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El silencio de los dirigentes y su castigo

Junto a quienes se quejaron, fueron también castigadas personas justas del pueblo de Israel que no supieron hacer frente a los embates de desagradecimiento y elevar así el espíritu del pueblo.

El silencio de los ancianos del pueblo de Israel ahondó la brecha de desconfianza existente entre la nación por una parte y tanto Moshé como Aharón por la otra, lo cual trajo como consecuencia el pecado de los espías y el amargo castigo que vino como contraparte.

Previo al pecado de las protestas, se había suscitado ya la primera grieta cuando Ytró, el suegro de Moshé deseó regresar a su país.

El pecado fundamental no fue reparado, las personas justas no sintieron la responsabilidad de protestar ante la actitud de los pecadores y de esa manera enaltecerlos. Las grietas continuaron penetrando al interior de la santidad al grado de que incluso Aharón y Miriam hablaron de Moshé. No cabe duda de que su intención era buena, pero dado que la protesta se tornó un fenómeno recurrente en el pueblo de Israel, ni siquiera ellos tuvieron piedad por la dignidad de Moshé Rabenu, el hombre de D’s.

En la porción de lectura de la semana, en Parashat Beha’alotejá, comienza una renovada travesía rumbo a la tierra de Israel. La primera se vio interrumpida por el pecado del becerro de oro. A los efectos de continuar su camino, el pueblo de Israel precisaba reorganizarse y prepararse para la guerra contra los enemigos externos, y también contra los internos bajo la forma de la inclinación al mal o ‘yetzer hará’.

Para ello, HaShem les ordenó colocar el Tabernáculo en el centro del campamento, consagrar a la tribu de Leví y establecer su residencia alrededor del Santuario para que cumplan con su sagrada labor de contar a todos los hombres de cada tribu en edad de servir en el ejército de cara a la conquista de la tierra prometida y el posterior asentamiento en ella, ordenar a las doce tribus alrededor del centro espiritual para que la totalidad del campamento exprese la gran visión israelita. Y hete aquí que la nube de la gloria celestial se alzó sobre el campamento y la travesía comenzó. «Y ocurrió que cuando se desplazaba el Arca, Moshé decía: ‘Surge, HaShem, y que se dispersen Tus adversarios y huyan de ante Ti los que Te aborrecen'».

El Santo Bendito Él procuró acelerar el ingreso del pueblo de Israel a la tierra prometida y por ello los condujo rápidamente por el desierto durante tres días. Sin embargo, ya en la primera parada las personas malvadas que residían en los márgenes del campamento comenzaron a quejarse por lo fatigoso del camino y los justos no se alzaron para contrarrestarlos. Y cuando no se emite juicio abajo, este es emitido arriba. «Lo escuchó HaShem, se encendió Su furor y ardió en medio de ellos un fuego de D’s que consumió un extremo del campamento» (Bamidbar-Números 11:1).

¿Quiénes son las personas que resultaron incineradas en el extremo del campamento?

En un sentido simple, los más malvados se quejaron y resultaron devorados por el fuego. No obstante, también en el otro extremo, en el seno de las personas más justas, hubo quienes resultaron castigados. Se trataba de los ancianos de la nación, que en el pasado cuidaron con abnegación el fuego de la fe durante la esclavitud en Egipto, pero cuando HaShem les pidió que se sumaran a Moshé en su petición ante el Faraón de que dejara ir a Israel, temieron y se quedaron en sus casas. HaShem tomó represalias contra ellos durante la entrega de la Torá en Sinai al ordenar que solamente Moshé ascendiera al encuentro al tiempo que ellos debían permanecer junto al pueblo a los pies del monte (Shemot-Éxodo 5:1 y Rashí). En lugar de asumir su pecado y aceptar su expiación con humildad, no fueron respetuosos, y durante la revelación de la Torá, mientras comían y bebían contemplaron la Divina Presencia y se hicieron merecedores de la pena de muerte. Pero en efecto, HaShem no deseó malograr la alegría la alegría del recibimiento de la Torá y los esperó hasta el evento de las protestas. Esta fue su última oportunidad para reparar su pecado. Si hubiesen manifestado celo por la dignidad Celestial enfrentando a los que se quejaban, habrían reparado su mala acción anterior logrando así salvarse, pero al haber actuado con negligencia, fueron castigados y también devorados por el fuego de HaShem (Shemot-Éxodo 24:11 y Rashí).

