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En la situación actual es preciso permitir la conversión de personas tradicionalistas

  • Ya en días de la gran aliá (inmigración) proveniente de la Unión Soviética nuestros rabinos acostumbraban a facilitar la conversión también en aquellos casos en los cuales no se contaba con la certeza de que el converso observase los preceptos, pero sentenciadores halájicos irrespetuosos negaron sus conversiones calificando a los rabinos de “malvados”, todo lo cual produjo una radicalización en la postura del Gran Rabinato de Israel.
  • Conversiones de este tipo se llevaron a cabo cientos y miles de veces en las distintas comunidades judías, empero el argumento halájico de los rabinos que convertían no fue explicitado por determinados motivos.
  • El cambio, la actual realidad social en Israel y la gran necesidad de hallar soluciones son motivo suficiente para apoyar conversiones en situaciones considerables como ‘a posteriori’ (Bediavad).
  • La propuesta práctica es crear una vía de conversión a priori conforme a las opiniones de las eminencias halájicas más estrictas, y otra a posteriori, para quien se supone que habrá de vivir como una persona tradicionalista.

Desde el punto de vista halájico, en la actualidad es más sencillo convertir a quien piensa vivir como tradicionalista ya que a D´s gracias la sociedad israelí toda se ha tornado más respetuosa de las costumbres y por lo tanto al converso le resulta sencillo incorporarse a la mayoría que observa kashrut y evita trabajar en Shabat, conmemora las festividades, recita Kidush, fija una mezuzá en la puerta de su casa etc. De manera tal que, en la práctica, de haber continuado con la actitud flexible que en el pasado detentaban nuestros mas grandes maestros tanto de la diáspora como de la tierra de Israel, sería de esperar que con el correr del tiempo cientos de miles de personas se hubiesen convertido reforzando así el proceso de retorno a la tradición.

Los conversos sabían que debían declarar que se comprometían a cuidar los preceptos, y los rabinos optaron por aceptar sus palabras. Cuando se argumentaba en su contra que el converso no tenía la intención de llevar una vida de observancia respondían: “pensamientos no son cosas concretas”. De igual manera, puede entreverse de lo que respondieron los rabinos Shapira y Eliahu que se apoyaron en el formalismo halájico según el cual el tribunal rabínico es el que decide sin que sea necesario analizar sus criterios. La pregunta que surge es en qué medida cabe escudarse tras un argumento de tipo formal.

En un inicio pensé explicar todas las corrientes de opinión halájica respecto de la conversión a lo largo de varios artículos, y como en todos los demás temas, enriquecerme de los comentarios de los lectores, muchos de los cuales son estudiosos de la Torá, para finalmente escribir un resumen general de la cuestión. Sin embargo, dado que el tema es foco de grandes discusiones, muchos me solicitaron que expresase la totalidad de mi postura de una sola vez. Además, fui consultado si cambié de opinión respecto de lo escrito en artículos anteriores. Por todo ello, he de atender estos pedidos y explicaré el proceso por el que pasé hasta formar mi actual opinión y fijar mi posición sin entrar en los detalles de las fuentes talmúdicas, los escritos de los sabios medievales y los de las últimas generaciones en los que me respaldo.

Al igual que en todas las cuestiones, también en esta mi intención es profundizar en la comprensión de la Torá y de las palabras de los sabios, tanto medievales como de las últimas generaciones y explicarlas correctamente. Muchos de los rabinos del pueblo de Israel tanto de la diáspora como de Israel, bajo el liderazgo del Gran Rabinato de Israel, y en virtud de un gran sentido de responsabilidad por la generalidad del pueblo judío, solían convertir a cónyuges de judíos, o a descendientes de judíos, a pesar de que en la práctica muchos de ellos no observaban los preceptos como personas religiosas y en muchos casos ni siquiera como personas tradicionalistas. En el pasado, expliqué su postura de un modo determinado, y tras revisar el material una vez más, he de explicarla de otra manera que considero habrá de resultar más adecuada.

Mi participación en el tribunal de conversiones

Hace unos treinta años, en el inicio de mi función rabínica en la localidad de Har Berajá, a raíz de la gran aliá proveniente de la Unión Soviética, mi rabino y maestro el Gran Rabino de Israel el Rav Abraham Shapira, de bendita memoria, contactó al Rav Shelomó Aviner Shlita para pedirle que estableciese un tribunal de conversión. Este último me pidió que participase en su tribunal. Nos reuníamos en Beit El una vez cada varias semanas y en cada una de estas oportunidades se presentaban ante nosotros entre cinco y diez candidatos.

