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Rut la moabita y la virtud de los prosélitos

  • Con gran generosidad y entrega, Rut logró redimir a todos los que la rodeaban: el pecado de Elimelej fue borrado, Na’omí que no se opuso al proceder de su marido pudo consolarse con su hijo, e incluso Bo’az tuvo el mérito de tener un descendiente.
  • A pesar de su tardía incorporación, el pacto que fue establecido en Sinai incluyó también a los prosélitos
  • Desde una perspectiva profunda, la Torá Escrita y la profecía tienen más que ver con la singularidad del pueblo de Israel, al tiempo que la Torá Oral, que se renueva constantemente, se vincula más con los conversos.

Si bien los prosélitos se convierten por efecto de su propia elección, y no hay decisión humana que exprese más claramente el poder del libre albedrío que la de convertirse, una vez finalizado el proceso queda en evidencia que desde un inicio había una chispa sagrada en la raíz de sus almas gracias a la cual pudieron elegir convertirse.

En uno de los momentos más bajos de la historia de nuestra nación, durante los días de los jueces, cuando el hambre azotaba la tierra de Israel, Elimelej y su familia abandonaron la localidad de Beit Lejem, en las montañas de Yehudá, y se mudaron a Moab. Elimelej y su esposa Na’omí eran de los descendientes más encumbrados de una familia rica e influyente de la tribu de Yehudá, que según el testamento que nuestro patriarca Ya’akov ordenara a sus hijos, sería aquella de la cual habría de surgir el rey de Israel. Sin embargo, aparentemente Elimelej, que recordaba muy bien las guerras fratricidas y las derrotas ante los enemigos exteriores perdió toda esperanza respecto del futuro del pueblo de Israel, y cuando se desató la hambruna en el país se desentendió de las personas necesitadas de su pueblo y se fue a vivir a Moab con su familia a los efectos de salvar su patrimonio. Elimelej comenzó su nueva vida en el país vecino, casó a sus hijos Majlón y Kilión con Rut y con Orpá las cuales estaban emparentadas con la familia real de Moab. Sin embargo, la suerte no les sonrió y en cuestión de diez años Elimelej falleció, sus hijos que intentaron continuar con sus negocios se empobrecieron y murieron, y Na’omí que quedó viuda y sin hijos decidió regresar a su casa abandonada en la ciudad de Beit Lejem.

En virtud de su amor por su suegra, las nueras decidieron regresar a la tierra de Israel junto a ella. Na’omí las abrazó y besó y les agradeció lo generoso de sus intenciones para con su suegra y para con la memoria de los difuntos, pero como acto de responsabilidad hacia ellas les ofreció que regresaran a sus hogares paternos, volvieran a casarse y tuviesen hijos. Ellas prorrumpieron en llantos y le pidieron acompañarla. Na’omí les explicó que si la acompañaban se quedarían viudas y solas hasta el día de su muerte porque no tenían probabilidad alguna de encontrar un pretendiente en el pueblo de Israel, y tampoco serían bien recibidas ya que su familia había traicionado a su nación en los días de la hambruna, y, por el contrario, mujeres virtuosas como ellas lograrían recomponer sus vidas y formar familias en Moab. Orpá besó a Na’omí y regresó a su hogar, mas Rut se apegó a su suegra.

Le dijo Na’omí a Rut: Tu cuñada regresó a su nación, regresa tú también y forma una familia. “Y le dijo Rut: No me pidas que te abandone y no vaya tras de ti, pues adonde vayas iré, donde duermas dormiré, tu pueblo será mi pueblo y tu D’s será mi D’s. Donde mueras moriré y allí seré sepultada, así haga HaShem y más también, pues solamente la muerte habrá de separar entre nosotras” (Rut 1:16.17). En virtud de su sentido del deber moral para con su desgraciada suegra el corazón de Rut se abrió a la fe en HaShem, D’s de Israel, y decidió convertirse e incorporarse al pueblo de Israel por medio de un pacto eterno, y aunque para ello deba quedar viuda y pobre hasta el último de sus días.

Al llegar a Beit Lejem tuvo lugar el funeral de la esposa de Bo’az, quien era la personalidad espiritual más importante de su generación (Talmud Babilonio Tratado de Baba Batra 91(A)). Parece ser que cuando Na’omí era una joven pudo haberse casado con Bo’az con el que tenía un cierto parentesco, pero sus padres escogieron para ella a Elimelej que era considerado más exitoso.

A raíz de su gran vergüenza, Na’omí procuró regresar a su ciudad en secreto ingresando por su parte trasera, por una senda que conducía directamente al cementerio. Pero justamente en ese momento tuvo lugar el funeral de la esposa de Bo’az y entonces todos los asistentes al entierro pasaron frente a Na’omí que estaba regresando derrotada a su casa abandonada. Ellos recordaron su anterior riqueza y su abolengo, cómo solía pasearse con esplendor en carruajes y magníficos ropajes, y ahora su vestimenta estaba raída, su rostro castigado por el hambre y era acompañada por una joven extranjera (Rut Rabá 3:6).

