idólatra con el objetivo de mantener la fe en la Unicidad en absoluto estado de pureza. Estos dos preceptos son los dos primeros de los Diez Mandamientos y los escuchamos de manera directa y explícita de HaShem (ídem).

La fe en la Unicidad y la moral

La fe en la Unicidad y la moral están íntimamente entrelazadas. Dijeron nuestros sabios (Tratado de Kidushín 31(A) y Bamidbar Rabá 8:4) que cuando los reyes de las naciones que gobernaban «por encargo o en representación» de deidades paganas escucharon que en el primero de los Mandamientos HaShem dijo: «Yo Soy HaShem Tu D’s» dijeron: ‘Él también es como nosotros, y reclama para sí honores, ya que todo monarca desea que no haya nadie que niegue su condición real’. Respecto del segundo Mandamiento: «No tendrás otros dioses fuera de Mí», dijeron: ‘Es por su propio honor que exige la exclusividad, ya que a ningún monarca le gusta contar con socios. Lo mismo ocurrió con el tercer Mandamiento: «No pronunciarás el Nombre de HaShem tu D’s en vano», dijeron: ‘Todo rey desea que nadie jure falsamente por su nombre’. Lo mismo pasó al oír el cuarto Mandamiento: «Recuerda el día del Shabat para consagrarlo», dijeron: ‘A todo monarca le gusta que se respete el día que está dedicado especialmente a él’. Pero cuando escucharon el quinto Mandamiento «Honrarás a tu padre y a tu madre» se sorprendieron, pues la generalidad de los reyes exige a sus súbditos que renieguen de sus padres para que les sean fieles únicamente a ellos y HaShem declara que se debe respetar a los progenitores sin ver en ello un atentado a Su propio honor. «Se pusieron de pie y aceptaron los primeros Mandamientos», tal como fue dicho (Tehilim-Salmos 138:4) «HaShem, todos los reyes de la tierra Te reconocerán pues habrán escuchado las palabras de Tu boca».

En la medida que entendieron que los siguientes Mandamientos también se ocupaban de dignificar al ser humano y de las relaciones entre el hombre y su prójimo, a saber: no asesinarás, no cometerás adulterio, no robarás, no afligirás a tu prójimo con un falso testimonio, no codiciarás; el asombro fue en ascenso y por un breve momento supieron que HaShem es verdadero, Su Torá es verdadera, que las deidades son falses y el reinado de quienes gobiernan en su nombre es pérfido y mentiroso. Sin embargo, en la práctica, el pueblo de Israel se vio en la necesidad de luchar en aras de estos principios y tuvieron que pasar casi dos mil años hasta que por caminos derechos y oblicuos el principio de la fe en la Unicidad Divina, que exige la rectificación moral, fuera aceptado por la mayoría del mundo, y aun así tenemos por delante un largo trabajo de destilación y purificación de la fe y la moral, así como también de reparar por su intermedio todas las malas inclinaciones para traer así la bendición de HaShem a todas las naciones.

El fundamento de la fe y la moral se reveló también en el hecho de que a pesar de que el pueblo de Israel estaba compuesto de esclavos despreciables, HaShem cumplió el pacto y la promesa que estableciera con sus ancestros, Abraham, Ytzjak y Ya’akov y los redimió de Egipto. Según la perspectiva pagana, en todo el mundo la fuerza era el valor fundamental, y por ello, apreciaban a los fuertes y a los dominadores al tiempo que despreciaban a los esclavos al punto de casi no considerarlos seres humanos sino una mera propiedad de sus dueños. Por su parte, HaShem había escogido que la mayor revelación tuviera lugar justamente en el seno de unos pobres esclavos humillados. A ellos los acercó al Monte Sinai, y en Su gran amor fue a ellos que les entregó Su Torá, y por su intermedio habló con las personas notables e importantes de todas las generaciones.