La continuación del deterioro de su conducta

Al no haber reacción por parte de los ancianos de la nación, el populacho enardecido, los miembros de la gran mescolanza de naciones (‘erev rav’) y las personas frívolas comenzaron a desear carne y a protestar. Y nuevamente las personas importantes de la comunidad no les hicieron frente y muchos de los hijos de Israel se sumaron a las quejas y lloraron. Aparentemente, solamente pedían calabacines y sandías, sin embargo, su pecado fue de importancia. En vez de apreciar todo lo bueno que HaShem les proveía – lloraron. «Se encendió grandemente el furor de HaShem y a los ojos de Moshé fue malo» (Bamidbar-Números 11:10).

El intento de reparar la falencia por medio de setenta ancianos

Todavía resultaba posible reparar. Para ello, HaShem ordenó nombrar a setenta ancianos de entre aquellos alguaciles que habían estado dispuestos a sufrir los azotes de los egipcios en aras del pueblo de Israel. Cuando el Faraón decretó agobiar a los judíos con trabajos forzados, nombró alguaciles para que los azotaran e impulsaran a trabajar más rápido y completar así la porción de labor asignada. Sin embargo, estos alguaciles tuvieron piedad de sus hermanos y no los hostigaron, motivo por el cual fueron golpeados duramente por los egipcios, tal como fue dicho: «Y fueron golpeados los alguaciles del pueblo de Israel». Dado que cargaron con el pesar de la nación y fueron azotados en su lugar, HaShem le ordenó a Moshé nombrarlos miembros del Sanhedrín y fue emanado sobre ellos del espíritu de Moshé (Shemot-Éxodo 5:14, Bamidbar-Números 11:16 y Rashí).

«Y ocurrió que al posarse sobre ellos el espíritu, profetizaron, mas no continuaron» (Bamidbar-Números 11:25). A pesar de sus virtudes no tuvieron a bien reparar el pecado y enfrentar a los que protestaban y despertarlos así a la posibilidad de encumbrarse más allá de las necesidades puntuales o coyunturales para que sigan a Moshé rumbo a la tierra de Israel con entrega y entusiasmo. Este es el grado de involucramiento que se pretendía de las personas justas en aras de ingresar a la tierra prometida. Mas ellos no lograron adoptar una actitud que tome en consideración el bienestar de la generalidad del pueblo de Israel y por ello ya no fueron más los depositarios de posteriores profecías.

No hay quien haga frente a la situación salvo Moshé

El pueblo continuó quejándose y espetando hacia el Cielo como si la mano de D’s no pudiese alimentarlos y satisfacer sus necesidades. Entonces, HaShem les trajo las codornices, pero les demostró, que como siempre, ir tras las pasiones hace que la persona se pierda en este mundo. La carne se transformó en un obstáculo cuando todos aquellos que detentaban un deseo desenfrenado se abalanzaron groseramente sobre las codornices, motivo por el cual fueron castigados y murieron presas de la furia Divina.

Sin embargo, el pecado fundamental no fue reparado, las personas justas no sintieron la responsabilidad de protestar ante la actitud de los pecadores para de esa manera lograr enaltecerlos.