“Toda la ciudad se sorprendió y exclamó: ¿Acaso es esta Na’omí? Y ella les dijo: No me llamen Na’omí (del vocablo No’am que denota ‘agradable’ N. de T.) sino Mará (lit. ‘amarga’) pues D’s me ha amargado grandemente. Me fui plena y D’s me devolvió sin nada, por qué habríais de llamarme Na’omí si HaShem me ha afligido y el Eterno me ha mortificado”.

Na’omí y Rut estaban hambrientas, pero mantuvieron su dignidad y se abstuvieron de golpear a las puertas de las casas de los ricos para pedir caridad. Para su suerte, esos eran los primeros días de la siega de la cebada y la Torá establece un precepto según el cual se debe dejar en el campo una parte de la cosecha para los pobres, en los regímenes de Leket, Shijejá y Peá (lo que se cae de la gavilla, lo que es olvidado de recolectar y una porción del campo que no se cosecha y se deja para los menesterosos N. de T.). Sin embargo, salir al campo a recoger lo que se había caído de las gavillas (Leket) representaba para Na’omí una terrible humillación. Rut la moabita se voluntarizó para ir por una tierra que le era extraña y recoger los presentes que se dejaban para los menesterosos. Casualmente llegó a campo de Bo’az, los jóvenes labriegos hablaron de ella, y este, que prestó atención a su recato y a su buen corazón, por temor a que en otros sitios fuese acosada o alguien procurase abusar de su debilidad, le pidió que continuara acudiendo a su campo a recolectar. Paralelamente, ordenó a sus trabajadores que la conviden de sus alimentos y le dejen abundantes espigas.

Cuando Rut la moabita regresó donde Na’omí y le contó que un hombre llamado Bo’az la había tratado amablemente, ella comprendió que probablemente de él provenga su salvación, ya que, si bien era varias decenas de años mayor que Rut, era pariente suyo, y en caso de aceptar desposarla bajo el formato de una suerte de levirato, podrían tener un hijo del cual se recomponga la familia. Sabiamente, Na’omí elaboró un plan por el cual Rut habría de expresar del modo más profundo y valiente su deseo de casarse con Bo’az a pesar de ser este mucho mayor que ella. No obstante, se les presentaba un doble problema. Por una parte, existía la duda halájica respecto de si era o no permitido desposar a una conversa moabita. Por la otra, en caso de tratarse de un levirato, había una persona más cercana que Bo’az en la línea sucesoria. Una vez que el tribunal sentenció que estaba permitido desposar a una prosélita moabita, y el pariente en cuestión se negó a desposar a Rut, Bo’az lo hizo. “Y tomó Bo’az a Rut por su esposa, cohabitó con ella y HaShem le concedió a ella un embarazo y tuvo un varón. Y le dijeron las mujeres a Na’omí: Bendito sea HaShem que no te dejó sin redentor y te dio un nombre en Israel. Él deleitará tu alma y te alimentará en tu vejez, pues tu nuera que te quiere dio a luz y ella es para ti mejor que siete hijos. Y tomó Na’omí al niño, lo puso en su regazo y fue su nodriza”. Tan generosa había sido Rut con Na’omí que la hizo plenamente partícipe de la crianza del niño, al punto que las vecinas dijeron: “He aquí que Na’omí tuvo un hijo”.

De ese modo, con gran generosidad y entrega, Rut logró redimir a todos los que la rodeaban: el pecado de Elimelej fue borrado, Na’omí que no se opuso al proceder de su marido pudo consolarse con el hijo de Bo’az y Rut, e incluso Bo’az fue redimido, ya que previamente tuvo treinta hijos y todos fallecieron en sus días (Tratado de Baba Batra 91(A)), y por el mérito de Rut logró tener un descendiente que continúe su legado.

Pasaron muchos años, Bo’az y Na’omí fallecieron, nuestros sabios dijeron que HaShem recompensó a Rut con una muy larga vida, tuvo el privilegio de ver a David, su bisnieto, salvar al pueblo de Israel y establecer una casa real en Jerusalém para todas las generaciones, e incluso alcanzó a contemplar a Shlomó ocupar el trono. La llamaban “la madre del reino”, y en los eventos festivos la sentaban junto al rey en una silla de honor, y todos sabían que la familia real de Israel había sido salvada y establecida por el mérito de la benevolencia de esa justa abuela prosélita (Reyes I 2:19, Tratado de Baba Batra 91(B)).

La entrega de la Torá al pueblo de Israel y a los prosélitos

Cuando HaShem estableció el pacto con el pueblo de Israel en el Monte Sinai lo hizo también con los prosélitos que habrían de convertirse en el futuro. Tal como le dijera Moshé al pueblo de Israel (Devarim-Deuteronomio 29:13-14): “No solamente con ustedes establezco Yo este pacto y esta advertencia sino que con todos aquellos que se encuentran hoy aquí con nosotros y todos aquellos que no están hoy aquí con nosotros”. Y entre aquellos que “no están hoy aquí con nosotros” se incluían aquellos prosélitos que habrían de convertirse en el futuro (Tratado de Shvu’ot 39(A)).

