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La bendición por medios naturales en el año sabático

  • Cuando las cosas funcionan como es debido, en la tierra de Israel no son necesarios los milagros, ya que, por el mérito del estudio de la Torá y su guía en las cuestiones prácticas, la santidad se manifiesta de un modo natural.
  • Otro tanto ocurre con el año sabático: el modo de atravesar exitosamente el año desde el punto de vista económico cuando no se trabaja la tierra proviene de la guía práctica y natural de la Torá.
  • Este fundamento se revela en todos los ámbitos de la vida y es aquel que nos orienta a aprender y a profundizar en todas las ciencias y todas las sabidurías.

Cuando todo el pueblo de Israel reside en la tierra de Israel como corresponde y el año sabático se cumple según la Torá, la bendición sobreviene por medios naturales. Esto es así en virtud de que, por el mérito del estudio de Torá, el pueblo aprende a ahorrar en los seis años laborables para cesar sus actividades agrícolas en el séptimo. Por efecto de esta lección de ahorro, los judíos aprenden a posponer la satisfacción de sus deseos, a dominar sus pasiones, a sobreponerse a la haraganería y a ser laboriosos y de ese modo logran ahorrar para poder invertir en el desarrollo del país, de manera tal que la bendición resultante del año sabático alcanza niveles inconmensurables.

La recompensa y el castigo mencionados en la Torá están destinados al pueblo de Israel en este mundo, y sobrevienen por medios naturales, ya que en caso de que lo hicieran a través de milagros dejarían sin efecto el libre albedrío y los seres humanos no lograrían ser partícipes de la reparación del mundo. Esto es lo que está explicado en la porción de Bejukotai, que la recompensa que se le asegura al pueblo de Israel siempre y cuando siga el camino de HaShem sobrevendrá por medios naturales: las lluvias caerán en tiempo, la tierra dará abundantes cosechas y poseeremos un fuerte ejército capaz de derrotar contundentemente a nuestros enemigos. Asimismo, también la maldición eventualmente sobrevendrá por medios naturales bajo la forma de sequía, enfermedades y enemigos.

Si el objetivo fuese ser destinatario de milagros, habría resultado preferible permanecer en el desierto y comer el maná que descendía del cielo, tal como opinaban los doce espías. No obstante, la Torá ordenó al pueblo de Israel que ingrese a la tierra de Israel, se dedique al estudio de la Torá y se ocupe del poblamiento del mundo de acuerdo con su guía, para que de esa manera reciba una enorme bendición, al grado de que nuestras manos estén plenas de labor en virtud de la gran abundancia.

En la tierra de Israel no se procede por medio de milagros

Cuando las cosas funcionan como es debido, en la tierra de Israel no son necesarios los milagros, ya que, por el mérito del estudio de la Torá y su guía en las cuestiones prácticas, la santidad se manifiesta por medios naturales y entonces la fe se revela en su modo más excelso.

Los milagros que recibió el pueblo de Israel durante su periplo por el desierto estaban destinados a revelar los fundamentos de la fe y de la Torá, y así guiarlo bajo su luz hacia una vida plena. No obstante, a priori, este no es el modo preferible de proceder. Por ello, al ingresar a la Tierra Prometida los milagros manifiestos quedaron sin efecto. El maná dejó de descender del cielo, la ropa y los zapatos volvieron a desgastarse con su uso, la columna de fuego, la columna de humo y el manantial dejaron de acompañar a Israel. Moshé Rabenu fue preceptuado de enrolar al ejército a todos los hombres mayores de veinte años para poder ingresar la tierra por medios naturales y conquistarla.

Aquellas personas que creen que la mayor manifestación de la Divinidad tiene lugar por medio de los milagros reniegan de la fe en la Unicidad de HaShem, e involuntariamente afirman que aparentemente la naturaleza estaría desconectada del Creador, por lo cual incurren en los pecados de herejía e idolatría. Sobre esto fue que nuestros sabios dijeron (Tratado de Ketuvot 110(B)): “Todo aquel que habita en la tierra de Israel es como si creyese en D’s mientras que todo aquel que mora fuera de la tierra de Israel es como si fuese de idólatra, tal como fue dicho (Vaikrá-Levítico 25:38): ‘…para daros la tierra de Cna’an y ser vuestro D’s…’ por lo que todo aquel que habita fuera de ella es como si rindiese culto a ídolos”. Esto es así en virtud de que en el extranjero la santidad no se manifiesta por medios naturales sino solamente sobrenaturales. Sin embargo, en la tierra de Israel, la Tierra Santa, esta se manifiesta a través del precepto de habitarla pues allí se revela la santidad de la naturaleza.

A esto es a lo que nos referimos a diario cuando recitamos la porción de “VeHaiá Im Shamo’a” (Devarim-Deuteronomio 11:13-21) donde leemos que, si nos habremos de dedicar al estudio de la Torá y a la luz de su guía, habremos de cumplir los preceptos y dedicarnos a poblar el mundo, la lluvia caerá en tiempo, la tierra dará su cosecha, recibiremos la bendición de HaShem en la labor de nuestras manos y comeremos hasta saciarnos. En cambio, en caso de que no escuchemos la voz de HaShem, la bendición se retirará y perderemos la buena tierra.