El desafío de convertir a los familiares de judíos

Era claro que la postura de nuestros rabinos era de que resultaba de suma importancia convertir a los cónyuges y a lo hijos de los inmigrantes provenientes de la Unión Soviética, y se trataba de un desafío religioso y nacional de primer orden.

En primer lugar, para ayudar a los inmigrantes judíos, quienes a la vista de las difíciles condiciones materiales y espirituales en las que vivían fueron prácticamente forzados a asimilarse a su entorno, y ahora deseaban regresar a su pueblo y a su legado y para ello procuraban convertir a sus familiares. A veces, hasta se trataba de preservar la memoria de una familia entera, ya que a raíz de la revolución bolchevique y del holocausto numerosas familias judías prácticamente desaparecieron y he aquí que llegaba el único nieto que quedó de ellas y resulta que estaba casado con una mujer gentil dispuesta a convertirse, ¿acaso habríamos de cerrarles la puerta en la cara? ¿Acaso podríamos ignorar el clamor de los abuelos y abuelas asesinados, quemados y degollados santificando el Nombre Divino? De todos ellos solo queda un descendiente, ¡¿acaso no habremos de convertir a su esposa y preservar para estos antepasados un remanente en el pueblo de Israel?!

Asimismo, desde el punto de vista nacional, se trataba de un desafío enorme que también estaba vinculado a las futuras generaciones, ya que nosotros creemos en la promesa de la Torá y de los profetas respecto de la reunión de los exiliados y oramos por concretarla, y en la diáspora, los matrimonios mixtos exceden el cincuenta por ciento. Si no hemos de convertir a los interesados en hacerlo, deberemos de levantar los brazos y perder casi toda esperanza de concretar la gran visión de la reunión de los exiliados.

Los argumentos de los rabinos jaredim que se oponían a la conversión

Por otra parte, era sabido que importantes rabinos que lideraban al público jaredí se oponían vehementemente a estas conversiones. Ellos esgrimían dos argumentos principales: el primero, que se debe convertir únicamente a quienes desean hacerlo en aras del Cielo, Le Shem Shamaim, mientras que estas conversiones se llevaban a cabo a los efectos de poder casarse o recibir un estatus legal, y respecto de ello nuestros sabios dijeron (Tratado de Yevamot 24(B)) que no se debe convertir a un gentil con la finalidad de casarse, de obtener reconocimiento social o para mejorar su situación económica. A esto, nuestros rabinos respondieron que es consensuado en la Halajá que a posteriori, aunque el gentil haya sido convertido para casarse, su conversión sigue en pie, para evitar así la asimilación. Además, la conversión en este caso no era a los efectos de poderse casar o poder obtener un estatus legal en el país por cuanto que la pareja ya vivía junta y los gentiles ya eran ciudadanos del Estado de Israel. Entonces, resultaba que la conversión estaba impulsada por móviles puros, en aras del Cielo, Le Shem Shamaim.

El segundo argumento esgrimido era que en la práctica los prosélitos no observan los preceptos, y por ende, estaba prohibido convertirlos, y en caso de haber sido convertidos, cabía decir que sus conversiones carecían de valor. En la prensa jaredi se llegó a publicar un manifiesto según el cual aquellos conversos que no cumplen con los preceptos siguen siendo gentiles.

A esto, nuestros rabinos respondieron que nuestros sabios, de bendita memoria, ya dijeron en el Talmud (Tratado de Yevamot 47(B)) que no era necesario enseñar al prosélito todos los preceptos previo a su conversión para no disuadirlo (Shulján Aruj 268:2 y el Siftei Cohen allí). Asimismo, citaron la respuesta que aparece en la responsa Ajiezer (3:26), según la cual si es sabido que tras la aceptación de los preceptos el prosélito habrá de cumplir la mayoría de estos y solo trasgredirá algunos, siempre y cuando no reniegue de los incumplidos, y no los observe en virtud de la dificultad que implican para él, es posible convertirlo.

Las preguntas que me preocupaban

Por lo general, los conversos que se presentaban ante nosotros hablaban con gran emoción respecto de su deseo de sumarse al pueblo de Israel. Parte de estos agregaban que siempre se vieron a sí mismos como judíos, ya que en la Unión Soviética la nacionalidad se fijaba por línea paterna. También expresaban deseo de observar la Torá y los preceptos y nos contaban que disfrutaban de la Torá que habían estudiado en las escuelas de conversión antes de llegar al tribunal. Sin embargo, algo me remordía en la consciencia, ¿acaso iban a cumplir realmente los preceptos, tras haberse criado en un entorno secular que no los practicaba? Pues resultaba claro que de no haber necesitado convertirse no se habrían ofrecido a cumplir los preceptos. La pregunta que me acuciaba era: ¿Qué indica la ley que debe pasar con sus conversiones, si a pesar de declarar que serían observantes, en su fuero intimo no tenían intención alguna de serlo? Y en un caso así, ¿Qué debían dictar los jueces rabínicos si evaluaban que muy probablemente los prosélitos no observarían los preceptos?

