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El precepto de procrear y la apropiación de la tierra de Israel

  • El precepto de habitar la tierra de Israel debe cumplirse gradualmente de acuerdo con la dimensión y las capacidades del pueblo de Israel.
  • La negligencia del pueblo de Israel en el cumplimiento del precepto de la procreación llevó a que los límites del país permanecieran reducidos y en su interior subsistieran enclaves cananeos.
  • En nuestra generación el precepto de procrear tiene una especial importancia para la nación, y las familias que lo cumplen con excelencia reciben una especial bendición.

En los días en que se fundó el movimiento sionista el pueblo judío contaba con una población de once millones de almas y los árabes que habitaban en los alrededores de los límites bíblicos de la tierra de Israel eran poco más de cinco millones. En esos días, el pueblo judío tuvo la oportunidad de regresar a su tierra, crecer y multiplicarse en ella. La negativa a cumplir con el precepto de ascender a la tierra de Israel en días en los que existía la posibilidad de hacerlo es una suerte de versión contemporánea del pecado de los espías, y tal como vimos en la Torá, el precio que se debió pagar por ello fue terrible.

Los límites de la tierra de Israel se extienden desde el río de Egipto hasta el Éufrates (Bereshit-Génesis 9:18). Sobre esto se nos ordenó: «…la tierra del Cna’aní y el Líbano hasta el río grande, el Río Eufrates... allegaos y tomad posesión de la tierra, la que había prometido HaShem a vuestros patriarcas – a Abraham, a Itzjak y a Ya’akov – para dar a ellos y a su descendencia tras ellos» (Devarim-Deuteronomio 1:7-8). Sin embargo, en la porción de Mas’ei aprendemos que los límites reducidos no incluyen siquiera la margen oriental del rio Jordán.

Esto se debe a que el precepto de habitar la tierra de Israel debe cumplirse gradualmente, de acuerdo con las capacidades del pueblo de Israel. Dado que el pueblo judío no era suficientemente numeroso previo a su ingreso al país, no era capaz de habitar todas las extensiones de la completitud de la tierra prometida, por lo que la orden fue conquistar en primer lugar la margen occidental del Jordán -de acuerdo con los límites estipulados en la porción de Mas’ei- donde se encuentran las zonas más sagradas del país. Solamente luego de haber poblado como corresponde todos los territorios que se encontrasen en su poder, los límites israelitas habrían de expandirse gradualmente hacia la margen oriental y a todos los confines de la tierra de Israel (Rambán, comentario a Bamidbar-Números 21:21). Así lo explicó el Malbim: «En esta porción la Torá hace uso varias veces del vocablo lajem, ‘para vosotros’, hasta finalizar diciendo «esta será la tierra para vosotros» – insinuándonos que estos límites son provisorios y en un futuro habrán de expandirse, tal como ocurrió en los días de David y Salomón, o en los días de Yehoshafat y en los de Herodes, cuando su reinado se extendió hasta el rio Éufrates, y más aún en el futuro por venir».

Por ello, en un inicio Moshé no tuvo la intención de conquistar las tierras de Sijón y Og, y solamente después que estos no respondieron favorablemente a la oferta de paz del pueblo de Israel y nos atacaron – conquistamos sus dominios. Luego de que los miembros de las tribus de Reuvén, Gad y media tribu de Menashé pidieron asentarse en la margen oriental del Jordán Moshé accedió, a condición de que participen también de la conquista de la parte más consagrada del país que se encuentra en la ribera occidental.

Sin embargo, tampoco la margen occidental fue apropiadamente poblada, especialmente en todo lo referido a la frontera norte.

La frontera norte

Existen cinco opiniones respecto de cuál es el punto más occidental de la frontera norte de la tierra de Israel, aquel que se encuentra a orillas del Mar Mediterráneo. 1) Según las traducciones de Yonatán y la de Jerusalém este punto se encuentra en los montes Taurus en el sur de Turquía, al norte del paralelo 36. 2) Según el comentario de Kaftor VaFeraj este sitio está en una montaña llamada Akra – hoy el Monte Kal, en el límite entre Siria y Turquía, al norte del paralelo 36. 3) Según Rambám, esto está en el paralelo 35 en una montaña contigua a la localidad de Banias. 4) Según Rabí Shelomó Sirilio y el autor de Tvuot HaAretz, este monte se encuentra levemente al sur de la ciudad de Trípoli y hoy recibe el nombre de Monte Batrón. 5) Según el autor del libro Admat Kodesh este sitio se encuentra junto a Beirut por el oriente, en un monte hoy llamado Jamana (Pninei Halajá, Ha’Am VeHaAretz 3:15).