El nivel de Moshé y el del resto de los profetas

Moshé Rabenu fue único y especial por el hecho de que HaShem hizo descender al mundo su alma en la generación en la que nació la nación israelita, él también depuró sus virtudes y entregó con abnegación su vida al pueblo de Israel y a la gloria de HaShem, al grado de merecer ser el enviado de HaShem para sacar a nuestra nación de Egipto y recibir la Torá en el Monte Sinai. La jerarquía de su profecía superó a la del resto de los profetas. Tal como aprendimos del incidente del pecado de Miriam y Aharón, quienes no comprendieron cabalmente la singularidad del grado profético de su hermano Moshé. HaShem los reprendió y les enseñó que la calidad de la visión profética de Moshé se diferencia de la del resto de los profetas. «No así Mi siervo Moshé que Me es fiel en toda Mi Casa. Con él hablo cara a cara, mediante visión clara y no a través de acertijos, y él contempla la imagen de HaShem, ¿cómo no temisteis hablar de Mi siervo Moshé?» (Shemot-Éxodo 12:6-8). Este grado profético del hijo de Amrám es tan especial que la Torá testifica que no surgió ni surgirá nadie como él, tal como fue dicho (Devarim-Deuteronomio 34:10): «No surgió más en Israel un profeta como Moshé, a quien HaShem había tratado cara a cara».

Espejo luminoso

Dijeron nuestros sabios (Tratado de Yevamot 49(B)) que «Todos los profetas contemplaron un espejo opaco, al tiempo que Moshé Rabenu contempló un espejo luminoso». Esto significa que la visión profética se asemeja a contemplar a través de un vidrio o un espejo, y cuando esta es clara recibe el denominativo de ‘espejo luminoso’ mientras que cuando no lo es recibe el nombre de ‘espejo opaco’. En efecto, el resto de los profetas recibieron su profecía por medio de metáforas y acertijos que requerían posterior desciframiento, al tiempo que Moshé tuvo el mérito de recibir una profecía absolutamente diáfana, al grado de que todos sus detalles le fueron revelados por parte del Eterno con la máxima exactitud (ver Rambám Hiljot Yesodei HaTorá 7:2-6, Da’at Zkenim LeBa’alei HaTosafot a Bamidbar allí, Derej HaShem III 5:1.5).

Otra diferencia entre Moshé y los demás profetas

Ningún profeta podía profetizar en cualquier momento que desease, sino que debía purificarse y santificarse, y si HaShem así lo deseaba – recibía la profecía. Sin embargo, Moshé Rabenu recibía espíritu de santidad y profecía siempre que así lo quisiese, y en virtud de lo elevado de su condición, debía hallarse siempre listo para la recepción profética. Por eso, al culminar la revelación en el Monte Sinai HaShem le dijo a Moshé: «Ve y diles (al pueblo de Israel): ‘Regresad a vuestras tiendas (para cumplir el precepto de mantener relaciones maritales) y tú quédate aquí conmigo'», esto es, a partir de hoy apártate de tu esposa para estar siempre listo para el recibimiento de las palabras de la Torá (Devarim-Deuteronomio 5:27-28, Tratado de Avodá Zará 5(A)). Por ello, el resto de los profetas no se separaban de sus mujeres al tiempo que Moshé sí lo hizo (Rambám Hiljot Yesodei HaTorá 7:1).

Además, la profecía de Moshé se distinguía por el hecho de que todos los hijos de Israel vieron la revelación Divina a Moshé cara a cara y a raíz de ello aceptaron con fe absoluta la Torá que HaShem les entregó por su intermedio.

La revelación del Monte Sinai como cúspide de la profecía

Además de que la profecía de Moshé era superior a la de los demás profetas, la revelación Divina en el Monte Sinai, en la cual el hijo de Amram tuvo un destacado rol, fue un evento que trascendió largamente cualquier otra manifestación profética habida sobre la tierra. Esta era la finalidad de la revelación en el Monte Sinai, afianzar la fe en la Tora y en Moshé Rabenu, el enviado de HaShem para el recibimiento de la Torá, tal como fue dicho (Shemot-Éxodo 19:9): «Y le dijo HaShem a Moshé: ‘He aquí que vendré a ti en medio de una espesa nube para que el pueblo Me escuche hablando contigo y así también creerán en ti por siempre'». Para ello, HaShem se reveló ante todo el pueblo de Israel en el Monte Sinai hasta que este creyó en D’s de manera absoluta y supieron que no tiene ni cuerpo, ni forma y no hay otro salvo Él (Shemot-Éxodo 19:16-19, Devarim-Deuteronomio 4:11-15 y 5:4-5).