Las palabras de mis maestros

Fui a consultar a mis maestros. El Rav Abraham Shapira me respondió: “Todo depende del tribunal”. Volví a consultar desde otras perspectivas: “¿Y qué ocurre si los jueces tienen dudas?, ante lo cual volvió a responderme: “Todo depende del tribunal, los jueces deben decidir”. También agregó que en nuestros días es una gran cosa el convertir al judaísmo, pero le dejó toda la responsabilidad de la decisión al tribunal. Le propuse que quizás el tribunal acepte a los conversos pero que el certificado sea entregado únicamente después de que estos sean observantes durante un año. Me respondió que en efecto, el Rav Goren había realizado una propuesta similar pero que en la práctica ello carecía de basamento en la Halajá, por cuanto que si el tribunal convertía, la conversión era válida y no resultaba posible dejarla sin efecto. Fui a consultar al Rav Mordejai Eliahu y afiné mi pregunta: “¿Cuál es la norma a aplicar en el caso de que un prosélito haya mentido al tribunal rabínico en cuanto a su voluntad de cumplir los preceptos, sigue en pie la conversión o no? Respondió: “El tribunal es aquel que decide”. Volví a preguntar: “¿Qué ocurre si resulta claro que mintió?”. Respondió: “Nosotros únicamente le creemos al tribunal”. Volví a preguntar: “¿Y qué ocurre si los propios jueces dudan? Respondió: “Nosotros confiamos en los jueces”.

Llegué a la conclusión de que si bien los rabinos estaban interesados en que establezcamos tribunales de conversión y continuemos nuestra labor, dado que según mi apreciación la mayoría de los prosélitos no cumplirían Shabat, Kashrut y pureza familiar sería mejor que me aleje de esta actividad. Sin embargo, jueces que le crean a los prosélitos podrían continuar convirtiendo y sus conversiones serían válidas, por lo que tras cinco sesiones, dejé de participar del tribunal.

Hilel y Shamai

En efecto, estudiamos en la Guemará (Tratado de Shabat 31(A)) sobre tres prosélitos que fueron rechazados por Shamai ya que él entendió que no tenían una intención apropiada o no pensaban observar los preceptos correctamente, mientras que Hilel los convirtió, ya que en su opinión la intención de los conversos era sincera. Así fue en todas las generaciones, jueces poseedores de una actitud más benevolente tendieron a creer en las declaraciones de los prosélitos y aquellos poseedores de una actitud más estricta tendieron a poner en duda la sinceridad de sus intenciones y no estaban de acuerdo en aceptarlos. Si bien no cabe duda de que hubo casos en los cuales la razón le asistió a Shamai, la Guemará prefirió relatarnos casos en los cuales esta estuvo del lado de Hilel, para enseñarnos que es preferible adoptar una actitud benevolente. A la luz de ello, llegué a la conclusión de que es mejor que quien tienda a poner en duda la sinceridad de las intenciones del prosélito que no integre tribunales de conversión.

Más aun, resulta imposible saber de antemano quién habría de observar los preceptos. Maestros de conversos me contaron que en numerosas oportunidades se equivocaron, y resultó que candidatos que expresaron gran entusiasmo al final se alejaron, al tiempo que otros que parecían más indiferentes, con el tiempo se tornaron observantes de la Halajá. Por lo tanto, es dable de entender que no hay alternativa salvo confiar en el tribunal, y cabe hacerlo en jueces que tengan una actitud similar a la de Hilel también cuando parece que no hay grandes posibilidades de que el converso cumpla los preceptos, ya que a veces, resulta que justamente estos rabinos eran quienes estaban en lo cierto.

