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La reparación del pecado de los espías en nuestra generación

El pecado de los espías radicaba en su percepción errada de que la fe se revela solamente en el milagro y no en la naturaleza.

A pesar de que los pioneros sionistas dejaron de observar los preceptos del hombre para con D’s, actuaron imbuidos de una fe ardiente en el pueblo de Israel y su legado, y de esa manera tuvieron el mérito de reparar el pecado de los espías.

¿Cómo es posible enrolarse al ejército, salir al mundo laboral y a la academia y continuar progresando en el área de la fe y de la Torá? La respuesta: estudiando Torá en Shabat.

Por efecto de la santidad de la tierra de Israel queda en evidencia que la revelación más grande de Divinidad tiene lugar a través de la naturaleza misma. Por ello, “el precepto de habitar la tierra de Israel equivale en importancia a la sumatoria de todos los demás preceptos de la Torá” y “todo aquel que reside en la tierra de Israel es como si creyera en D’s (lit. ‘tuviera un D’s’)”, pues por medio del precepto de habitar nuestra tierra queda a las claras que dedicarse a poblar el mundo es la forma de traer la Divinidad al mundo y revelar la imagen Divina que anida en cada ser humano.

El pecado de los espías comenzó con su temor a luchar por la tierra de Israel. Mientras se les prometió que D’s habría de luchar por ellos, estuvieron dispuestos a ingresar al país. Pero cuando HaShem ordenó a Moshé que comenzara a preparar a la nación para la guerra y a censar a todos los varones a partir de los veinte años, “a todos los que salen al ejército”, tribu por tribu y bandera por bandera, entendieron que deberían empuñar sus espadas y luchar contra las siete naciones cananeas por lo que fueron entonces presa del temor, y por miedo a posibles pérdidas humanas pidieron enviar espías. Los espías, al regresar, dijeron “¡Pero nada! Ya que fiero es el pueblo que habita en la tierra. Las ciudades son fortificadas y muy grandes; y también a los hijos de Anak hemos visto allí… No podremos subir contra el pueblo, ya que es más fuerte que nosotros». Y lloraron y fueron a quejarse con Moshé y Aharón y les dijeron: «Ojalá hubiésemos muerto en la tierra de Egipto, o en este desierto, ojalá hubiésemos muerto. ¿Y para qué HaShem nos va a traer a nosotros a esta tierra, para caer ante la espada? Nuestras mujeres y nuestros infantes van a ser botín, ciertamente es mejor para nosotros regresar a Egipto” (Bamidbar-Números caps. 13 y 14).

El pecado de la fe

Desde una perspectiva más profunda, su pecado fue en el ámbito de la fe. Se trata de un pecado en el que muchos incurren, ya que aquello que estos perciben como fe resultar ser herejía o adoración de ídolos, y lo que conciben como herejía, es en realidad la fe.

Según su erróneo entender, la fe se revela solamente en el milagro y no en la naturaleza. Por ello, mientras HaShem les prometió mantenerlos por medio de milagros estuvieron dispuestos a ser Sus siervos, pero cuando entendieron que deberían conquistar la tierra de Israel por mandato Divino, prefirieron ser siervos del Faraón. Es como si hubiesen dicho: D’s puede manifestarse en los milagros que trascienden la naturaleza. No obstante, la naturaleza misma tiene existencia independiente de Él, y en ella predominan los malvados como el Faraón, y si regresamos al dominio natural, será preferible servir al rey de Egipto.

Sin embargo, la Torá nos ordena creer que HaShem es quien vivifica la naturaleza, y que Él es quien nos preceptuó de conquistar la tierra de Israel y habitarla. Cuando transitamos por Su senda, la bendición de HaShem se manifiesta a través de nuestra fuerza y nuestro poder, fluyendo libremente el bien y la bendición, y queda en claro que HaShem es el D’s por lo alto de los Cielos y también abajo en la tierra. Esto es lo que nos ordenó la Torá, que una vez que ingresemos a la tierra de Israel y la conquistemos, comamos de su fruto y nos saciemos de sus bondades, recordemos que nuestro poder proviene de HaShem. Tal como fue dicho (Devarim-Deuteronomio 8:18): “Has de recordar a HaShem tu D’s, pues es Él es el que te da fuerza para triunfar (o generar riqueza); para cumplir Su Pacto que ha prometido a tus patriarcas como el día este”. Y así también lo explicó nuestro maestro y rabino el Rav Tzví Yehudá Kuk, de bendita memoria, de acuerdo con lo que explicara Rabenu Nisim.

La fe del pueblo de Israel se manifiesta cuando la persona descubre la plenitud de su vigor y poder y recuerda que toda esa fuerza la recibió de HaShem, quien lo preceptuó de apegarse a la Torá y a Sus mandamientos para ser socio Suyo en el poblamiento del mundo y en su desarrollo.

La fe escasa y la gran fe

Las personas que detentan una fe escasa creen que en la medida en que anulen la fuerza humana reforzarán el poder de la creencia. Por ello les gusta burlarse de la ciencia, del trabajo y del asentamiento en la tierra de Israel, ya que en su opinión no hay deber alguno de dedicarse al poblamiento del mundo ni de enrolarse al ejército.