Aparentemente, la primera y la segunda opinión se refieren a la frontera de toda la tierra de Israel, ya que desde los puntos mencionados es posible trazar una línea hasta el rio Éufrates que atraviesa por límites naturales. La cuarta y la quinta opinión se refieren a los límites mencionados en esta porción de Mas’ei, que los que salieron de Egipto debían conquistar y repartir entre las tribus.

A nosotros nos parece más plausible la quinta opinión, ya que en la práctica el límite del asentamiento israelita llegaba hasta las cercanías de la actual ciudad de Beirut. Asimismo, vimos el precepto de la Torá de establecer ciudades refugio equidistantes entre sí, y esa misma distancia debía existir entre la más norteña de estas y la frontera norte (Tratado de Macot 9(B)). Dado que la ciudad refugio más norteña de la Galilea era Kedesh (unos veinticinco kilómetros al norte del lago Kineret), por ende, el límite norte debía encontrarse en las cercanías de Beirut.

La frontera norte en la práctica

De todas maneras, aunque aceptemos como acertada a la cuarta o a la quinta opinión y entendamos que se refiere a los límites estipulados en la porción de Mas’ei, aun enfrentamos dificultades de comprensión, ya que la porción norteña le pertenece a la tribu de Asher, y cómo es posible que ésta haya recibido una parcela tan grande. Pues, aunque no guiemos por la quinta opinión, resulta que recibió un territorio mayor que el de las demás tribus ya que abarcaba la mayoría de la Galilea y cerca de la mitad de los montes del Líbano hasta Beirut, un territorio sumamente extenso y fértil. Cuánto más difícil aún resulta aceptar la cuarta opinión, la que incluye todos los montes del Líbano hasta la ciudad de Trípoli.

Es posible explicar que en un inicio diez tribus debían heredar en la margen occidental del Jordán hasta llegar a Jamat, tal como los espías en su recorrido habían llegado hasta esa localidad (Bamidbar-Números 13:21). Incluso después de que las tribus de Reuvén, Gad y media tribu de Menashé heredaron tierras en la margen oriental del Jordán, el límite norte de la tierra de Israel al que se debía aspirar continuaba siendo Hor Hahar y Levó Jamat. Pero la repartición de las tierras entre las tribus en los días de Yehoshúa Bin Nun llegaba solamente hasta la ciudad de Sidón y allí es donde culminaba el territorio de la tribu de Asher. Todo el territorio que se encontraba al norte de la parcela de la tribu de Asher hasta Levó Jamat y los montes del Líbano y al este de la ciudad de Sidón estaba destinado a todo aquel que careciese de tierra, y así fue como los hijos de la tribu de Dan llegaron hasta la localidad de Leshem, cercana a la actual ciudad de Kiriat Shemona (ver Pninei Halajá Ha’Am VeHaAretz 3:14).

Negligencia en la procreación

Dado que la demografía del pueblo de Israel no alcanzó para poblar todo el país, y las tribus de Reuvén, Gad y media Menashé se asentaron en la margen oriental del Jordán, ni siquiera la margen occidental la logramos poblar como corresponde, numerosos enclaves quedaron en manos de los cananeos, así como también casi todo el territorio al norte de los montes del Líbano. A final de cuentas, la demográfica fue la causa por la que las naciones extranjeras se quedaron en el país, el Templo de Jerusalém finalmente fue destruido, tuvimos que salir al exilio y se cumplió en nosotros aquello que fue dicho: «Pero si no vais a desterrar a los habitantes de la tierra de delante de vosotros, los que dejéis de ellos, serán espinos en vuestros ojos y aguijones en vuestros costados; y os hostigarán a vosotros en la tierra que vosotros habitáis» (Bamidbar-Números 33:55).

Es importante precisar que el quid del fracaso israelita en poblar toda su tierra no obedece a que no hayamos combatido como corresponde contra nuestros enemigos, sino a nuestra negligencia en el cumplimiento del precepto de procrear (prú urbú), motivo por el cual no había suficientes personas como para colonizar todo el país. Tal como fue dicho: «Poco a poco los expulsaré de ante ti hasta que fructifiques y poseas la tierra» (Shemot-Éxodo 23:30).

El doble pecado de los espías

Resulta entonces que en la profundidad del pecado de los espías anidaba otro error, la negligencia en el cumplimiento del precepto de procrear. Durante los doscientos diez años de estancia en Egipto, los israelitas pasaron de setenta almas a seiscientos mil hombres en edad de servir en el ejército, mientras que, durante los cuarenta años de permanencia en el desierto, en los que deberíamos haber duplicado o triplicado nuestro número, no crecimos en absoluto.