El gran escándalo

Hace cuestión de quince años, una pareja quiso divorciarse en el tribunal rabínico de la ciudad de Ashdod. El marido sostenía que su mujer, que era conversa, no cumplía los preceptos y por ende su conversión no estaba vigente y no era necesario otorgarle el divorcio tradicional judío, el Guet. Uno de los jueces rabínicos le preguntó a la mujer si ella cuidaba Shabat, a lo que esta respondió que no mucho, ante lo cual los jueces dejaron sin efecto su conversión que había sido realizada en el tribunal del Rav Jaim Drukman Shlita. Se presentó una petición ante el Gran Tribunal del Rabinato conformado por los rabinos Izirer, Sherman y Sheinfeld, quienes coincidieron en que su conversión quedaba anulada porque tras su realización, la prosélita no cumplía con los preceptos. Además, establecieron que los jueces que conformaban el tribunal de conversión del Rabinato de Israel eran “malvados”, pues a pesar de que las grandes eminencias halájicas de la generación habían indicado que no se convirtiese a gentiles que no tuviesen la real intención de ser observantes, igualmente los convertían. De ahí que todas las conversiones quedaban anuladas retroactivamente.

Ese dictamen generó un gran revuelo ya que de este se desprendía que las conversiones de decenas de miles de personas que no cumplían Shabat quedaban sin efecto. Es necesario hacer hincapié en la gravedad de sus conceptos: si se arguyese que los jueces encargados de las conversiones eran personas comunes, legas en temas religiosos, que no conocían en profundidad la Halajá o que se equivocaban en su criterio y en su discernimiento, aun así, no se podría anular sus conversiones (Tratado de Yevamot 79(A), Rambam Hiljot Isurei Biá 13:15). Por lo tanto, establecieron que se trataba de “malvados”, y por ende quedaban inhabilitados para ejercer la judicatura rabínica.

Huelga detallar los nombres de los rabinos que se ocupaban de las conversiones, empero todos saben que se trataba de estudiosos de la Torá rectos y justos, con el Rav Jaim Drukman Shlita a la cabeza, quien dedicase toda su vida a la Torá y a la educación. A propósito, el portavoz principal del dictamen fue el Rabino Sherman, que ejerciera durante años como rabino en el ejército de Israel y en virtud de ello los representantes del público sionista religioso lo apoyaron en su candidatura a juez por considerarlo una persona con consciencia de las obligaciones que la investidura oficial implica. Se supone que él debía conocer al Rav Drukman y su rectitud, y aun así tuvo el atrevimiento de declararlo “malvado” y que sus conversiones resultaban carentes de vigencia.

A final de cuentas, resultaba claro que no se podía dejar en pie semejante sentencia horrorosa por lo que el caso pasó al tribunal de la ciudad de Tel Aviv, el cual confirmó la validez de la conversión de la señora.

Artículos en BeSheva

En respuesta a este escándalo publiqué en el mes de Sivan del año 5768 cuatro artículos en la columna ‘Revivim’ y en ellos protesté contra la vil actitud que define a rabinos justos y rectos como “malvados” y expliqué la política de los tribunales de conversión que aplicaban un enfoque benevolente como el del anciano Hilel y le creían al converso que declaraba su intención de ser observante. En esos artículos, me respaldé en la opinión de jueces de conversión que me dijeron que en su opinión la mayoría de los prosélitos observaban el Shabat después de su conversión, y si bien yo tenía mis dudas respecto de que esa fuese la realidad, no dudé de la sinceridad de los jueces que así opinaban.

A modo de resumen escribí: “Qué bueno que el tribunal de conversión estaba conformado por rabinos que tendían a una actitud benevolente y les creían a sus semejantes, pues ellos eran capaces de convencerse mejor de que la intención de los prosélitos era cumplir los preceptos, y en muchas ocasiones, resultaba que fueron más acertados en sus pronósticos que quienes detentaban una actitud más escéptica. Una vez que el tribunal se convencía de que el prosélito tenía la intención de cumplir los preceptos, era su deber convertirlo, y una vez que este se había convertido, resultaba ser un judío pleno para toda cuestión o menester”.

Sin embargo, en mi opinión, los argumentos de quienes se oponían a estas conversiones eran de peso, y a los efectos de atenderlos escribí lo siguiente a modo de propuesta: “En caso de cerciorarnos que cinco años después de la conversión, la mayoría de los prosélitos de determinado tribunal no cumplen Shabat, este deberá cesar sus actividades. No obstante, los conversos que ya terminaron su proceso serán plenamente judíos, pero por cuanto que había quedado demostrado que los jueces justos miembros de ese tribunal tendían a creerle a los prosélitos de un modo excesivo, correspondía que se apartasen de esta labor. Pero mientras esto no pudiera ser demostrado, es bueno que sigan recibiendo los casos y convirtiendo a los descendientes de judíos y a sus parejas según su mejor discernimiento. No en vano HaShem había creado la inocencia, ya que a veces, solo por su intermedio resulta posible enfrentar problemas difíciles”.