Sin embargo, por efecto de la santidad de la tierra de Israel queda en evidencia que la revelación más grande de Divinidad tiene lugar a través de la naturaleza misma. Por ello, “el precepto de habitar la tierra de Israel equivale en importancia a la sumatoria de todos los demás preceptos de la Torá” (Sifrei Reé 53) y “todo aquel que reside en la tierra de Israel es como si creyese en D’s (lit. tiene un D’s)” (Tratado de Ketuvot 110(B)), pues por medio del precepto de habitar nuestra tierra queda a las claras que dedicarse a poblar el mundo es la forma de traer a este la Divinidad, de revelar la imagen Divina que anida en cada ser humano, y que la dedicación a las ciencias es el estudio mismo de la obra de la Creación. Así, el mundo entero resulta iluminado por el resplandor Divino, el ser humano se llena de amor a D’s, de deseo por apegarse a la Torá y a los preceptos para incrementar la bendición sobre pueblo de Israel y sobre el mundo entero.

La reunión de los exiliados y el asentamiento en la tierra de Israel

El portento maravilloso de la reunión de los exiliados y el asentamiento en la tierra de Israel fue llevado adelante por la entrega abnegada de una multitud de judíos, y tuvo lugar por fuerza de la promesa Divina en la cual creían todos los inmigrantes, tanto religiosos como seculares, efectivizando así lo que fuera dicho (Devarim-Deuteronomio 30:3-5): “Y HaShem tu D’S hará retornar a tus cautivos y se apiadará de ti; y volverá y te reunirá de entre todos los pueblos donde HaShem tu D’s te había dispersado. Si estuviere tu exilio en el confín de los cielos, desde allí HaShem tu D’s te reunirá, y desde allí te tomará. Y HaShem tu D’s te traerá a la tierra que habían poseído tus padres y la poseerás; y te hará bien y te acrecentará, más que a tus padres”. Por una parte, esta es la obra de D’s, tal como fue dicho (Yejezkel-Ezequiel 36:24): “Y os tomaré de entre las naciones y os reuniré de entre todos los países y os traeré a vuestra tierra”, y por la otra, fue la obra de los hombres que inmigraron, se asentaron y combatieron, ya que de no ser todo esto necesario, ¿por qué es que la Torá preceptúa al pueblo de Israel de habitar la tierra prometida? La sumatoria o conexión entre la luz Divina y la acción del hombre, esa es la gran fe.

La fe de los pioneros

Si bien los pioneros seculares dejaron de observar los preceptos del hombre para con D’s, imbuidos de una ardiente fe en el pueblo de Israel y su legado se entregaron abnegadamente a la inmigración a nuestra tierra, al asentamiento en ella y a su defensa. El Tanaj alumbró su camino y la tradición judía fue aquella que los guio en su ascenso a la tierra de Israel para construirla y construirse. Cuando salieron a la batalla para defender a la nación que regresaba a su tierra, tenían la intención de proceder como Moshé Rabenu, Yehoshúa Bin Nun y el rey David, se santificaron en la santidad de la generalidad del pueblo de Israel y tuvieron el mérito de reparar el pecado de los espías, de ser partícipes plenos y centrales en el establecimiento y el desarrollo del estado de Israel. Incluso desde el punto de vista estrictamente religioso, resulta que los reparadores del pecado de los espías estaban en lo cierto, ya que en el Estado de Israel el porcentaje de judíos observantes es el más alto y el de asimilación el más bajo.

El Rabino Wolbe y la guerra de los seis días

En las antípodas de todo esto, en la pág. 86 del libro “Matnat Aní” (‘El obsequio del menesteroso’) en el que se narran las conductas y los hábitos del Rabino Shelomó Wolbe, tutor (‘mashguiaj’) de la Yeshivá Beer Ya’akov, se narra lo siguiente: “Estábamos sentados en el refugio de la yeshivá después del rezo de Shajarit cuando estalló la guerra de los seis días. En ese día, el estado de ánimo general de la comunidad judía era pesimista, la sensación era que se nos acercaban días sumamente difíciles. También el Admor (el Rabino Wolbe) compartía esa opinión e incluso envió un grupo de alumnos al extranjero para que abrieran allí una sucursal de la yeshivá e incluso mandó con ellos manuscritos de su autoría.

Pasado un tiempo, cuando estuvimos reunidos en su casa, nos dijo que deseaba compartir con nosotros qué pensaba en aquel momento, cuando escuchamos la sirena y nos sentamos en el refugio. Él pensó lo siguiente: que estaba dispuesto a morir consagrando el Nombre Divino, y la consagración del Nombre Divino que se produciría con su muerte provendría del hecho que quedaría en evidencia que los sionistas no podían erigir un país.

Parece que consideraba que el establecimiento del Estado de Israel por parte de los sionistas era una profanación del Nombre Divino, y en aras de ello estaba dispuesto a entregar su vida y morir”.