Estos dos preceptos, el de habitar la tierra de Israel y el de procrear – dependen el uno del otro. La bendición de la tierra y la de la familia son una sola. Tal como le fue dicho a nuestro patriarca Abraham: «Pues toda la tierra que tú ves a ti te la daré y a tu descendencia, hasta la eternidad. Tornaré a tu descendencia como el polvo de la tierra — pues si pudiere el hombre contar el polvo de la tierra — también tu descendencia sería contada» (Bereshit-Génesis 13:15-16). Y así también le fue dicho a nuestro patriarca Ytzjak: «Acrecentaré tu descendencia cual estrellas de los cielos y daré a tu descendencia todas las comarcas éstas – y serán bendecidas por tu descendencia todas las naciones de la tierra» (ídem 26:4). Otro tanto le fue dicho a nuestro patriarca Ya’akov: «La tierra sobre la que tú estás acostado, a ti te la habré de dar y a tu descendencia. Y será tu descendencia cual polvo de la tierra e irrumpirás hacia el occidente y el oriente y hacia el norte y el sur. Y serán bendecidas por tu causa todas las familias de la tierra y por la de tu descendencia» (ídem 28:13-14).

El pecado de los espías en nuestra generación

Hace ciento veinte años, unos cincuenta después de que comenzara la actividad en pro del retorno a la tierra de Israel de los rabinos Alkalay y Kalisher, en días en los que se fundaba el movimiento sionista, el pueblo judío sumaba once millones de almas. Los árabes que habitaban alrededor de los límites bíblicos de la tierra de Israel, incluido el Líbano, Siria e Irak, eran poco más de cinco millones, cuando a ambas márgenes del Jordán vivían poco más de medio millón de árabes. Esa era la oportunidad del pueblo judío de retornar a su tierra, crecer y multiplicarse en ella. Sin embargo, la mayoría de nuestros hermanos temían abandonar el exilio, ascender a la tierra de Israel y tomar el destino en sus propias manos tal como lo indica la Torá. Si bien el desafío era enorme, la inmigración a la tierra de Israel en esos días implicaba grandes dificultades, pero la negativa a cumplir el precepto de ascender a nuestra tierra cuando esto era posible es una suerte de pecado de los espías contemporáneo, y tal como vemos en la Torá, el precio que se pagó por este error fue terrible. Atravesamos el Holocausto, el régimen represivo comunista y la asimilación. Y así hoy, en todo el mundo hay quince millones de judíos que se identifican como tales, de los cuales siete viven en la tierra de Israel. Por el contrario, los árabes que viven alrededor de la tierra de Israel pudieron disfrutar tanto de los resultados de la revolución industrial como de la expansión de la producción alimentaria y suman hoy más de ochenta millones. Estos números nos enseñan la verdadera gravedad del pecado de los espías – el pecado de temer ascender a la tierra de Israel, conquistarla y habitarla, que es el principal motivo que suscitó la destrucción del Templo, por la que nos enlutamos el 9 de Av.

En la antigüedad, a raíz del pecado de los espías, toda la generación que salió de Egipto se quedó a morir en el desierto. En los tiempos modernos, grandes cantidades de judíos que se quedaron en el exilio fueron asesinadas, reprimidas o simplemente se asimilaron.

Felices de los judíos que escogieron venir a la tierra de Israel y poblarla. Por su mérito el pueblo judío vuelve a recuperarse tras las cruentas tragedias que atravesó en el siglo XX. Solamente imaginemos cuál sería nuestra situación si millones de judíos hubiesen llegado a la tierra de Israel antes del Holocausto y hoy sumásemos cincuenta millones de almas, los eruditos de la Torá y de la ciencia habrían aportado de sus conocimientos para perfeccionar el mundo de acuerdo con la soberanía de D’s. Aun no es tarde, podemos todavía reparar tanto lo concerniente al poblamiento de la tierra de Israel como también cumplir con excelencia el precepto de procrear.

La bendición implícita en el precepto

Cada época tiene sus características propias. Así como hay tiempos en los cuales quien invierte en tierra obtiene cuantiosas ganancias, otros en los que quien invierte en tecnología se enriquece, así también hay generaciones en las cuales quien se dedica al precepto de procrear ve una bendición especial en su obra. Así ocurrió en los Estados Unidos durante los ochenta y cinco años que pasaron desde la declaratoria de la independencia (1776) hasta la guerra civil (1865), la población se multiplicó más de diez veces, de tres a treinta y un millón de habitantes, y casi todo ese cambio obedeció al crecimiento vegetativo y a la colonización. Fue entonces que se construyó la sociedad que recibió a las inmensas olas migratorias que arribaron posteriormente y sentaron las bases de la que es hoy la principal potencia mundial.

De igual manera y en mayor medida aun, en las generaciones en las cuales comienzan a materializarse las palabras de los profetas y la tierra de Israel da su fruto, los judíos deben multiplicarse para heredar su país y revelar su bendición al mundo entero. Por ello, en la actualidad, quien logre formar una familia numerosa con amor y alegría, brindando a sus hijos una educación de Torá y ética – verá una bendición especialmente importante.

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