Cuatro reyes

Asimismo, estudiamos en el Midrash que (Eijá Rabá Petijta 30): “Hubo cuatro reyes, lo que uno pidió el otro no. Y estos son: David, Asa, Yehoshafat y Tzidkiahu.

David dijo: Perseguiré a mis enemigos hasta alcanzarlos y no regresaré hasta eliminarlos, Dios atendió su pedido y le ayudó.

Se levantó Asa y dijo: Yo no tengo fuerzas como para matarlos, los he de perseguir y Tú los has de matar, Dios atendió su pedido y mató a sus enemigos.

Se levantó Yehoshafat y dijo: Carezco de la fuerza como para perseguirlos o matarlos, yo entonaré un cántico de alabanza y Tú matarás a mis enemigos, Dios atendió su pedido y mató a sus enemigos.

Se levantó Jizkiahu y dijo: Carezco de las fuerzas necesarias para matar a mis enemigos, perseguirlos o entonar cánticos de alabanza, yo dormiré en mi lecho y Tú actuarás. Le dijo el Santo Bendito Él: Yo actuaré, tal como fue dicho: ‘Y fue en esa noche que salió un ángel de HaShem e hirió al campamento de Asiria’”.

La diferencia entre los reyes David y Jizkiahu

Según la opinión de aquellos que entienden que el milagro es lo preferible, Jizkiahu fue el más grande de los reyes, pues fue receptor o beneficiario de uno de gran envergadura; al tiempo que David fue el menor de todos ya que todas sus guerras se desarrollaron en los límites de las leyes naturales, por medio de su valentía y su habilidad. Sin embargo, la verdad es todo lo opuesto. La fe del rey David colma y santifica la totalidad de su ser y toda la naturaleza que lo circunda entona cánticos de alabanza al Dios Viviente, y desde esa condición eleva su plegaria a HaShem para revelar Su luz en todos los ámbitos de la realidad, y todas sus fuerzas se ven potenciadas, por lo que sale a la batalla y se alza con la victoria.

Por su parte, la fe de Jizkiahu se centra en aquello que trasciende a la naturaleza, y por ello esta no ilumina a la vida terrenal como debería. Por este motivo no desposó mujer (Tratado de Berajot 10(A)). Por ello no entonó un cántico de alabanza tras haber sido redimido (Tratado de Sanhedrín 94(A)). En sus días, los profetas de Israel Mijá y Yeshaiahu comenzaron a profetizar sobre la destrucción que se avecinaba e instaron a las personas a reparar las transgresiones entre el hombre y su prójimo y eliminar la corrupción de los ministros (Yshaiahu-Isaías 1). Sin embargo, en lugar de promover una profunda reparación de la vida social y práctica, Jizkiahu intentó evitar el mal obligando al pueblo a reforzarse en el estudio de la Torá, especialmente en aquellas áreas que no se ocupan de la vida cotidiana. “Clavó una espada en la puerta de la casa de estudio y dijo: Todo aquel que no se dedique a estudiar la Torá será herido con esta espada. Revisaron desde Dan hasta Beer Sheva y no encontraron a nadie ignorante en cuestiones religiosas (Am HaAretz), desde Gvat hasta Antipras y no hallaron niño o niña, hombre o mujer que no dominase el área de las leyes de la pureza y la impureza” (Tratado de Sanhedrín 94(B)). Sin embargo, este tipo de estudio de la Torá no es aquel que guía adecuadamente la vida social y práctica de una nación. Él no llenó la vida de contenido, y por eso, las palabras de la Torá quedaron “una orden por aquí, una orden por allá, una línea por aquí, una línea por allá, un poco aquí y otro poco allí” (Yshaiahu-Isaías 28:10). El hecho es que inmediatamente, en la generación siguiente el rey Menashé logró incitar al pueblo a practicar la idolatría y a cometer todo tipo de injusticias entre el hombre y su prójimo por lo que fue decretada la sentencia de la destrucción y del exilio.

La salvación de Jizkiahu por el mérito de David

El milagro que le ocurrió a Jizkiahu fue por el mérito de David, tal como fue dicho (Reyes II 19:34): “Y defenderé esta ciudad para salvarla para Mí y para Mi siervo David”. Dijeron nuestros sabios (Tratado de Berajot 10(B)): “Incluso en el momento en el cual el Santo Bendito Él le envió paz, tuvo amargura”, ya que se salvó por el mérito de David y no por haber estudiado mucha Torá. También la paz que obtuvo fue parcial, ya que las ciudades de Yehudá fueron destruidas por el rey Sanjeriv, numerosos judíos murieron y fueron tomados prisioneros y solamente se salvó la ciudad de Jerusalém. Fue esa una oportunidad para que Jizkiahu se condujera como el rey David y trajese la redención para Israel, tal como dijeron nuestros sabios (Tratado de Sanhedrín 94(A)): “El Santo Bendito Él quiso hacer a Jizkiahu el Mashíaj y a Sanjeriv Gog y Magog”, empero se desaprovechó el momento porque no entonó cánticos de alabanza. ¿Y por qué no lo hizo? Porque su Torá se ocupaba principalmente de la Gloria Celestial, del honor del Templo y de las leyes de pureza e impureza y menos de la construcción del país y de la nación, de la educación y de la administración de justicia, de la benevolencia y la compasión, aquello preceptos por medio de los cuales la Palabra de Dios se manifiesta en todos los ámbitos de la realidad.