La explicación de la postura de los rabinos no fue suficientemente buena

Expliqué lo mejor que pude la postura de los tribunales de conversión y la de los rabinos que respaldaron su accionar, en el marco de los argumentos aceptados, según los cuales la condición para la aceptación de un converso era que el tribunal entendiese que el candidato habrá de observar los preceptos.

Sin embargo, tras todas estas explicaciones sobre la piedad de Hilel y la de los jueces que siguen su camino, la gran interrogante quedaba sin ser respondida. Si en la práctica, durante largos años nos cercioramos una y otra vez de que la mayoría de los prosélitos no cumplían Shabat como es debido, resultaba difícil defender la postura de los tribunales de conversión. ¿En qué medida era posible hacer la vista gorda y “creer” que los conversos tienen la intención de observar los preceptos cuando la mayoría de ellos no lo hace?

En la práctica, a raíz de este fuerte argumento que no recibía una respuesta contundente, en un proceso gradual, los jueces debieron revisar más detenidamente a los prosélitos y así el proceso de conversión se tornó más y más difícil. Además de ello, con el correr del tiempo fueron nombrados para los puestos de rabinos de ciudades y jueces rabínicos rabinos jaredim de actitud estricta semejante a la de sus maestros.

Y si bien todos los rabinos sabían que rabinos de importancia, comenzando por los Grandes Rabinos de Israel del pasado, aceptaban convertir a prosélitos que según parecía no tenían la intención de llevar una vida de observancia, como por ejemplo los voluntarios de los kibutzim, estos se abstuvieron de hablar de ello porque no les pareció un modo adecuado de defender su posición. De esto resultó que tampoco sus discípulos pudieron continuar detentando sus posturas ante los decididos ataques de la escuela de actitud estricta. Y cuando se preguntaba por las conversiones en los kibutzim explicaban que el Rabinato de Israel les exigía a estos brindasen al prosélito las condiciones necesarias para cuidar los preceptos, pero hacían caso omiso del hecho de que, a pesar de esas exigencias, en la práctica, la mayoría de los conversos de los kibutzim no cumplían el Shabat o los demás preceptos como corresponde.

El Rav Rabinowitz, de bendita memoria, y el Rav Amsalem Shlita

A todo esto, el eminente Rav Najum Eliezer Rabinowitz, de bendita memoria, nos instó a ocuparnos del desafío de convertir y evitar la asimilación en el pueblo de Israel. Su idea central era convertir a menores de edad. Para mi pesar, cuando se dirigió a mi persona en procura de apoyo para su iniciativa no pude responder positivamente a su petición, pues aún no había terminado de elaborar mi postura a ese respecto, y él, en virtud de su gran piedad, no me presionó.

En paralelo, el Rav Jaim Amsalem Shlita, con gran sacrificio y entrega, reunió respuestas de rabinos y escribió libros trayendo numerosas fuentes que probaban que muchas de las eminencias de las últimas generaciones solían convertir a prosélitos que era sabido que no observarían los preceptos. Tras estudiar estas fuentes, me di cuenta de que esta era la opinión de varios rabinos.

Comprendiendo la postura de los rabinos que convierten

Mientras tanto, continué meditando sobre esta cuestión, y tras conocer más y más casos de conversiones realizadas por grandes y eminentes rabinos de las generaciones anteriores tanto en Israel como en la diáspora, llegué a la conclusión de que si bien a priori solamente se convierte a prosélitos justos que tienen la intención de observar todos los preceptos, en casos de premura o emergencia, a los efectos de evitar asimilación, aunque casi  con certeza los prosélitos no pensaban ser observantes – numerosos rabinos sí los convertían. Cuando el tribunal no conoce a los candidatos a conversión o los conoce únicamente a través de la escuela de conversión puede ser inocente y creer que el prosélito habrá de cumplir los preceptos como un judío observante. Pero los rabinos que convertían en el pasado conocían bien a los miembros de sus comunidades, tanto a los religiosos como a los seculares, y sabían que la probabilidad de que los conversos cuidasen los preceptos era escasa (no corresponde aquí demostrar este hecho, pero es posible hacerlo a través de cientos y miles de relatos).