Personas justas carentes de fe

Respecto de casos como este, nuestro maestro, el Rav Tzví Yehudá Kuk, solía decir que hay personas justas carentes de fe. Observan puntillosamente numerosos preceptos, pero carecen de fe. HaShem ordenó al pueblo de Israel que poblara su tierra para que esta esté bajo soberanía judía y no la de otras naciones – y ellos reniegan de esto. Tampoco creen en las palabras de los profetas los cuales dijeron que la gran profanación del Nombre Divino es el hecho de que el pueblo de Israel reside en el exilio, tal como fuera dicho (Yejezkel-Ezequiel 36:20): “Y llegaron donde las naciones que allí habitaban y profanaron Mi Sagrado Nombre cuando dijeron: ‘Estos son el pueblo de HaShem y fueron exiliados de Su tierra’”. Ellos tampoco creen que la gran santificación del Nombre Divino consiste en el retorno del pueblo judío a su tierra y su asentamiento en ella, tal como fuera dicho (ídem 23-24): “Y santificaré Mi Gran Nombre que fuera profanado entre las naciones…y os tomaré de entre las naciones y os reuniré de entre todos los países y os traeré a vuestra tierra”. Ellos no comprenden que justamente en virtud de esto, dado que la vida material es anterior a la Torá (“Derej Eretz Kadmá LaTorá”), tras la reunión de los exiliados se desarrollará un proceso de verdadero retorno (‘teshuvá’) de personas justas y creyentes. Tal como está dicho allí posteriormente (ídem 25-26): “Y arrojaré sobre vosotros agua pura y os purificaré de todas vuestras impurezas y todas vuestras abominaciones os limpiaré. Y os otorgaré un corazón nuevo, y un espíritu nuevo pondré en vosotros, y quitaré el corazón de piedra de vuestro seno y os daré un corazón de carne”.

El estudio de Torá en Shabat

Si bien el poblamiento del país puede suscitar una gran crítica en las esferas celestiales, no sea que en virtud de la dedicación a las cuestiones terrenales olvidemos la raíz espiritual, pues, así como el olvido del valor de la tierra de Israel constituyó el pecado de los espías, el olvido de la Torá fue el quid del pecado del becerro de oro.

Algo semejante fue dicho por nuestros sabios (Tur Oraj Jaím 290): “Dijo al Torá ante el Santo Bendito Él: Soberano del Mundo, cuando los hijos de Israel ingresen a su tierra uno correrá tras su campo y el otro tras su viñedo, ¿qué será de mí? Le respondió: Tengo para ti una pareja la cual te he adjudicado y su nombre es el Shabat, en el cual ellos quedarán libres de sus quehaceres y podrán dedicarse a ti”. De hecho, se trata de una gran interrogante, ¿cómo es posible estudiar Torá seriamente cuando resulta necesario dedicarse a poblar la tierra? El Santo Bendito Él respondió: ¡Que estudien Torá en Shabat, y de esa manera su vida terrenal estará guiada e iluminada por la Torá y lograremos así entenderla en su completitud! O sea, la crítica en las esferas celestiales por el poblamiento del país queda sin efecto por medio del estudio sabático de Torá.

¡Nos va la vida en ello! Si se pregunta cómo es posible ir al ejército, ingresar al mundo laboral y a la academia y continuar progresando en el área de la fe y la Torá, la respuesta es: por medio del estudio de la Torá en Shabat. Si desde temprana edad y hasta la vejez logramos acostumbrarnos a estudiar mucha Torá en Shabatot y en festividades, amén de establecer tiempos fijos de estudio diario, podremos concretar todos los ideales de la Torá.

Enfermos sobre quienes todos los médicos expresaron que habrían de morir

Otro pequeño ejemplo que pone en evidencia el fenómeno de la fe escasa es la frase que “las personas justas” gustan decir sobre enfermos que se curaron: “Todos los médicos dijeron que moriría, y hete aquí que por la gracia de HaShem y contra todas las leyes de la ciencia y la medicina, ¡está con vida! Esta frase suele enfurecer a personas creyentes y rectas. En primer lugar, porque por lo general es falsa, cuando se repasan los hechos con exactitud resulta que los médicos supieron estimar las distintas probabilidades y en efecto, no ocurrió nada que no se atuviera a las leyes naturales.

En segundo lugar, esta frase refleja una fe escasa en cuanto a que la benevolencia de HaShem se manifiesta únicamente por medio de los milagros, a través de aquello que trasciende a la naturaleza, mientras que la vida común aparentemente no provendría de D’s. Toda la naturaleza es una creación Divina, el intelecto humano proviene de HaShem, y la sabiduría de los médicos es parte de la benevolencia de D’s. La primera bendición de la sección de los pedidos que formulamos durante la Amidá es aquella que solicita recibir la sabiduría con la cual HaShem dotó al ser humano, y, por lo tanto, cuando esta se revela, ¿hemos de renegar de ella? Cada mañana le agradecemos a D’s en las bendiciones matinales y en los salmos de alabanza por las bondades que creó en el mundo natural, que son en realidad los mayores milagros, pero las personas de escasa fe abjuran de ello inadvertidamente.

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