A pesar de ello, del rey Jizkiahu perduró un gran legado para todas las generaciones, y es el de que por el mérito del apego a la Torá nos conectamos a lo eterno y sobrevivimos. Tal como dijeron nuestros sabios (Tratado de Sanhedrín 94(B)): “El yugo de Sanjeriv fue quebrado por el mérito del aceite de Jizkiahu que estaba encendido en todas las sinagogas y casas de estudio”. Este es el legado de la Torá de la diáspora, que posee apego, entrega y fe en lo que trasciende a la realidad actual, fe en que finalmente llegará la redención al pueblo de Israel por medio del Mashíaj que será el continuador del rey David y revelará la Palabra de HaShem en todos los ámbitos de la realidad.

¿Por qué confiar en el Heter Mejirá?

A la luz de lo antedicho, nos referiremos a la pregunta: ¿Por qué la directiva adecuada para los agricultores es que confíen en el mecanismo del Heter Mejirá, que deja sin efecto el deber de cesar las labores en el séptimo año y no confía en la bendición que promete la Torá a quien lo observe, tal como fue dicho (Vaikrá-Levítico 25:1-21): “Y si dijereis qué habremos de comer en el séptimo año, ya que no habremos de cultivar ni recolectar nuestra cosecha, ordenaré para vosotros Mi bendición en el sexto año y la tierra producirá lo suficiente para tres años”? La respuesta: La promesa fue dada en una situación en la cual el séptimo año era obligatorio según la Torá, y tal como escribiera el Sefer Meirat Einaim (Joshen Umishpat 67:2), Hagahot Ya’abetz y Jidushei Jatam Sofer (sobre Guitín 36), Peat HaShulján (29:3), Yeshu’ot Malkó 53, Maharí Engil, nuestro maestro el Rav Kuk (Igueret 555) y otros (y no como opinan el Jidushei HaRim a Guitín allí y el Jazón Ish a Shvi’ít 18:4).

La bendición del séptimo año por medios naturales

Además, la Torá no ordenó al pueblo de Israel que se confíe en el milagro, sino que la bendición para el séptimo año debe llegar durante el sexto, “y ordenaré para vosotros Mi bendición en el sexto año”. Nuestros sabios explicaron que los hijos de Israel habrán de ahorrar de su cosecha durante seis años y así es como tendrán para comer durante el séptimo (Sifra allí, Panim Yafot allí).

Cuando todo el pueblo de Israel reside en la tierra de Israel como corresponde y el año sabático debe cumplirse según la Torá, la bendición sobreviene por medios naturales. Esto es así en virtud de que, por el mérito del estudio de Torá durante el séptimo año, el pueblo aprende a ahorrar en los seis años laborables para cesar sus actividades agrícolas en el séptimo. Por efecto del aprendizaje en el arte del ahorro los judíos aprenden a posponer la satisfacción de sus deseos, a dominar sus pasiones, a sobreponerse a la haraganería, a ser laboriosos y de ese modo logran acumular capital para poder invertir en el desarrollo del país haciendo que la bendición resultante del año sabático resulte inconmensurable.

El fundamento de la fe de Israel

Si profundizamos, veremos que el fundamento de la fe depende de esto. Quienes entienden que la cuestión Divina se revela en el mundo a través de los milagros, de aquello que trasciende los límites del mundo, y no ven como valioso el hecho de que una persona trabaje para obtener su sustento, ni perciben problema alguno en el hecho de que una porción importante del público precise recibir apoyos estatales y privados, ya que de todas maneras todo depende de HaShem y, si Él así lo desea, resulta posible recibir una gran bendición sin tener que trabajar. Por ello, tienden a pensar que quienes cesen en sus labores en el séptimo año serán destinatarios de una gran bendición milagrosa. Por ello no ven como valioso el estudio y el desarrollo de las ciencias, ya que se enfocan en la naturaleza y no en aquello que la trasciende. No obstante, el Rambám escribió que el estudio de las ciencias naturales es el estudio del Ma’asé Bereshit, el Acto de la Creación. Y tal como dijera el Gaón de Vilna, que por cada medida de sabidurías generales que le falten a una persona, carecerá de cien veces tanto en el ámbito de la Torá.

Ahora resulta posible comprender la importancia y la centralidad del precepto de poblar la tierra de Israel, ya que este nos obliga a estudiar Torá de un modo superior, más profundo y exacto, que nos permita orientar nuestra labor de desarrollo del país de acuerdo con las ordenanzas de Dios, y poder así consagrar nuestras vidas en la Tierra Santa.

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