Las grietas continuaron penetrando al interior de la santidad al grado de que incluso Aharón y Miriam hablaron de Moshé. No cabe duda de que su intención era buena, pero dado que la protesta se tornó un fenómeno recurrente en el pueblo de Israel, ni siquiera ellos tuvieron piedad por la dignidad de Moshé Rabenu, el varón de D’s. Y no hubo quien los reprimiera salvo el mismísimo HaShem. Y si bien las personas malvadas fueron castigadas en el extremo del campamento, y asimismo la multitud de los hijos de Israel enardecidos fueron castigados, y tanto Aharón como Miriam resultaron amonestados, las personas justas aun no se despertaron para asumir que de ahí en más debían enfrentar a los pecadores. El pueblo se acostumbró a que en momentos de crisis las quejas se dirigían hacia HaShem y hacia Moshé Rabenu en lugar de que se llevara a cabo una revisión reflexiva y una reparación de lo sucedido.

La terrible caída

De ese modo se resquebrajó la confianza del pueblo de Israel en HaShem y en Moshé por lo que pidieron enviar espías previo a su ingreso a la tierra prometida. Cuando los informantes regresaron y expresaron su opinión de que el pueblo de Israel no estaba en condiciones de conquistarla, aquella generación enfrentó la gran prueba de su vida. Yehoshúa y Calev intentaron todavía enfrentar a los espías, mas ello ya fue tarde. Sus palabras carecieron de escuchas, las personas justas se acostumbraron a que HaShem los habría de salvar y Moshé Rabenu se enfrentaría solo a los malvados. Y cuando la reacción Divina a las palabras de los espías demoró en llegar, también estas se sintieron aterrorizadas ante el desafío que implicaba entrar a la tierra de Israel y lloraron junto al resto del pueblo toda aquella noche.

Con ese llanto despreciaron a la tierra buena y dieron su espalda al principal desafío en aras del cual habían salido de Egipto, revelar la cuestión Divina en la tierra, tal como fue dicho: «Y os traeré a vosotros a la tierra, la cual juré dar a Abraham, a Ytzjak y a Ya’akov. Y la daré a vosotros por heredad. Yo Soy HaShem» (Shemot-Éxodo 6:8, ídem 3:17).

Entonces fue decretada la muerte de toda aquella generación y el ingreso a la tierra de Israel se pospuso por cuarenta años, hasta que la totalidad de los cadáveres de toda aquella gente fuera enterrada en el desierto y sus hijos pudieran entrar al país. Dado que se trataba de una generación especialmente luminosa que había experimentado tanto la esclavitud en Egipto como así también el milagro de la redención y de la entrega de la Torá, aquella noche en la que pecaron, la noche del 9 de Av, se tornó un día de llanto por generaciones.

Ytró y su descendencia

Si observamos detenidamente descubriremos que la primera fisura, aun antes de las quejas y las protestas, comenzó con la dificultad que experimentara Ytró, el más ilustre de los prosélitos, en incorporarse al pueblo de Israel. Cuando los judíos comenzaron su travesía a la tierra prometida, Moshé Rabenu invitó a Ytró a sumarse a la nación. Sin embargo, Ytró le respondió: «No habré de ir sino rumbo a mi tierra y a mi patria» (Bamidbar-Números 10:30). Nuestros sabios explicaron que Ytró temió que quizás no tendría un lugar para ocupar entre Moshé, Aharón y todos los sabios de Israel, y por ende se sentiría innecesario, motivo por el cual prefirió regresar a Midián, e incluso pensó difundir allí el monoteísmo (Sifrei Zuta).

Otros sostienen que Ytró comprendió que a tierra de Israel sería repartida entre los hijos de Israel que habían padecido la esclavitud en Egipto y por ello ni él ni su descendencia podrían acceder a heredad alguna por lo que se verían en la necesidad de vivir indignamente (Rashí).