Explico: En los últimos doscientos años, muy a nuestro pesar, en virtud de la negligencia que produjo que no ascendamos a la tierra de Israel y no profundicemos en los fundamentos de la Torá y la fe, un noventa por ciento de los hijos de nuestro pueblo dejaron de cumplir los preceptos. Por lo general, el proceso de abandono era gradual: en una primera instancia se dejaba de rezar, luego se dejaba de cuidar Shabat, a continuación no se observaba la kashrut pero aun así todavía se casaban con judíos según las leyes de Moshé e Israel. Quienes se encontraban más alejados se casaban con gentiles y ni siquiera procuraban convertir a sus cónyuges. Algunos sí solicitaban hacerlo, para mantener su vínculo al judaísmo o para poder recibir una herencia de un abuelo judío. De todas maneras, la probabilidad de que la pareja no judía cuidase los preceptos era mínima, pues no resultaba razonable que el prosélito fuese más observante que su cónyuge judío que era completamente secular. Y aun así, si el prosélito daba señales de disposición a guardar la tradición de un modo u otro, se lo convertía.

La necesidad de convertir al varón

Mientras tanto, la necesidad de convertir se tornó más acuciante ya que muchos de los inmigrantes que no se convirtieron se mezclaron con la población general, de lo cual resulta que numerosos judíos se relacionan con ellos y los consideran judíos y desean casarse con ellos. Si no van a ser convertidos, cientos de miles de judíos vivirán con una pareja gentil y se alejarán de la tradición judía, y resultará que, en virtud de ello, muchos de sus parientes terminarán alejándose también y así una parte importante de la sociedad israelí se apartará del legado de nuestros ancestros. Por otra parte, si se encontrase una solución razonable que permitiese convertir a quienes desean reforzar su identidad judía evitaremos una asimilación masiva y se iniciará un proceso público general de retorno a la tradición.

Además, desde el punto de vista halájico, en la actualidad es más sencillo convertir a quien piensa vivir como tradicionalista, ya que a D´s gracias la sociedad israelí toda se ha tornado más respetuosa de las costumbres y por lo tanto al converso le resulta más sencillo incorporarse a la mayoría que observa kashrut y evita trabajar en Shabat, conmemora las festividades, recita Kidush, fija una mezuzá en la puerta de su casa etc. De manera tal que, en la práctica, de haber continuado con la actitud flexible que en el pasado detentaban nuestros más grandes maestros, tanto de la diáspora como de la tierra de Israel, sería de esperar que con el correr del tiempo cientos de miles de personas se hubiesen convertido reforzando así el proceso de retorno a la tradición.

Velada de lanzamiento de los libros del Rav Amsalem

Hace cuestión de dos años y medio se dirigió a mi un egresado de la yeshivá, el Rabino Rafael Deloia, rabino de una sinagoga de descendientes de marroquíes en el barrio jerosolimitano de Har Jomá, pidiéndome llevar a cabo una velada de lanzamiento de una nueva edición de los libros del Rav Amsalem Shlita. Dudé, ya que sabía que organizar este evento en la yeshivá o en Har Berajá sería percibido como un asentimiento o una aceptación de que su postura tiene un sitial de importancia en la Halajá. Sin embargo, dado que ya sabía que la suya era también la postura de varias de las eminencias halájicas de las últimas generaciones, que llevaron sobre sí el peso del liderazgo de comunidades judías en las que había asimilación, asentí. No obstante, si bien ya estudié las leyes de conversión numerosas veces, dado que todavía no las había esclarecido en profundidad y con amplitud, tal como suelo hacerlo previo a adoptar una posición en cualquier tema, no podía adoptar la opinión del Rav Amsalem como propia.

La escritura de Pninei Halajá

Este año y el que viene pensaba dedicarme a las halajot que rigen la relación del pueblo de Israel con las demás naciones, nuestra actitud hacia las demás religiones y hacia los judíos que abandonan nuestra tradición. Dado que la cuestión de la conversión cobró notoriedad pública, junto a los compañeros del instituto decidimos adelantar el tratamiento de estas leyes y hace ya un par de meses que estamos trabajando en ello.

La postura de la mayoría de los rabinos es amorfa

A partir del estudio resulta que, en la práctica, la mayoría de los rabinos que fungieron como tales en las comunidades regulares (esto es, que no son jarediot, o sea, que no se separaron del resto del público judío) convirtieron a cónyuges no judíos a pesar de que muy probablemente no cumplirían los preceptos como una persona observante. Sin embargo, no explicaron por qué aceptaron convertir de esa manera.

Caben varias posibilidades: la primera, que los conversos sabían que debían declarar que se comprometían a cuidar los preceptos, y los rabinos optaron por aceptar sus palabras. Cuando se argumentaba en su contra que el converso no tenía la intención de llevar una vida de observancia respondían: “pensamientos no son cosas concretas”. De igual manera, puede entreverse de lo que respondieron los rabinos Shapira y Eliahu, que se apoyaron en el formalismo halájico según el cual el tribunal rabínico es el que decide sin que sea necesario analizar sus criterios. La pregunta que surge es en qué medida cabe escudarse tras un argumento de tipo formal, cuando por otra parte otros rabinos importantes sostenían que en un caso así no había aceptación de los preceptos, que esos tribunales no actuaban conforme a la Halajá y que sus conversiones eran nulas.