De esto resulta que, en el mismo momento de entrega de la Torá al pueblo de Israel, se estableció que hubiera prosélitos de las distintas naciones del mundo que se sumasen a la nación judía y a su gran misión de traer la bendición a todas las familias de la tierra.

Dijeron nuestros sabios (Midrash Tanjuma Vaiakhel 8) que por ese motivo “la Torá fue entregada en el desierto, para expresar que, así como ese territorio pertenece a todos los seres humanos (carece de dueño) de igual manera las palabras de la Torá están a disposición de todo aquel que desee estudiar… tal como fue dicho (Vaikrá-Levítico 18:5): “Y guardareis Mis leyes y Mis sentencias las cuales realizará el hombre y vivirá en ellas, Yo soy HaShem” – no fue dicho Cohen, Leví o Israel sino ‘hombre’, por lo tanto, «una sola Torá y una sola sentencia habrá para ustedes y para el extranjero que reside con vosotros” (Bamidbar-Números 16:17). Asimismo, vemos que a partir de Itró el prosélito, surgieron grandes sabios que accedieron al espíritu de santidad (Ruaj HaKodesh) y enseñaron Torá a todo el pueblo de Israel.

Nuestro patriarca Abraham es el padre de los hijos de Israel y de los conversos

Nuestro patriarca Abraham, que iluminara al mundo con la luz de la fe y la moral, fue padre tanto de los hijos de Israel como de los conversos. Esto fue así ya que nuestros sabios dijeron que él convertía a los hombres y nuestra matriarca Sará a las mujeres. Cuando ascendieron a la tierra de Israel, junto a ellos lo hicieron también “todas las almas que habían hecho en Harán” (Bereshit-Génesis 12:5, Bereshit Rabá 39:14, Avot DeRabí Natán 12).

El inicio de su acción proselitista

Más aun, en un inicio la acción de Abraham y Sará fue la de convertir prosélitos. Dijeron nuestros sabios (Tratado de Avodá Zará 9(A)) que cuando Abraham alcanzó la edad de cincuenta y dos años concluyeron los dos mil años en los cuales predominó el caos en el mundo y comenzaron los dos milenios de la Torá. ¿Cuál fue la expresión concreta de ello? Que en ese año Abraham y Sará comenzaron a convertir prosélitos. A raíz de esta acción proselitista, posteriormente, al cumplir nuestro patriarca Abraham la edad de setenta y cinco, le fue ordenado que ascendiera a la tierra de Israel y se le anunció que de su simiente surgiría una nación que habría de heredar el país y traería bendición al mundo.

Israel y los conversos – la singularidad por nacimiento y la elección

Si bien los prosélitos se convierten por efecto de su propia elección, y no hay decisión humana que exprese más claramente el poder del libre albedrío que la de convertirse, una vez finalizado el proceso queda en evidencia que desde un inicio había una chispa sagrada en la raíz de sus almas en virtud de la cual pudieron elegir convertirse. Tal como dijeran nuestros sabios (Tratado de Shabat 146(A)), las raíces de las almas de los conversos estuvieron presentes en el Monte Sinai.

Torá Escrita y Torá Oral

Si hemos de profundizar, veremos que los hijos de Israel están más vinculados a la Torá Escrita y a la profecía, en las cuales se destaca más marcadamente el aspecto Divino y la singularidad del pueblo de Israel que es capaz de captar la revelación Divina superior, al tiempo que los conversos están más conectados a la Torá Oral, que es aquella en la cual se pone de manifiesto el aspecto de la innovación que tiene que ver con la elección humana. Moshé Rabenu, el mayor de todos los profetas, que recibiera la Torá en Sinai, es de las personas con mayor abolengo en el pueblo de Israel, así como también los profetas posteriores solían descender de las familias importantes de la nación. Por su parte, Itró, que se convirtiera, tuvo el privilegio de idear desde cero los procedimientos judiciales del pueblo de Israel bajo la forma de Torá Oral. Otro tanto ocurrió con Rabí Akiva, el más grande de los sabios de la Torá Oral jamás existidos, y era hijo de Yosef el prosélito. La inspiración a la que acceden los conversos está originada principalmente en el espíritu de santidad, el Ruaj HaKodesh, el cual se revela en virtud de los esfuerzos invertidos en el estudio que son realizados por propia elección.

Por medio de la combinación de ambas fuerzas, la de Israel y la de los conversos, la singularidad y la elección, la profecía y el espíritu de santidad, la Torá Escrita y la  Oral – la Torá toda se revelará en la plenitud de su luminosidad y su bendición y los hijos de Israel podrán traer bendición a todos los pueblos y reparar el mundo bajo la soberanía del Eterno (ver en Rabí Tzadok, Israel Kedoshim 6:34-52).

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