Sin embargo, Moshé le insistió que se quedara con los hijos de Israel para que aportara su sabiduría y su consejo, tal como fue dicho: «Te ruego, no nos abandones, ya que tú conoces nuestro acampar en el desierto y has sido para nosotros como ojos” (Bamidbar-Números 10:31). Respecto del temor de que Ytró y su descendencia careciesen de heredad en la tierra de Israel le dijo que la nación hebrea le otorgaría de las bondades del país, tal como fue dicho: “y será que, si vas con nosotros, y será que del bien que hará HaShem con nosotros también nosotros te haremos bien a ti” (ídem 32). Sin embargo, Moshé no podía asegurarle una parcela permanente en la tierra de Israel ya que esta había sido prometida a los judíos que habían sufrido la subyugación en Egipto, pero sí se comprometió a que estos le habrían de otorgar de las bondades del país. Cuando se realizó la conquista del territorio, incluida la ciudad de Jericó que era un fértil oasis del desierto, los israelitas la consagraron como surtidora de alimentos para el Templo de Jerusalém, y estipularon que hasta que se conquistara la ciudad santa, los hijos de Ytró habrían de habitarla en esta localidad en tiendas. Así, resultó que su estancia en Jericó se prolongó por cuatrocientos cuarenta años (Rashí y Radak a Yehoshúa-Josué 1:16).

Tal como parece, durante todo ese tiempo muchos de los hijos de Ytró se mezclaron con las tribus de Israel, y al erigirse el Templo de Jerusalém varios de los que habitaban Jericó se sumaron a los que ya se habían integrado. Sin embargo, quedó un núcleo de descendientes de Ytró que eran llamados “Keinim” (“Cineos”) en memoria de uno de los nombres de su patriarca, o “Bnei Rejev” (hijos de Rejev) en homenaje al padre de su familia, que continuaron habitando en tiendas en la zona limítrofe con el desierto, en la periferia de las porciones de Yehudá y Biniamín, en territorios que no fueron adjudicados a familias de Israel, conformándose con poco y manteniéndose apegados a HaShem. Cuando Yehú se rebeló contra la dinastía de Ajav por orden del profeta Elishá (Eliseo) y estuvo a punto de erradicar el culto al Ba’al de la tierra de Israel, solicitó la ayuda de Yehonadav ben Rejev y lo sumó a su carro de combate (Reyes-Melajim II 10:15-16).

Doscientos años más tarde, cuando el profeta Jeremías (capítulo 35) anunció la destrucción del Templo y reprendió al pueblo judío por haber abandonado los caminos de HaShem, puso como ejemplo a los hijos de Rejev que observaban la directiva de su padre y se abstenían de ingerir vino, no habitaban en casas sino únicamente en tiendas para recordar permanentemente a HaShem y vivían largos años sobre la tierra. En virtud de ello sobrepasaron la destrucción del Templo siendo menos afectados por ella en términos de sufrimiento y pérdidas, y tuvieron el mérito de que entre ellos surgieran siempre estudiosos de la Torá (Sifrei Zuta ídem, Mejilta DeRashbi a Éxodo 18, Rashí allí).

La crisis y la reparación

Resulta probable que la crisis que condujo al pecado de los espías tuviera su inicio en el hecho de que Ytró no se sintiera suficientemente bien aceptado en el seno del pueblo de Israel, al grado de que llegó a pensar en regresar a Midián. Esta penuria por la que atravesó el más notable de los prosélitos, generó una fisura que fue ampliándose con el actuar de los que impulsaron las protestas y terminó desembocando en el pecado de los espías.

Incluso después de que Moshé Rabenu apaciguara a Ytró y el pueblo de Israel le otorgara la ciudad de Jericó para que sus descendientes la habitaran hasta que el Templo de Jerusalém fuera erigido, al no recibir estos una parcela regularizada y permanente, al grado de que los más ilustres de sus descendientes habitaban en tiendas, tampoco el dominio efectivo de la tierra de Israel por parte del pueblo de Israel era todo lo firme y fijo que debería ser, hasta que por efecto de la profusión de pecados el país resultó destruido y los judíos fueron exiliados.

Sin embargo, el legado de los descendientes de Ytró, que, en su gran piedad, a pesar de ser prosélitos carentes de parcela, vivían en tiendas, se apegaban a la tierra de Israel y servían a HaShem – perduró por generaciones en nuestra nación. Gracias a este, nuestros antepasados tuvieron la fuerza de permanecer apegados a HaShem aun siendo forasteros en tierras extrañas.

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