Una segunda posibilidad es que quizás estos rabinos se respaldaban en la probabilidad de que el prosélito, al sumergirse en la mikve, tuviese la intención de cumplir los preceptos a pesar de que posteriormente lo más probable era que no lo hiciese. Y nuevamente, ¿en qué medida resulta posible ocultarse tras una actitud formalista que no se condice con la realidad por todos conocida de que la mayoría de los conversos no son observantes? Esto y más, ya llegamos a una situación en la cual el Gran Tribunal Rabínico llegó a anular miles de conversiones sobre la base de este argumento. En semejante estado de cosas, no hay más remedio que explicar mejor la postura de los rabinos que detentan la posición más flexible.

Por lo tanto, debe suponerse que estos se apoyaron en la posición de quienes entienden que el compromiso del prosélito de cumplir los preceptos no es una condición sine qua non para la conversión, alcanzando con que este desee incorporarse al pueblo de Israel y sepa que al hacerlo se compromete a observar los mandatos de la Torá, siendo pasible de recompensa y de castigo.

Del hecho de que la mayoría de los rabinos que convirtieron no escribieron en qué lógica se respaldaron para hacerlo, se deduce que no quisieron explicitar su postura. Esto pudo deberse a diferentes motivos: 1) Prefirieron que la conversión se condiga con todas las opiniones de la Halajá con la esperanza de que el prosélito observase los preceptos. 2) Querían que el prosélito se comprometiese, en la medida de lo posible, a cumplir los preceptos, y en la medida que publicitasen que ello no era indispensable este se involucraría aún menos. 3) No era honroso para la Torá que se describiese una situación lamentable en la cual no se observan los preceptos.

Como sea que expliquemos su postura, en la práctica resulta claro que los grandes rabinos que cargaron sobre sí la responsabilidad de liderar a la generalidad del público judío en las últimas generaciones solían convertir a prosélitos que era sabido que no cumplirían los preceptos. No se trataba de casos contados, sino que estamos hablando de numerosos cientos de rabinos, y entre ellos los más importantes o encumbrados (abundan los relatos sobre ellos pudiéndose llenar con estos varios libros, y corresponde que estudiosos de la Torá e historiadores los reúnan).

La necesidad de explicar bien

Con el correr de los años se hizo evidente que mantener los motivos de la conversión en la oscuridad resultó pernicioso ya que la línea de razonamiento de nuestros rabinos no se aclaró al grado de que muchos de sus discípulos no saben cómo proceder en este gran tema que se nos presenta hoy en día. Además de ello, en nuestra generación predomina una gran demanda por sinceridad, de modo tal que a muchos conversos les resulta difícil engañar a los jueces del tribunal, y estos a su vez, no están dispuestos a ser engañados.

Así, la postura flexible que revela responsabilidad hacia la generalidad de la nación se va desdibujando, ya que el público no comprende la costumbre de los rabinos de exigir al converso que se comprometa a cumplir los preceptos y estudiar bendiciones de memoria cuando en la realidad no habrá de hacerlo. Así, resulta que se rechaza a un prosélito recto que no está dispuesto a comprometerse a cumplir los preceptos a pesar de poseer una identidad judía más profunda que la de la mayoría de los conversos. De mientras, el número de matrimonios mixtos sigue en aumento.

La conclusión tras el análisis de las diversas respuestas

En la práctica, ya leímos cientos de respuestas de sabios de las últimas generaciones que se ocuparon de la conversión de cónyuges gentiles. Algunos, como el Rav Uziel, de bendita memoria, escribieron abiertamente que no es necesario que el prosélito se comprometa a cumplir los preceptos, sino que alcanza con que acepte ingresar a la generalidad del pueblo de Israel que está preceptuado de cumplir la Torá y sus mandamientos con sus correspondientes recompensa y castigo.

Por otra parte, hubo quienes escribieron que de ninguna manera se convierta a quien no se pueda prever razonablemente que habrá de observar los preceptos. Esta es la postura mayoritaria de los rabinos jaredim.