Dado que la revelación en el Monte Sinai es un fundamento de la fe y de la Torá se nos ordenó recordarlo permanentemente, tal como fue dicho (Devarim-Deuteronomio 4:9-10): «Solamente cuídate y cuida mucho tu alma no sea que olvides todas las cosas que tus ojos vieron y para que no se aparten de tu corazón todos los días de tu vida, y le transmitirás a tus hijos y a los hijos de tus hijos el día en que estuviste de pie ante HaShem tu D’s en Jorev (Monte Sinai), cuando HaShem me dijera: ‘Reúneme a pueblo para que escuchen Mis palabras, para que aprendan a temerme reverencialmente todos los  días que vivan sobre la tierra y se lo enseñen a sus hijos'».

Todas las almas del pueblo de Israel estuvieron presentes en el Monte Sinai

Dijeron nuestros sabios que también la totalidad de las almas del pueblo de Israel que habrían de nacer en el futuro estuvieron presentes en el Monte Sinai y captaron los fundamentos de la fe y de la Torá. A esto se refirió Moshé al hablar a los hijos de quienes estuvieron frente al Monte Sinai durante la revelación, hijos que no estuvieron de cuerpo presente en el magno evento, diciéndoles que también con ellos HaShem había establecido Su pacto (Devarim-Deuteronomio 5:2-3), e incluso con todas las generaciones que estaban por nacer (ídem 29:13-14). Nuestros sabios agregaron que incluso las raíces de las almas de los conversos participaron de la revelación en Sinai (Tratado de Shabat 146(A)).

Los profetas posteriores a Moshé Rabenu

El rol de los profetas es el de continuar el camino de Moshé Rabenu y enseñar la Torá al pueblo de Israel, fortalecer su cumplimiento de los preceptos y guiarlos por la senda de la observancia tomando en cuenta las circunstancias y las necesidades tanto de la época como del colectivo israelita y de las personas individuales. Pero de ninguna manera pueden eliminar o modificar ninguna de las palabras de la Torá, pues se nos ordenó cumplirla por siempre. Tal como fue dicho (Devarim-Deuteronomio 13:1): «Cuidaréis de cumplir todo cuanto os ordeno, no agregareis a esto ni tampoco quitareis». Y fue dicho (Vaikrá-Levítico 27:34): «Estos son los preceptos que ordenó HaShem a Moshé y al pueblo de Israel en el Monte Sinai», para enseñarnos «que a partir de ahora los profetas no tienen permiso de innovar nada » (Tratado de Temurá 16(A)). Por lo tanto, si un profeta dice que resulta necesario cambiar algo en la Torá, eliminar un precepto o agregar otro, es sabido que se trata de un falso profeta y su castigo es la pena de muerte por asfixia. Sin embargo, como medida temporaria y a los efectos de elevar al pueblo y apegarlos a la Torá, es preceptivo prestarle atención al profeta si insta a transgredir uno de los preceptos de esta (Rambám Hiljot Yesodei HaTorá 9:1 y 4-5).

Todas las señales y las maravillas que los falsos profetas pueden realizar no se comparan en absoluto a la recepción de la Torá en el Monte Sinai, ya que ninguno de estos logra autentificar que, en efecto, quien lo lleva a cabo, es realmente un profeta pues siempre cabe sospechar que se trate de una brujería o de un embuste. Por el contrario, siempre y cuando el profeta no contradiga las palabras de la Torá es de suponer que, en efecto, su profecía es válida por lo que resulta preceptivo prestar atención a sus palabras, tal como se confía en las de dos testigos, a pesar de que a veces puede ocurrir que mientan. Por el contrario, de la revelación del Monte Sinai participó todo el pueblo, con todo su ser, con el Nefesh, el Ruaj y la Neshamá de cada uno de ellos, todos vieron y escucharon a HaShem entregando la Torá a Israel por medio de Moshé y toda la nación fue testigo de ello. Por lo tanto, cualquier profeta que venga a negar la Torá, es falso y tiene pena de muerte (Rambám Hiljot Yesodei HaTorá 8:1-3).

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