Sorprendentemente, la mayoría de los juristas que analizaron el tema no se refirieron a la cuestión del compromiso a aceptar el yugo de los preceptos. Estos se extendieron en preguntas tales como si permitir o no un matrimonio de un judío con una conversa con la cual este había mantenido ya relaciones íntimas previo a su conversión, pero hicieron caso omiso de la cuestión de si el prosélito habría de cumplir o no los preceptos. Podría explicarse que les resultaba obvio que el prosélito habría de ser observante. Sin embargo, cabe suponer que los rabinos no eran tan inocentes, ya que estas conversiones tenían lugar en comunidades que contaban con un alto porcentaje de miembros seculares y no resulta lógico pensar que un judío no observante que vive con una mujer gentil y procura convertirla comience repentinamente a cumplir los preceptos al pie de la letra. Es más razonable suponer que su postura era que es posible convertir de ese modo. De ser así, resulta que la opinión mayoritaria de los rabinos es que, en situación de premura o gran necesidad, a los efectos de evitar asimilación es posible convertir a alguien que acepta sobre sí la responsabilidad de ser judío comprometido a la Torá y a los preceptos, a pesar de que, en la práctica, tiene pensado conducirse como la mayoría de los judíos que de momento no son observantes.

Asimismo, de un repaso de las fuentes talmúdicas, así como también de los escritos de los sabios medievales y los de las últimas generaciones surge que existe un método importante según el cual la conversión no depende del compromiso del prosélito a cumplir preceptos sino de su intención de ingresar al pacto del pueblo de Israel con HaShem y a comprometerse al igual que el resto de la nación a observar los preceptos con su recompensa y su castigo. D’s mediante, estas al igual que todas las demás opiniones serán explicadas pormenorizadamente en el futuro tomo de Pninei Halajá.

Una propuesta práctica – implementar conversión a priori y a posteriori

A la luz de lo expuesto, en nuestra situación actual, que es de premura o gran necesidad (Sheat Hadjak), corresponde ofrecer dos posibilidades de conversión: a priori y a posteriori.

Una opción será la conversión a priori, destinada a quienes estén interesados en cumplir todos los preceptos elevándose así a la categoría de prosélito justo (Guer Tzedek).

La segunda, será la conversión a posteriori, destinada a quien no esté dispuesto a comprometerse a cumplir todos los preceptos, pero sí esté interesado en cumplir preceptos como un judío tradicionalista, declarando que acepta la Torá y los preceptos como la generalidad del pueblo de Israel, con respeto por la primera y cariño por los segundos.

La conversión a posteriori es mucho más de lo que los rabinos en la diáspora estaban dispuestos a aceptar, puesto que allí los asimilados estaban alejados de la tradición y casi que no conmemoraban o festejaban el Shabat y las festividades, ni comían kasher, al tiempo que en el Israel actual la sociedad en general es tradicional y conmemora el Shabat y las festividades, resulta sencillo cuidar la kashrut, fijar una mezuzá en la puerta, se habla a  menudo de los valores judíos y de los preceptos del hombre para con su prójimo, los cuales incluyen los fundamentos de la Torá. Además, los conversos cumplen el precepto de habitar la tierra de Israel y servir en el ejército – preceptos que según los sabios equivalen en importancia al resto de los mandamientos combinados, y por ende expresan de un modo profundo la identidad judía de quien los cumple. Más aun cuando los conversos son descendientes de judíos, y por ende, su identidad y su legado son más profundos.

Como sea que lo quieras ver

Habrá quien pregunte: Según la opinión de los eruditos más estrictos, ¿ingresarán al pueblo de Israel gentiles que serán considerados judíos? Responderemos: Como sea que lo quieras ver, funciona. Si los prosélitos habrán de cumplir la Torá como personas religiosas su conversión será válida a priori según todas las opiniones. Y en caso de que no observen los preceptos como personas religiosas, de todas maneras, habrán de casarse con judíos que no cuidan Shabat, y judíos que no observan el Shabat pueden respaldarse en la opinión halájica más flexible. Cuando ellos o sus hijos se refuercen en la observancia de la Torá y los preceptos y deseen casarse con personas religiosas, según la Halajá ya no requerirán de otra conversión. En el caso de quienes sigan la opinión estricta minoritaria que no reconoce las conversiones a posteriori, exigirán a estos conversos una inmersión ritual suplementaria a modo de ‘conversión por duda’ (lejumrá). Se trata este de un procedimiento sencillo y fácil que no tiene por qué generar problemas. A propósito, en la práctica, esto es lo que piden muchos de los rabinos del público jaredí a prosélitos que se convirtieron a través del Gran Rabinato de Israel, esto es, que se sumerjan nuevamente en aras de convertirse.

 

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